Danza del vientre

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Ordenando un cajón lleno de fulares, pañuelos y chales que voy acumulando desde hace años, ha aparecido el pañuelo rosa con moneditas que me compré cuando estuve yendo a clases de danza del vientre.

Haciendo memoria creo que fue hace unos 6 años. Por aquel entonces, mi vida era mucho menos complicada que ahora y podía permitirme el lujo de dedicar tiempo a mis aficiones sin andar corriendo todo el día de aquí para allá, o mejor dicho, corría pero sin esa angustia vital que hace que se te vayan amontonando las prioridades de los demás por encima de las tuyas.

Iba a una escuela muy conocida que lleva abierta unos 20 años en la zona de Chueca. Las clases eran a medio día y me acercaba en metro desde la oficina, no me daba tiempo a comer pero la experiencia merecía la pena. Mis compañeras eran de edades muy diferentes. No creáis que sólo es para gente joven, en mi grupo había un par de señoras mayores que disfrutaban igual que las demás y con la experiencia que da la edad, se movían sin complejos delante del espejo sin fijarse en lo que pudieran pensar las otras.

La profesora era una chica jovencita muy simpática que nos hacía sudar la camiseta y que nos ayudaba a ir coordinando pasos de ballet con todos esos movimientos tan sensuales que cuando llevas dos copitas y estás medio a oscuras escuchando a Shakira te parecen tan sencillos pero que cuando se trata de hacerlos en una sala llena de luces mirándote en un espejo, a las 3 de la tarde con unas desconocidas, descubres que de sencillo no tiene nada y que tu cuerpo no se mueve con la misma gracia.

Otros días, la profesora era la dueña de la academia. Una señora ya con sus añitos que bailaba tan bien y con tanta facilidad, que te dejaba con la boca abierta y hacía que las clases fueran una exhibición de estilo y elegancia mientras nos daba una lección de historia y filosofía sobre la danza del vientre. Con ella aprendí que este tipo de danza es un baile femenino, delicado, con el que la mujer se expresa y disfruta para ella misma y no para provocar al hombre como nos quieren hacer creer. Otra cosa es que los pobres mortales caigan rendidos ante nuestros encantos danzarines pero es que eso es absolutamente inevitable.

Al empezar la clase, nos iba corrigiendo la postura frente al espejo y nos recordaba que había que relajar el gesto y sonreír. Tenía una frase que nos repetía siempre y que provocaba nuestras risas a la vez que nos ayudaba a soltar tensiones e imbuirnos de esa música que te hacía sentir una perfecta bailarina, «no olvidéis nunca que somos reinas». Con ello nos quería transmitir que en ese momento no había nada más importante que fluir y bailar, que éramos especiales aunque con sus ojos viera la mayor o menor soltura con la que nos movíamos. Todos los días nos contaba también historias de su difunto marido, un conocido bailarín egipcio que vino a Madrid a fundar su escuela y dejó su legado en manos de su hija, otra conocida bailarina que es la que actualmente lleva la dirección de la academia.

El éxito de estas clases no sólo lo noté a nivel físico, os aseguro que nunca había tenido la cintura tan marcada, a parte de notarme el cuerpo más moldeado; es que en casa, cuando teníamos reuniones familiares, pretendían que les hiciera exhibiciones de mis dotes danzarinas a lo que por supuesto siempre me negué para disgusto de mi suegra, que solo con oírme decir lo de «somos reinas» y marcar una postura ya se moría de la risa.

Unos meses después me quedé embarazada y lo dejé. Creo que pasados los tres primeros meses, podría haber seguido bailando pero al enterarme de que lo que venía en camino eran mellizos, hizo que casi todo lo demás pasará a un segundo plano y me centrara en lo que estaba por venir.

No descarto poder volver a apuntarme otra vez algún día. Desde luego intentaría hacerlo en la misma academia para volver a sentirme «reina» por una hora dándole vida a las moneditas de mi pañuelo al ritmo de esa música tan embaucadora. Estoy segura de que esa segunda vez, bailaría mucho más relajada ante el espejo disfrutando al máximo de esa nueva oportunidad.

Maletitas para la comida

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Estos días me he vuelto loca contando las maletitas para llevar la comida con las que me he ido cruzando por la mañana al ir a la oficina. Me refiero a esas rígidas con cinta para colgar que son de color negro o gris de la marca ¿Valira?, sabéis cuales digo, ¿verdad?. Lo que parece una opción como otra cualquiera para llevar la comida a mí me resultan tremendas por muchos motivos.

El primero de ellos es que las suelen llevar los chicos en dos versiones; al hombro con la cinta larga, o colgando del brazo como un bolso. Vamos a ver, ¿puede haber algo menos varonil?. Imaginaros que nos cruzamos con uno de nuestros actores favoritos yendo en metro a trabajar con esa pinta, ¿qué pensaríais de Mario Casas?, y ¿de José Coronado bajándose de su Harley con esa maletita camino de un rodaje?. Seguro que se os caería un mito, ¿a qué si?. Pues eso mismo es lo que me pasa con esos desconocidos con los que me voy cruzando. Da igual si son más o menos agraciados, tanto traje, tanto chaquetón de Belstaff, tanta zapatilla de New Balance, que es verlos con ese complemento y no sé si reirme o echarme a llorar.

Por otro lado, son tan pequeñas que en los compartimentos para la comida apenas debe de caber nada, más bien parecen preparadas para tomar un menú de degustación y no para hacer una comida más o menos equilibrada que te ayude a afrontar ocho horas de trabajo con una más que segura sesión de gimnasio a medio día.

Asi que desde aquí hago un llamamiento a todos los chicos que van por el metro por las mañanas para que vuelvan a las bolsas de papel, de plástico o a las mochilas como medio para transportar la comida y dejen esas maletitas ridículas y cursis para guardar cd’s o herramientas en el altillo de un armario bién lejos de la vista.

P.D: Si Papá Noel o los Reyes Magos te regalan una, hazte esta pregunta: ¿llevaría el protagonista de mi serie favorita una maletita como esa?, la respuesta es no y siempre no. Ni el friki de Sheldon Cooper, ni el pirado de Breaking Bad la llevarían, así que conserva el ticket regalo y prepara una buena excusa para tu madre o tu abuela, y si te la regaló tu chica, ¡huye!, seguro que ella se ha comprado otra igual para ir a juego.

Escaleras

image.jpegYa sabéis la afición que tengo a subir escaleras mecánicas. En realidad a cualquier tipo de escalera porque me he dado cuenta de que voy tan acelerada por la vida que necesito moverme, así que me estoy convirtiendo en una experta catadora de escaleras.

Para mí, las mejores son las del metro. Creo que podría subirlas con los ojos cerrados. Me sé de memoria la altura de los escalones y si las subes con música se adaptan genial a que vayas marcando el ritmo con cada paso. En cambio, cuando no funcionan las mecánicas y toca subir por las de piedra es horrible porque los escalones están muy juntos y te vas machacando las piernas y si te toca bajarlas, son tan estrechos que casi no cabe el pié y voy a trompicones.

Lo malo de estar acostumbrada a subir a paso rápido es que no todas las escaleras mecánicas son iguales y puedes llevarte sorpresas desagradables. Por ejemplo, no os recomiendo que lo hagáis con las que hay en las tiendas.

Veréis, ayer tenía que hacer un recado en la planta quinta de los grandes almacenes que tengo al lado del trabajo y como siempre, iba con prisa. Instintivamente me puse a subirlas a mi ritmo rápido, cuando de pronto ví que un pareja de ancianos que iba delante de mí se agarraban al pasamanos y me miraban con cara de susto. Pobrecitos, ¡no sabéis cómo se movía y cómo sonaba la escalera!, desde luego su estabilidad debe estar pensada para dejarte llevar y abrir el apetito de las compras,  y no para «locas» que parece que van a perder la oferta de su vida si no llegan las primeras. Me quedé tan cortada que cuando les perdí de vista en la planta de señoras subí lo que me quedaba quietecita por si se estropeaban con tanto traqueteo.

Y aquí os presento la escalera de emergencia interior de mi oficina. Ojalá fuera mecánica pero no, es de piedra, de color amarillo clarito y con poca luz porque cada planta tiene un sensor de movimiento de manera que si te paras, por ejemplo a escribir un mensajito con el móvil, te quedarás sin luz y acabarás haciendo aspavientos para que se encienda otra vez. A pesar de lo sosa que parece, he decidido que va a ser mi próximo objetivo a conseguir.

Lo que he pensado es ir haciendo fondo y llegar a subirla hasta la planta 15 que es donde trabajo, sin ahogarme ni acalambrarme. No sólo se trata de hacer ejercicio físico sino también de agotarme mentalmente y ver si así consigo bajar mi nivel de estrés. Por supuesto, hay que hacerlo sin tacones, ni bolso, ni abrigo y sí cargando con una botellita de agua y el móvil por si tengo que avisar a alguna compañera para que me rescate y me lleve a respirar aire fresco contaminado en la salida de emergencia.

Otra cosa que la haría más apetecible, es decorar las paredes. Creo que sería buena idea para fomentar su uso por el personal. Se podrían pegar unos carteles animándonos en la subida como cuando ves en la tele la Vuelta Ciclista a España y les van enseñando a los ciclistas, mensajes de cómo van y la distancia que les queda. Sería algo así como » Go, go, go!», «Yes, you can!» (así también practicamos inglés), «La empresa te quiere sano», «Por el ahorro energético, usa la escalera», «Si no quieres acabar con el trasero de Kim Kardashian, sube otra más»…Por supuesto, se haría un concurso de ideas para que participáramos todos.

Mañana, me pondré a ello y trataré de convencer a alguna compañera para hacerlo más llevadero aunque, como tendríamos que subir sin hablar para no quedarnos sin aliento, no sé si pasaríamos de la tercera planta.

En fin, os iré contando cómo se me va dando.

 

 

 

 

 

Apagón tecnológico

Llevo unos días con los ojos fastidiados.

Creo que los tengo así por una mezcla entre la sequedad que produce el aire caliente que están metiendo en la oficina con la llegada del frío y la luminosidad de la pantalla del ordenador y del móvil.

Si a ésto le uno la falta de sueño y el estrés por llegar a hacer la cuadratura del círculo todos los días, el resultado es que ando medio llorosa, con el ceño fruncido y con dolor de cabeza un día sí y otro también, así que hasta que me recupere estoy limitando las horas de «enganche» a los aparatos electrónicos lo más posible.

¡Y vaya lo que me está costando!, pero como no me puedo permitir un lifting para quitarme las arrugas de estar guiñada y forzando la vista, el apagón tecnológico fuera de las horas de trabajo es lo más socorrido. Además, me estoy poniendo un antifaz de gel que tengo en la nevera de cuando salía hasta las mil y que me ayudaba a recuperarme de otro tipo de falta de sueño por motivos mucho más divertidos y que por suerte, me sigue dejando nueva.

Por desgracia no me puedo enrollar más porque los ojos se me resienten. Menos mal, que tengo dos cuidadores que me ayudan a recuperarme y en cuanto me ven fastidiada me dicen, «mami, respira y relájate»…

Como podéis suponer, me moriría de la risa pero como también me arrugaría, ando pensando en cosas serias para contenerme y relajarme.

Apago ya y me pongo en modo «ommmmm»…

¡Hasta pronto!.

Perdona, bonita

No sé si es que últimamente estoy más sensibilizada con este tema o que con la edad empiezas a valorar más unos mínimos de urbanidad, ciudadanía, educación, llamémosle como queramos, en todo lo que nos rodea.

Soy consciente de que al enseñar a mis hijos a pedir las cosas por favor y a ser agradecidos, debo dar ejemplo y practicarlo, aunque reconozco que al haberse convertido en costumbres que adquieres desde pequeño, con los años te acaban saliendo de forma natural.

Pero, ¿qué pasa cuando no todos los que te rodean lo tienen también interiorizado?. Pues pasa que de pronto, ves como por madrugar, por las prisas, por ir pensando en nuestras cosas o porque ese día estás enfadado con el mundo, todos esos mínimos de convivencia se olvidan o se relajan hasta el punto de llegar al «sálvese quien pueda» que esto es la jungla, en mi caso, de asfalto.

Es como lo que me pasó cuando estaba estudiando la carrera; varios de clase le pedimos unos apuntes a un compañero y no quiso dejárnoslos, ante nuestro asombro, nos dijo una frase que nunca olvidaré, «Esto es una guerra y no hay que darle tregua al enemigo». Podéis imaginaros las risas que nos echamos a costa del comentario porque creo que estábamos en primero y tampoco eran tan importantes, pero ésa es la actitud que parece que algunos han adoptado y que practican con todo el que se van encontrando.

Nada más llegar al intercambiador de Moncloa, te encuentras con la marabunta que acabamos de bajar de los autobuses, todos vamos medio dormidos y tenemos prisa. Al llegar a la primera escalera para entrar al metro ya ves cómo se te van colando con más o menos descaro, empujando o avasallando, y ahí empiezas a darte cuenta de que ceder el paso, bajar por la derecha, no empujar y disculparte cuando casi te llevas a alguien por delante, brilla por su ausencia.

Una mañana al bajar por la vía rápida de la escalera, me crucé con una señora que iba mirando hacia atrás, al rozarla, vi que se asustaba y se agarraba al pasamanos, la sujeté del brazo y empezó a gritar, «¡me quiere tirar!», me quedé tan alucinada que le dije que solo la estaba sujetando porque la había visto tambalearse pero ella siguió erre que erre, ahí dudé de si ayudar al prójimo era una buena idea.

Igual pasa en el hacinamiento del vagón que sufrimos en hora punta, sé que apenas hay sitio, y que si llega tu parada tienes que bajarte sí o sí, pero entre los que van abriéndose paso a bolsazos, mochilazos o codazos, y los que no se mueven para hacer sitio y dejar que salgan los primeros, «jo» es lo más suave que puedes escuchar. Al igual que pasa con los que esperan en el andén, cuántas veces hemos visto el cartel diciendo, «antes de entrar, dejen salir», ¿no debería saber eso todo el mundo?.

Aunque para mí, el remate de la falta de urbanidad, se lo llevan las «listas», ésas que al ir a salir todos, repito, con prisa, creen que por sentirse súper divinas, no sólo es que te arrollen, es que te sujetan del brazo para hacerse sitio y pasar como diciéndote, «perdona, bonita (o bonito)» que primero paso yo. ¡Alucinante!.

Pensándolo bien, creo que es porque deben pensar que su vida transcurre en un vídeo clip o que se mueven en un desfile de moda. Caminan marcando caderas y bolso, que por supuesto no se cuelgan del brazo para no dar a los demás, ni se lo ponen por delante al subir las escaleras y evitar que los que las suben corriendo, no se enganchen con ellos, no, ellas mantienen su bolso en el brazo como si fueran esas abuelitas que parece que lo llevan pegado y hasta duermen con él agarradito para que no les den un tirón, y el resto del mundo, por supuesto, que dejen paso.

Su patetismo, me alucina y me provoca una medio sonrisa, y no puedo evitar comparar su actitud con la de muchos otros, que respetan y se disculpan por los empujones, muchas veces inevitables por la masa humana que moviéndonos como podemos, intentamos llegar a nuestro destino pero que tenemos interiorizadas unas normas de urbanidad que nos enseñaron de pequeños.

Ojalá no se pierdan nunca y no lleguemos a tener que reconocer esa frase de Hobbes que recoge la competición y la desconfianza entre los seres humanos, «El hombre es un lobo para el hombre».

Edificio inteligente

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Como os he comentado, mi oficina es una de las torres que hay en Nuevos Ministerios. Tiene 18 plantas y las ventanas de mi departamento tienen unas vistas espectaculares del Paseo de la Castellana hacia Colón pero con el inconveniente de que desde las 9 de la mañana empieza a asomar el sol y nos acompaña hasta después de comer.

Todo el edificio está acristalado y aunque el aire acondicionado no ha funcionado mal en verano, nos encontramos con la curiosa situación de que al estar en noviembre no se puede volver a poner en marcha el aire frío y una de dos, o por los aparatos no sale nada porque los cortan, o sale un aire pastoso y calentorro que solo sirve para que las máquinas hagan ruido pero no enfríen el ambiente. No sirve de nada abrir la puerta que da a los ascensores ni la puerta de emergencia; el edificio es tan «inteligente»que no hace corriente, no se renueva el aire y no se enfría de ninguna manera.

Ante la falta de respuesta por parte de mantenimiento, mis compañeros sacan abanicos, libretas para hacerse aire, se lavan la cara, salen más a la calle y por supuesto adaptas tu ropa hasta dónde puedes para hacerlo lo más llevadero posible.

Los estores tampoco solucionan nada porque son tan finos que sigue pasando la luz y el calor. Intentamos parchearlo poniendo papel marrón de estraza pegado a los cristales o a los estores aunque en mi ventana se calienta tanto el cristal, que el celo se despega y voy a tener que pegarlo con cinta de doble cara. En algunos despachos han optado por poner un trozo de tela a media altura del estor haciendo de doble cortina, pero el calor y la sensación de ahogo sigue rondando en el ambiente.

Ante esta situación, he optado por maquillarme lo justo porque hace unos días al lavarme la cara para sofocar el calor, tuve que rodear el contorno de ojos porque si no se me iba a correr el rímel, y aunque parece que te has lavado, la sensación que te queda es de que no te has refrescado del todo.

Otras opciones que voy a poner en práctica son, comprarme un spray de Agua Thermal, ¡qué gozada, eso si que refresca!, y volver a recuperar el abanico, lo cual me vendría fenomenal para ejercitar brazo y muñeca y acabar cogiendo velocidad para cuando bates huevos.

Para colmo, toda esta locura que nos provoca el calor, lleva a que a medio día, una calima flote en el ambiente y la visión se vuelva borrosa sin saber muy bién si es por llevar tantas horas pegados a la pantalla del ordenador, o porque esa especie de neblina te hace tener visiones extrañas de tus compañeros, dudando de si es un problema de enfoque o de que te va a dar una lipotimia en breve.

Como ejemplo, hay una señora mayor que va muy maquillada que me tiene loca. Cuando me la cruzo y la saludo, fruto de esta calima bochornosa, dudo de si la raya del ojo la lleva pintada en vez de en el párpado de arriba, que es como siempre la había visto hasta ahora, en el de abajo, pero no solo eso, es que de la raya sale un rabillo a lo Cleopatra realmente de infarto, pero como no puedo acercarme tanto como para vérselo, y menos preguntarla porque no tengo confianza, solo espero no encontrármela entre la neblina para evitarme el sofocón de verla y sentir que mi mundo se tambalea.

Después de comer, para airearme un poco, a veces me siento en la escalera de emergencia a respirar aire contaminado pero fresco. Como veis en la foto, las vistas desde la planta 12 al parque de Azca son chulísimas. Me encanta el contraste de los árboles con la torre Picasso, la pena es que en cuanto se mueve un poquito de aire te llegan bocanadas de aire caliente de los aparatos de aire acondicionado de los otros edificios y se rompe la magia.

¿Y por qué no ponen el aire frío?. Pues no lo ponen porque estamos en noviembre y no es época de poner el aire acondicionado, ahora toca calefacción o nada y el aire, es para verano.

Como veis, parece que en mi oficina prefieren seguir rigiéndose por el calendario en vez de por el termómetro. Lo bueno, es que así, al no usar la calefacción, evitamos el gasto energético, y como ciudadanos comprometidos con el medio ambiente, ayudamos a que la «boina» de contaminación que hay sobre Madrid no siga aumentando.

Las consecuencias de esta aportación al medio ambiente como, sofocos, sudores, mareos, lipotimias, locuras transitorias y visión borrosa, está claro que no interesan a nadie.

El calor

Apuesto a que esta semana, el tema del día de todos ha sido el calor impropio del mes de noviembre.

Salgo de casa con abrigo y chal de lana porque desde donde vivo hasta Madrid, las mañanas son ya bastante frías. Siempre voy con varias capas de ropa porque sé que a lo largo del día la temperatura puede subir más de diez grados.

Estos días tan peculiares, al salir del metro, me ha tocado ir cargando con el abrigo y el chal porque en el vagón la temperatura era más alta de lo normal. Así, cargada con tanto trasto, cuando te pones a subir las escaleras, rezas por no tropezar con nada ni nadie porque vas «intuyendo» donde están los escalones.

En realidad nos pasa a todos, cargamos con prendas que luego no vuelves a ponerte aunque estos días, he comprobado, que sigue habiendo gente que vive en su burbuja particular, ajena a los 22 grados de media de toda la semana y van preparados para afrontar la jornada, con gorros de lana y botas.

Los de los gorros (porque también había chicos que los llevaban) estaban en mi vagón del tren; universitarios que a las 8 de la mañana parlotean como si les acabara de pasar lo más alucinante del mundo, y es que de verdad, estoy convencida de que creen que en su vida todo es de una intensidad «súper fuerte». Por suerte, solo me acompañan una parada porque se bajan en Ciudad Universitaria. Aún recuperándome de haber visto tantos gorros juntos, no pude evitar plantearme en qué planeta vivían porque no es que dude de sus aptitudes, pero me pareció realmente preocupante que su nivel intelectual no les llegara para interpretar un mapa del tiempo con un sol enorme en toda la región y temperaturas de 20 grados, o a lo mejor es que yo estoy tan anticuada en técnicas de estudio que no sé que los utilizan para aislarse del ruido, cuando estudian en la biblioteca.

Las de las botas subían conmigo las escaleras; con más o menos tacón, hasta media pierna o justo por debajo de las rodillas, pero todas, de invierno. No pude evitar compadecerme de ellas al pensar en el calor que tendrían unas horas más tarde y en la inflamación de piernas y pies con la que iban a acabar.

Supongo, que con este «caos» de ropa que estamos sufriendo, seguro que aparece algún tutorial que explica cómo vestirse cuando un mes de noviembre se vuelve loco, porque pretender seguir los dictados de la moda para esta temporada con estas temperaturas, solo puede llevarnos a acabar con una lipotimia y eso sería para las «fashion victims» acabar de «victims fashion».

Yo, voy tan preparada, que ando mezclando ropa de verano con chaquetas de invierno y hasta he vuelto a sacar el abanico porque en mi oficina hace un calor insoportable pero eso, es otra historia.

La terraza

Hace unos días abrieron al lado de mi oficina una cafetería de una marca muy conocida, con cafés e infusiones de todos los rincones del mundo a precios desorbitantes pero que vuelve loco a casi todo el mundo. Su zona de mesas y sillones pegados a las cristaleras está siempre muy solicitada y ésta además, tiene el atractivo de contar con una terraza en medio de esta zona comercial y de oficinas de Madrid.

A los clientes, casi todos extranjeros, no les importa si hace sol o es un día frío y desagradable, las terrazas les sirven para hacer un descanso de sus compras, visitas turísticas y además, para ver el ambiente y ser vistos.

En este caso, lo de ver y ser vistos no acababa de verlo claro, así que me he puesto a divagar sobre cómo convencería a los clientes para que se sentarán a tomar algo porque, por más que la miro, solo veo jardineras con bambú detrás de las cuales parece casi imposible adivinar si hay alguien sentado detrás de tanta rama.

Veamos, apenas le da el sol, por lo que tienes que dar un café increíblemente bueno para que algún valiente se atreva a sentarse y no acabar congelado hasta que un camarero adivine que estás ahí, difuminado entre el bambú.

Como ventajas, destacaría que mientras esperan que les atiendan y disfrutan de su café, pueden ver cómo van saliendo mis compañeros y los empleados de los grandes almacenes a fumar y, el estruendo que montan esas filas larguísimas de carros de la compra que dejan enganchados a la entrada de los grandes almacenes, apasionante, ¿no?.

Aunque como máxima diversión, les recomendaría que no dejarán de sentarse los días lluviosos para ver el espectáculo de patinaje que vamos dando todos, por culpa de las baldosas que hay a la entrada de mi oficina. Son una herencia de los antiguos ocupantes de mi edificio, un banco de los de toda la vida, que se construyó una torre y puso unas baldosas corporativas con las iniciales del banco, que parecen tratadas con una cera imborrable y que, pasados unos años, acabó por mudarse a las afueras, comprando nosotros la torre con todas las sorpresas que nos guardaba dentro y fuera, incluyendo las famosas baldosas.

No sé cuántos compañeros se han caído ya, a mí todavía no me ha tocado, pero por más que las maldecimos, no conseguimos que las cambien.

En fin, que ya que proporcionamos espectáculo, los dueños de la cafetería, deberían darnos una comisión por ser los más divertidos y originales distrayendo a su clientela mientras les clavan por el café, y nos graban con el móvil que luego, vete tú a saber dónde acabarán colgados los videos. De esta manera, conseguiríamos ir haciendo un fondo para cambiarlas.

Hasta entonces, yo voy bordeándolas como mucho cuidado y pensando en el poco partido que le sacan a la terraza porque si me la dejaran a mí, ¡hasta churros le ponía en la carta!.

Fauna subterránea

Una manera diferente de espabilarse por las mañanas, dejar de divagar sobre qué haces en un andén lleno de gente, muerta de frío y sueño cuando podías seguir durmiendo, y aterrizar en el mundo real, es oír ruidos extraños por las vías del tren. De repente, tu cuerpo se activa, tus sentidos se ponen a la defensiva, tú corazón late más deprisa y, sorpresa, ¡ratas!.

A las ratas les encanta el ambiente oscuro, frío y húmedo de los túneles del metro y como nosotros, también madrugan y andan de aquí para allá pero sin cara de sueño. Sé que es su habitat natural y que en parte hemos ido apropiándonos de su territorio pero no puedo evitar que me produzcan un asco horrible, y cuando mis hijos se plantean tener una mascota en casa os aseguro que sus parientes, los hámsters, ocupan el último lugar.

Otros bichitos que habitan en este mundo subterráneo son las cucarachas. Por suerte son pocas las veces que coincido con ellas pero lo emocionante es que nunca sabes en qué estación te las vas a encontrar hasta que de pronto ahí están, entrando y saliendo por huecos enanos mientras siguen al pie de la letra su lema, «vive y deja vivir».

Hasta aquí la fauna que hay circulando por el metro porque dentro de los vagones lo que te puedes encontrar es digno de un documental de Discovery Channel, especies exóticas a veces pero siempre sorprendentes.

Empezaré por los cantautores; pueden ir solos o con un compañero. Si van acompañados, suelen crecerse más y casi es peor porque esas miradas cómplices que tienen entre ellos les llevan a subir más la intensidad de su actuación. Entran de un salto en tu vagón y ya ¡tenemos la fiesta montada!. Con la excusa de amenizar nuestro trayecto no se lo piensan y se arrancan, unos con acordeón, guitarra, flauta o sintetizador y otros, con micrófono y altavoz con música enlatada. Todo vale sin importarles si el vagón va lleno, estás cansado, estudiando, leyendo, escuchando tu música o pensando en tus cosas, el caso es que ahí les tienes si o si. Cuando acaban, puedes tener la suerte de que se bajen del vagón y salten dentro de otro más adelante, o que se muevan por dentro al siguiente lo cual te asegura seguir con la musiquita de fondo unos minutos más. En cuanto al repertorio, predominan los clásicos populares, versión del Este o sudamericana.

Reconozco que intentó huir de ellos y me ponen la cabeza loca, pero hay un dúo que aunque cantan y tocan la guitarra con tal fuerza que rompen la barrera del sonido, tienen la gracia de improvisarte un rap mencionando a personas que van en ese momento en el vagón, ¡eso es imaginación y creatividad!. A lo mejor habéis coincidido con ellos, yo me los suelo encontrar en la línea Circular. A la gente les gustan mucho, a mí me encantan y les aplaudo el esfuerzo aunque hay estrofas que el cantante sostiene tanto la respiración que temo que se quede sin aire y se nos caiga redondo, por suerte, no pasa nunca.

Y como remate a toda esta fauna, lo más de lo más son «los iluminados». Me refiero a esos predicadores que «tocados» por Dios, un profeta o un arcángel van por los vagones Biblia en mano soltando sermones y salmos sacados de las Escrituras con la intención de que nos reconozcamos pecadores y volvamos al camino del amor y la verdad, liberándonos de toda la superficialidad que nos rodea y por supuesto, «donándole» nuestros bienes para que él los administre antes de que llegue el juicio final. Lo mejor, es cuando termina entregándote un papelito con un par de frases impactantes y una página web para que te pongas en contacto y te conviertas en «arrepentido» y arruinado.

Bueno, estos son los ejemplares de fauna que me rodean y me hacen sentir integrada en el sorprendente mundo subterráneo porque creedme, no podrás considerarte usuario de metro «de manual» hasta que no te codees con toda esta fauna sin inmutarte, así que, ¡a practicar!.

Publicidad en mano

Nuestra vida está llena de publicidad. Desde que nos levantamos, tomamos un café de una determinada marca porque nos gustó el anuncio que hicieron o nos llamó la atención la etiqueta en el supermercado.

Unas veces es consentida y otras, te la dan en mano y la coges porque piensas en la birria de sueldo que pagarán al que hace ese trabajo y serías capaz de llevarte todos los folletos si así le fueran a pagar más.

Ser usuario del transporte público te convierte en objetivo fácil para recibir gran cantidad de publicidad en mano. Lo que en un primer momento puede llegar a ser incómodo porque te van asaltando nada más bajar del autobús, al ir a coger las escaleras, o al intentar dar dos pasos hacia el tren tiene su lado divertido cuando te paras y empiezas a ojear todo lo que te han dado.

Así fue como un día me encontré con toda una serie de consejos y ventajas que iban a convertir mi vida en un sueño o en una pesadilla.

Empezaron ofreciéndome unas ofertas de pizzas tan variadas y deliciosas que habría sido imposible resistirse. Para aliviar mis remordimientos de conciencia por haberme puesto ciega de grasas, tenía la solución a mi alcance, me ofrecían tarifa plana para hacerme una liposucción de vientre y caderas y por si fuera poco, podía rematarlo con unas extensiones de pestañas porque iba a quedar tan impresionante que no haría más que pestañear para reconocerme en el espejo.

Solo había una pequeña pega, ¿cómo pagarlo?, fácil, una tienda de «total confianza» podía valorar mis joyas de oro y darme el dinero en el momento. Así que delgada pero sin una joya que lucir en ese cuerpazo, aún me quedaba el consuelo de poder contárselo a alguien y ya que allí mismo tenía un puesto de telefonía móvil seguro que conseguía uno de última generación a cambio de tan solo diez años de permanencia por un precio sensacional.

Después de conseguir todas esas ofertas, me sentía tan afortunada que ya que la ropa me quedaba enorme porque había bajado dos tallas con los tratamientos de estética, me acerqué a enterarme de las condiciones para pedir un préstamo para unos caprichitos. Seguía estando en racha porque justo ese día regalaban a los primeros clientes un juego de cuchillos japoneses, ¡no me lo podía creer!.

Cuando me di cuenta de que no sabía como iba a devolver el préstamo con esos intereses leoninos me asusté, pero por suerte encontré el consuelo que necesitaba, el Profesor Ngonga leía las cartas del tarot y podría aconsejarme para arreglar mis males porque estaba claro que ese giro de mala suerte era fruto de un mal de ojo y por un módico precio también podría solucionarlo.

Como podéis suponer, después de un día lleno de emociones, estaba tan agotada que cuando llegué a casa saqué el altavoz de cartón para el móvil que me habían dado antes de subir al autobús, puse musiquita para relajarme y recordé eso que nos decían de pequeños de que no hay que aceptar nada de extraños, desde luego, ¡cuánta razón tenían!.