1, 2, 3…1, 2, 3…¿Bailamos?

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Confieso que yo también he caido en el embrujo de “La La Land”. No creí que fuera a verla porque al ser un musical dudaba de si tendría acompañante pero por suerte pude ir a verla con mi mejor acompañante.

Salimos encantados. Para mí resurgió la “magia” que hacía siglos que no sentía con ninguna película. Dos horas de bailes, canciones, mucho jazz, un vestuario (el de ella) tan femenino, tan favorecedor…ese sueño compartido…Y no os cuento el final porque confío en que podáis verla.

Volvíamos a casa tan contentos por haber disfrutado tanto…¡plan perfecto!, hasta que llegamos a casa y nos esperaba uno de los niños con otitis…La noche redonda acabó en urgencias (nada grave). Aún así, seguía sumida en ese estado de sonrisa permanente mientras consolaba a mi pequeño que rabiaba de dolor.

Cuando la casa se quedó en calma y mi insomnio vino a acompañarme empecé a recordar que hace poco repusieron en algún canal la película “¿Bailamos?”. Muchos recordaréis a Richard Gere asistiendo a clases de Bailes de Salón con una profesora que quitaba el hipo (Jennifer López). Otra comedia romántica de sofá y mantita sin un gran argumento pero con esas coreografías y tanto “amor en el aire” que acababas totalmente entregado y deseando buscarte unas clases de baile urgentemente.

Los Bailes de Salón serán otra de las espinitas que se quedarán en mi lista de deseos sin cumplir porque así como a las clases de Danza del Vientre iba yo sola tan feliz, para aprender a bailar el tango, el chá, chá, chá, el vals, la salsa…quiero hacerlo con acompañante, el problema es que mi acompañante favorito, no está dispuesto a lanzarse a la pista de baile.

Total, que ante la falta de acompañante de al menos 1.70 cm. (mis hijos aún no cuentan) tengo que conformarme con bailar conmigo misma. ¿Lo habéis probado?, solo necesitas estar solo y dejarte llevar por la música, fluir…ya sea con auriculares, con la radio de casa, con la del coche o con la tele.

No pongáis caras raras porque, ¿no os habéis fijado en la cantidad de gente que va moviendo la cabeza y cantando en cualquier parte?. En mis desplazamientos diarios hay muchísima gente siguiendo el ritmo de la música con la cabeza, con los piés…Hay una chica con la que coincido algunas mañanas en la parada del autobús para ir a Madrid que no baila pero lleva puestos los auriculares y canta como si estuviera sola, bastante regular pero dando unas voces que espabila y asusta hasta a los perros más madrugadores.

En el metro hay un porcentaje altísimo de gente con los auriculares puestos y muchos irán con musiquita para empezar el día con fuerza. Yo me encuentro entre ellos, aunque lo mío es a un volumen discreto porque los hay que la llevan tan alta que la van compartiendo con todo el vagón. En Madrid hay tanta conciencia social que compartimos los virus, las toses, los malos olores y, ¡hasta la música!.

Recuerdo que cuando estaba embarazada y de baja, me encantaba ponerme música en casa, no solo por estimular a los bebés sino porque necesitaba moverme, estirarme y con las hormonas tan a flor de piel, iba alternando sevillanas, rumbas, pop o rock. Me ponía la radio o los auriculares y me echaba unos bailecitos frente al espejo que tengo en mi habitación, así libremente, ¡era una pasada!.

Total que con esta delicia de película y al volver a ver la de ¿Bailamos?, creo que lo que me encantaría aprender es el “quick step”. Se baila en pareja y mientras bailas vas dando como pequeños saltitos, me parece que algo parecido es lo que sale en los números de baile de La La Land y en muchos otros musicales.

¿Y de dónde viene tanta afición al baile?. Estoy segura que de mi madre. Le encantaba el ballet y por injusticias de su época, no la dejaron dedicarse a ello aunque sé que también aprendió bailes regionales y más adelante sevillanas, rumbas…siempre ha intentado seguir ligada al baile y de ahí me vendrá la vena bailonga que por ahora también han heredado mis hijos.

En mi búsqueda sobre a qué clase de baile apuntarme, antes de decidirme por la Danza del Vientre (como os conté en otra entrada), fui a hacer una clase de prueba de Danzas Griegas. No me preguntéis cómo se me ocurrió porque no me acuerdo, solo sé que estaba en fase de búsqueda y encontré la posibilidad de dar una clase gratis de este tipo de danzas. La academia estaba por el centro de Madrid. Los alumnos eran de edades variadas, poquitos, porque os imaginaréis que esa modalidad no tenía muchos seguidores pero, ¡lo pase genial!.

El profesor que yo lo esperaba griego era argentino, no sé qué tienen pero son una gente especial, están en todas partes y ¡saben de todo! (con todos los respetos). Pasé una hora bailando en corro diferentes danzas entre ellas el sirtaki. ¿Os acordáis del anuncio de la colonia Andros que tendrá mil años?. Yo pensaba que esa clase sería como estar en el anuncio pero nada que ver, mucha gente bastante mayor, el profe argentino y no un auténtico griego, hicieron que me desanimara y no volviera más. Estaba claro que mi vena artística no iba a ir por las danzas griegas.

Ahora con los niños no pierdo ocasión de bailar con ellos, hacemos un poco el ganso y lo pasamos genial.

Pero los mejores bailes los he tenido sin duda en la cocina. Llevo casi 10 años bailando con mi mejor acompañante, ése que no iría a unas clase de baile ni borracho pero que no duda en bailar “agarraos” en nuestra cocina.  Así, solos, disfrutando de unos segundos de unión, de risas, de confidencias sobre nuestro día,  mientras nos reflejamos en la cristalera de la terraza de la cocina veo pasar la mejor película de mi vida.

¿Y tú, también bailas?.

Gripe: Delirios y tomates

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Y ahí estaba yo. En cama, tapada hasta las orejas, de tiritona en tiritona, disfrutando de una gripe heredada de uno de mis hijos.

Siempre me pasa igual, en cuanto les recupero a ellos, yo que barro para casa, me quedo con sus virus, ¡los primeros del año!. Estos los voy a marcar en rojo en el calendario porque una gripe no se coge todos los dias, o si, ya no me acuerdo. Es lo bueno que tengo, no soy rencorosa, y ellos (los virus), lo saben y vuelven a mí como los mosquitos en verano.

En ese duerme vela, entre pesadillas, frío y calor, empecé a repasar tareas pendientes. Como no era capaz de escribir en la agenda del movil porque mi nivel de consciencia no era el suficiente para que mi dedo marcara en el pequeño teclado, pensé en grabar notas de voz.

Busqué dónde estaba y empecé a balbucear entre mocos y fiebre. Al escucharme me asusté, “decil mamá Kirikico de babissss”, “qué cena, cenan ellos”…

Sé que me quedé adormilada en algún momento y que volví a escucharme cuando creía que había vuelto a la consciencia pero eso sonaba a una cacofonía del más allá solo entendible por Iker Jiménez.

Tanto esfuerzo por fijarme en la pantalla del móvil hizo que acabara llorando, yo pensé que por el fiebrón, mi mente creo que por vergüenza ajena.

Pero este virus no podía ganarme la partida así que probé a mantenerme despierta ojeando una revista de decoración. Por respeto a la publicación me reservo el nombre porque si no, seguro que me quitan la suscripción.

Ver casas maravillosas cuando estás hecha unos zorros y tu casa sobrevive a tu gripe a duras penas, me provocó taquicardia.

Al llegar a los trucos de limpieza ya me vi más en mi salsa. ¡Lo que voy a aprender!. Antiácaros, vapor, lavado de peluches…¿cómo retener tanta información?, fácil, doblando las esquinas de las páginas para volver a mirarlas más tarde.

No sé si os habrá pasado pero yo he encontrado revistas sobre los cuidados de la casa en verano en noviembre, y con ésta pasará igual pero en mi estado semi inconsciente, doblar un pico o media página era un triunfo y,  !por supuesto que iba a poner los consejos en práctica!, este año sí que sí porque mi nuevo yo de 2017 iba a ser ¡la más en todo! .

Seguí dormitando y dándole vueltas a las manchas de tomate, las peores y más resistentes. Soñaba que frotaba y frotaba y no salían hasta que en la revista encontraba la solución, echarles aceite y sal y frotar, claro, siempre hay que frotar aunque la publicidad del mejor quita manchas diga lo contrario.

Otra vez me desperté balbuceando “con aceite, con aceite”. Volví a grabar mi descubrimiento pero llamé al Buzón de Voz…

Entre tanto delirio voy a deciros algo cuerdo, cuerdo: Huye con el tomate porque el aceite y la sal intentarán ponerse en contacto con vosotros en un idioma raro, raro.

 Ahí lo dejo.

Antiácidos, insomnio y resaca

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¿Cómo va esa resaca del Champán, o del Cava, o de la cena, o de la comida? Porque con la excusa de que a todo le ponemos el “toque navideño” parece que se puede abusar como si fuera el fin del mundo y cuando llega el mañana, es decir, el día siguiente, hoy para ser más exactos, ¿qué hacemos?.

La mayoría de mis entrevistados juran que no fue para tanto. Que en realidad no cenaron/comieron tanto. Que es que la salsa estaba fuerte, que el aliño del pulpo resucitaba a un muerto, que el cuñado no paraba de servir vino y más vino, y que acabaron brindando por la Navidad, la familia, la salud, el dinero, el amor, la unidad de España…

Con los digestivos, vino la eterna cuestión de si el Rey emérito unía mucho a los españoles pero que si Felipe VI ya no es lo mismo….Actualidad política, Letizia si, Letizia no, astronomía, la chica de Galicia desaparecida, la crisis que no nos deja levantar cabeza….y así turrón va, turrón viene… A mí me tocó ir de coche escoba comiéndome todas las pruebas de dulces de Navidad que hicieron mis hijos y que no acababan de convencerles. Me sentía como el jurado de Master Chef probando de todo y poniendo buena cara aunque no me convencieran a mí tampoco.

El día de Navidad, a la familia nos invitaron a comer fuera. Comida espectacular, deliciosa, con sobremesa y buena charla pero no lo fue tanto para mi estómago.

Por desgracia, me he acostumbrado a comer un sándwich preparado en casa o de los de las máquinas de comida de mi trabajo, y una fruta (si he estado lo suficientemente despierta para acordarme), así que tantas exquisiteces empezaron a dar vueltas y más vueltas por mis conductos y no debían encontrar hueco para colocarse porque me dieron una tarde movidita. Menos mal, en mi bolso de Mary Poppins llevaba un antiácido maravilloso que me ayudó a terminar la tarde bastante mejor aunque me dio una pena, ¡para un día que como delicias y sentada en una mesa preciosa!…

Nada, me he convertido en otra estresada de la vida que come en la cola del autobús o sentada en el tren antes de enlazar con la recogida del colegio de los niños, ¡para lo que he quedado!.

Por la noche, seguía revuelta y esperando a que se me pasara, acabé otra vez insomne, parece que vuelve a convertirse en costumbre. Por más que bostezo no acabo de caer así que me dedico a escribir, ponerme al día con la prensa, tejer…Lo que no se me ocurre es poner la tele ni comer, curioso, ¿no?.

Como la noche del 24 al 25 es mágica, en mi insomnio estuve a punto de unirme a mis vecinos, los de las paredes de papel. A la 1 de la mañana en el silencio de la noche, estaban disfrutando en su tele de un concierto de Navidad de villancicos en inglés que resonaba por mi escalera. Me pareció que sonaba Bárbara Streisand, era tan bonito, que me senté en la escalera a escucharlo hasta que me quedé helada y opté por seguir acurrucada en el sillón leyendo hasta caer como un tronco. Por suerte, mis hijos son dos tronquetes con un sueño muy, muy profundo y no oyen nada.

Hoy me lo he dado de descanso pero mañana tengo que pensar el menú de Nochevieja. Ante los recuerdos del runrún de mis tripas, lo haré con una manzanilla al lado que veo que me he vuelto muy sensible, y repasando lo que he escrito, muy ñoña (cachis).

P.D: Para los que no recuerden hasta dónde llegaron con los villancicos y la exaltación de la amistad, os dejo un consejito que seguro que os viene de perlas.

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¿Preparados, listos…?

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Bueno, ¡que llega la Navidad! (de perogrullo, pero por si queda algún despistado).

¿Listos para todo lo que se nos viene encima?. Porque se acaba el año y hay que echar el resto en todos los sentidos y sin sentidos así que, ¡a por ella! que ya tendremos tiempo para descansar en enero, ¿no?.

Empezamos con los excesos divertidos.

A cuatro días de Nochebuena hay que darse prisa en buscar ese look rompedor para dejar a tus hermanas, cuñadas y amigas súper maravilladas. Por ejemplo, comprándote esa blusa dorada de lamé que no te atreverías a llevar en otra época del año o unos pendientes extra grandes que deslumbren a tu abuelo. ¿Quién podría resistirse a un jersey de pelo largo a lo “hombre de las nieves”?.

De peinado, un moño con ese toque de gomina de Moco de Gorila (ya sabéis que esa marca me hace mucha gracia) que te hace parecer eternamente sorprendida por lo que te estira el pelo, y las pocas ideas que tienes en la cabeza. En tus piececitos, unos taconazos que te hagan quedar excesivamente alta cuando vas a saludar a los mayores de la familia y que te congelará la sonrisa pintada con ese rouge de femme fatal para ocasiones especiales.

En cuanto a los preparativos estomacales para los excesos culinarios, supongo que habréis hecho alguno de esos tratamientos detox para limpiar vuestro organismo a base de limón, agua caliente, infusiones de plantas del paraíso y un poquito de hambre, acompañada de muchas botellitas de agua tan, tan ideales pero que tan, tan poco calman los ruidos que hacen tus tripas.

Total, que bien limpios por dentro y por fuera gracias también a las rodajas de pepino y demás mascarillas maravillosas, estamos listos para comidas, comilonas y lo que el cuerpo aguante pero recordad, siempre con los antiácidos bien cerca.

En mi caso, preparada por dentro y por fuera, estoy dispuesta a reventar la báscula por no hacer un feo a nadie. En estas comidas y cenas, los aperitivos me chiflan, los platos caseros son un lujo que no todos los días del año me puedo permitir. Si hablamos de polvorones y turrones total, son una vez al año pero sobre todo, me muero por la sopa de almendras de mi madre, la espero todo el año como el más exquisito de los manjares.

Entrando en confidencias, os confieso que hoy he estado ojeando esa ropa interior “mágica” que te embute en cualquier vestido, pantalón, etcétera que te recoloca, te sube o te baja lo que necesites pero después de muchas vueltas,  no me he atrevido. He pensado, mejor hago una locura…¡que vivan las carnes al natural!…temblando estoy porque no me he probado nada y no sé si entraré en alguno de mis looks de noche, horroooor y pavoooor me va a dar.

Y ahora ya en plan más espiritual, va siendo el momento de echar mano a los buenos pensamientos y deseos para todos los que nos rodean, familiares, amigos y compañeros. Pero no nos olvidemos de todos los “personajes secundarios” que han formado parte de nuestro año y sin los cuales no podríamos haber llegado hasta esta fecha de hoy, 21 de diciembre, inicio del invierno.

Gracias a todos los que me habéis acompañado este año en lo bueno y en lo malo, y a los que me habéis dejado formar parte de vuestras vidas.

Os deseo paz, serenidad, salud, trabajo para todos los de mi lista de “pendientes” y mucho amor para repartir a los que os rodean.

Y por supuesto, mucho ánimo a todas las mamás y papás que en unas 24 horas empiezan las vacaciones escolares así que, ¡que Dios reparta suerte y a disfrutar mucho, mucho, mucho!.

Dulces tentaciones en el súper

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Desde hace unos días cada vez que vamos a un supermercado vemos como los dulces de Navidad han aparecido en las estanterías con sus colores llamativos que hacen imposible pasar sin fijarse en ellos.

En una de mis compras, ojeando todas las dulces tentaciones, intenté recordar qué había en esas estanterías antes, pensé que serían chocolatinas y demás pero no puedo asegurarlo.

Más o menos sé por dónde están las cosas que suelo comprar pero ese tentador pasillo lo evito todo lo que puedo a no ser que los niños se me escapen en una carrera con las cestas de la compra y acabemos cayendo en algo que tenga mucho chocolate y sea una bomba calórica para ellos y para sus papás que se solidarizan encantados.

En esas tonterías iba pensando cuando intentando concentrarme en no salirme mucho de la lista de la compra giré sin pensarlo y ¡zas!. De repente ahí estaba yo deslumbrada y rodeada entre dos largas estanterías de cajas de polvorones, mantecados, surtidos navideños, especialidades de todas las regiones españolas (qué país más dulce somos), turrones, mazapanes, alfajores, hojaldrinas, trufas, dulces de las monjas de todas partes…

¿Y qué haces en esa situación?. ¿Pasas como una bala como cuando evitas al de la encuesta que te persigue para que te hagas socio de algo, a paso rápido pero sonriendo?. ¿O te paras y empiezas a mirar los precios del turrón comentando a media voz, ¡qué caro está este año!, cuando en realidad estás salivando por llevarte algo de todas esas delicatessen?.

Pues ya que estás te paras, miras, remiras, comparas tamaños, sabores y de pronto empiezan a “caer” en la cesta, turrón de choco para los niños, las hojaldrinas de toda la vida, una caja con un buen surtido para cuando vengan la familia o visitas…cuatro o cinco cositas para entrar en ambiente, ¿no?.

Luego llegar a la caja e ir colocando las cosas en la cinta, entre los huevos y los yogures empiezan a aparecer las cajitas y paquetes de colores bién llamativos que como una alarma para que todos te miren, la cajera ondea dejando patente que eres presa fácil de las campañas del supermercado, mientras que a tu conciencia de consumidor empieza a parecerle un exceso imperdonable.

La cajera pasa las cosas en silencio. El chico que va detrás de ti solo con una barra de pan, chorizo y dos refrescos te mira mal porque tu cesta no sé vacía nunca y tú disimulas como puedes diciendo en alto: ¡vienes a por dos cosas y hay que ver de todo lo que te acuerdas!… “Seguro, piensa el chico, ésta se va a poner morada”, pero noooo, la cajera con su media sonrisa piensa “ésta ya no entra en el vestido de Fin de Año, aguanta Maritere que te quedan cuatro semanas de régimen y estarás divina”.

Al preguntarme si quería bolsas, le dije que no, ¡y menos mal que llevaba las mías!, porque así todo quedaba disimulado por los dibujos de mis bolsas y nadie, nadie, vería mis pruebas de culpabilidad.

En casa como os imaginaréis la reacción fue totalmente diferente. Todos estaban encantados de caer en el chocolate, la manteca, el azúcar, dulces manjares que tuve que esconder para evitar que mis golosones se dedicaran a la caza de la hojaldrina.

Y así es como este año empezamos a impregnarnos del espíritu navideño antes que nunca.

Menos mal que la vida está llena de escaleras para subir y bajar. Solo es cuestión de pensar en los comentarios “bienintencionados” de las familias que se avecinan en estas próximas fechas de Paz y Amor para ponerte en modo hiperactivo.

Por suerte me quedan tres semanas, ¡yupy!.

Paredes de papel

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No sé si os pasará como a mí, pero en casa tengo alguna pared de papel.

Hace un tiempo ocuparon el piso de al lado un matrimonio de unos sesenta años con una hija de veintitantos. Agradables, discretos, nada que objetar respecto a ellos pero sí sobre el escaso aislamiento entre ambas casas.

El baño de casa “pega” con su salón y por desgracia, esa pared es excesivamente fina, al menos desde mi casa hacia la suya, espero que ellos no oigan la ducha ni los ruidos propios de un baño en su casa.

El caso es que los primeros días de llegar, se oía por la noche la tele bastante alta. Con el paso de los días, no sé si se dieron cuenta o llenaron la casa con más muebles, el caso es que en el silencio de mi baño se les oye pero ya no de manera estruendosa aunque lo que llega es bastante entendible.

Un día a la hora de la siesta, el runrún de la tele se me hizo más claro. Estaban viendo una película y se oían los diálogos, así que me quedé un rato escuchando la peli sentadita en el taburete que tengo para los niños y me enteré también de los comentarios que el padre hacía sobre la época en la que se desarrollaba la película. ¡Qué rabia no poder participar en el debate!.

Después de ese día, se activó un sexto sentido en mí y ahora estoy más receptiva a escucharles y me he dado cuenta de que en mi cocina no les oigo hablar tan claramente, aunque sí que les oigo estornudar y yo, que soy muy cumplida grito ¡Jesús!, no sé si me oirán pero es lo suyo, ¿no?.

Estos vecinos por su acento diría que deben ser argentinos, y claro, deben tener familia por allá porque de vez en cuando les llaman no sé si por FaceTime o por la tele porque ahí sí que casi gritan para que les oigan bien y te enteras de la conversación quieras o no, nada trascendental, el tiempo, lo bien que se les ve, el estado de la familia…

Me he convertido en una cotilla sin querer y lo malo es que como ocurre en los culebrones, te enganchas y mi oído es como un micro aunque no quiera.

Recuerdo que una antigua amiga me contó que un domingo tumbada en el sofá viendo una película, ante el ruido de la conversación de los de al lado, acabó apagando la tele y “poniendo la oreja”. El padre estaba echándole una bronca al hijo adolescente. Me confesó que era lo mismo que su padre le decía a ella y que no hacía más que asentir a lo que decía el padre, a punto estuvo de dar unos golpecitos en la pared y decirles, ¡tiene usted toda la razón, madura niño!.

Seguro que os vienen a la cabeza recuerdos quizás de vuestras antiguas casas familiares donde pasaba lo mismo, las paredes eran tan finas que podíais hablar con vuestros amigos a través de ellas, y oíais las voces de sus padres cuando les pedían que recogieran la habitación por enésima vez.

En otra casa en la que viví hace años, tuve un vecino que roncaba muchísimo. Debíamos dormir con los cabeceros pegados a la misma pared pero lo peor era que a pesar de la cercanía, su habitación estaba en el bloque de más abajo por lo que nunca pude localizarle y aunque no me hubiera atrevido a decirle nada, sí que le habría echado una mirada de esas que petrifican (o así me lo imagino yo). Tenía que conformarme con darle un par de voces esperando que las oyera, aunque no solía funcionar pero al menos yo me quedaba más a gusto. Otras veces el perro que teníamos se metía a dormir pegado a mí cabecero y cuando se ponía a roncar, me vengaba, dedicándoselo a mi vecino con todo el cariño, yo no dormía y confiaba en que él tampoco.

De todas las historias de paredes de papel, recuerdo como la más divertida que me han contado, la de dos familias que veraneaban pared con pared en un bloque de apartamentos de los años 70. Unos tenían el dormitorio de matrimonio pegando al baño de la casa de los otros. Eran tan delgados los muros que cuando el padre de los del baño se metía para su momento de hacer de vientre, los otros desde su dormitorio le animaban…Creo que me habría muerto de la vergüenza si hubiera sido el del baño, y me habría muerto de la risa, si hubiera sido de los del dormitorio.

Por suerte, en casa, no se oye hasta ese punto así que “solo” me  amenizan con películas, fútbol (lo vivo como en directo pero comentado), tertulias de la tele y sus opiniones, y llamadas por teléfono a familiares que por suerte, siempre parecen estar bien de salud porque no paran de decirles, “¡qué bien se os ve, qué bien se os ve!”.

Y bueno, hasta aquí las retransmisiones desde el baño de mi casa, os mantendré informados si hay novedades.

Corto y cierro.

La Reina de las Floripondias

Las tan queridas y odiadas Redes Sociales pueden llevarte a variados estados que estaría bien poder reflejarlos con los tan manidos emoticonos. Por ejemplo, pueden hacer que pases de ellas, que te enganches y andes todo el día actualizando tu vida y la de los demás, que te hartes y desaparezcas por un tiempo, que te des de baja, ¿alguien sería capaz de desengancharse?…las posibilidades son tan variadas como tú quieras administrarlas.

En mi caso, mis “enganches” varían según la temporada y reconozco que desde que descubrí Twitter, me parece de lo más entretenido y apasionante.

Obviando la cantidad de “amiguitas” a las que he tenido que bloquear porque eran porno, me está permitiendo ponerme al día en temas que me encantan como arquitectura, historia, política, opinión, religión, fuerzas del orden, ministerios, opositores venezolanos, museos de España y extranjeros, periodistas, el Papa Francisco, el Jardín Botánico, programas de radio…las posibilidades son tan, tan variadas, que hacen que se vaya creando una madeja virtual en la que sigo temas de lo más variado.

Hoy quiero dedicarle un pequeño espacio a una floristería a la que sigo desde hace un tiempo, está en Madrid, enfrente de la basílica de San Francisco El Grande.

Se llama Flores con Encanto (www.floresconencanto.com). A través de un retweet sobre una imagen preciosa en la que aparecía adornada llena de flores la tumba de Santa Carmen Sallés, fundadora del colegio de mis hijos y muchos otros más, empezamos una “relación” de “me gusta” principalmente de tooooodas las bodas que ha tenido este verano, no sé cuántas pero a cada cual con decoraciones de las iglesias más bonitas.

Con el paso del tiempo, fuí coincidiendo con otros seguidores de sus trabajos y a través de ella, he descubierto gente muy interesante religiosa, misioneros…que me aportan pensamientos, frases, que me enriquecen en este momento vital en el que me encuentro donde me agarro a la espiritualidad y a la esperanza con todas mis fuerzas.

Gracias a ella, “la reina de las floripondias”, cada día voy conociendo el santoral del día que ella escribe en una pizarra a la puerta de la tienda para recordar que ese día se celebran santos con los nombres más extraños que nunca oí, pero que seguro que cuando están ahí es porque realmente hay un santo detrás, luego son nombres que existen, ¡lo que estoy aprendiendo!.

Me encanta y me sirve de ejemplo su actitud positiva de todos, todos los días, su manera de sacarte una sonrisa, las fotos de ramos preciosos para celebrar cumpleaños, aniversarios, las anécdotas que le pasan en la tienda…

A mí me tiene loca con las rosas y eso que no eran de mis flores favoritas pero es que de vez en cuando tiene unas rosas verdes alucinantes y el otro día me dedicó unas entre naranjas y melocotón, ¡preciosísimas!.

Y así empezamos con los mensajes privados, nos comentamos cositas breves, preocupaciones, nos encomendamos mutuamente, nos mandamos ánimos…

Por todo esto, desde mi pequeño espacio de escritura, quiero darle las gracias a “la reina de las floripondias”, porque todos los días está ahí, porque aunque apenas nos conocemos me dedica fotos de flores, porque a través de ella he ido enganchándome a gente interesante, porque es increíble cómo una “extraña” puede tener esa sensibilidad para dedicarme una décima de segundo de su agitada vida a mí, a la que no ha visto nunca y de la que apenas sabe nada.

Para mí es alucinante que haya gente tan generosa, así que por extensión, le doy también las gracias a Twitter porque no todo es malo y adictivo, todo depende del uso que les des (qué os voy a contar que no sepáis) porque a través de esta querida y odiada Red Social, ha sido posible esa “conexión”, tan positiva.

Ojalá tengáis la misma suerte que yo y encontréis a parte de tutoriales de punto, recetas de cocina, manualidades, fotos de viajes de vuestros amigos, los vídeos más extraños que te puedas imaginar, sorteos, moda y maquillaje, alguien con ese “toque” de sensibilidad como me ha pasado a mí.

Como veis, no exagero al decir que las rosas son espectaculares.

Gracias L.

Invasión de carritos de la compra en el bus

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De vez en cuando en vez de moverme por Madrid bajo tierra, me desplazo en bus.

Como en cualquier ciudad, rara es la hora en la que no van llenos de gente. Mi hora es casi a medio día, justo antes de que se llenen de niños, estudiantes o trabajadores que acaban la jornada, o están en la pausa de la comida.

Mis compañeros de viaje son de la cuarta o quinta edad. Les llamo así porque creo que lo de la tercera edad ha quedado superado puesto que con 65-70 años, son muchos los que siguen activos y trabajando igual que siempre.

Aunque lo cojo en la cabecera de línea, me quedo de pie ya que a partir de la segunda parada “mis compañeros” empiezan a subir con carritos de la compra, bolsas y más bolsas de un mercado cercano.

Me traen muchos recuerdos esos carritos de la compra por los que asoman perejil, puerros, acelgas…Recuerdo cuando hace años acompañaba a mi madre al mercado y acabábamos igual, cargadas hasta arriba aunque nosotras teníamos la suerte de volver a casa en coche.

Me costaba muchísimo soportar esa mezcla de olores a carne, pescado, casquería, era mareante. Pero era un olor que ahora echo de menos porque mi compra “a mano” se reduce a elegir yo la fruta y la verdura con guantes y a coger casi todo lo demás envasado porque o voy corre que te corre, o tengo a los niños haciendo carreras por los pasillos con las cestas. Puede sonar algo prepotente porque muchos seréis de los de ir al mercado o a la frutería, pescadería pero yo optimizo mi tiempo y mis esfuerzos como mejor puedo, al menos mientras el día no tenga 40 horas.

En cambio “mis compañeros” de bus suben cargados hasta los dientes pero con esa expresión de “qué bien se me ha dado”, ” ¡vaya pescadilla llevo y qué  precio!”…No lo dudo porque el olor a pescado inunda todo mientras nos vamos quedando sin espacio vital con más y más viajeros.

Creo que los autobuses urbanos deberían llevar maletero como los interurbanos, evitaríamos olores, que te metieran las bolsas encima, cabríamos más y ya no te cuento si una pobre mamá sube con un carrito de niño porque ¡eso es para nota!…Aunque pienses que no va a caber, de pronto se activa un sexto sentido en mis compis y aparece un hueco no sé sabe cómo…El ser humano tiene esas sorpresas maravillosas de generosidad que te sorprenden en las situaciones más variopintas.

Así que ya veis, “colocada” por el olor a comida y exprimido mi espacio vital, voy por calles de barrios desconocidos para mí, pendiente de no pasarme mi parada.

Pero la labor social no acaba ahí porque a pesar de que cada parada es anunciada en un letrero luminoso y por los altavoces, ” mi juventud” hace que mis compis me pregunten que si ya llegamos a no se qué parada, o que si les ayudo a desencajar el carrito porque no sale del rincón donde consiguieron meterlo y hora se empeña en no salir. Otra vez ahí, esos abuelitos sacan un chorro de voz no sé de dónde para asegurarse de que el conductor no deja a nadie sin bajar y espera pacientemente las maniobras de los carritos para salir hasta que le dicen, “¡ya estamos!”.

Yo que me integro rápido en la situación también acabo dando voces, informando de paradas y comentando los frenazos tan bruscos que dan los autobuses aunque desde luego, caernos no nos vamos a caer porque no hay sitio.

En fin, toda una aventura que confieso, estoy deseando volver a repetir.

¿Y dónde voy yo a esas horas por esas calles de Madrid?, eso es información reservada…Solo os diré que consigo bajarme en mi parada que ya es ¡un éxito!.

Mira que si coincidimos y no lo sabemos, ¿te imaginas?…

Universidad y reencuentros

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Como todos los septiembres, me toca compartir “viajes” con todos los nuevos/as que empiezan su etapa universitaria.

En cuanto a los chicos, suelo coincidir con ellos por las mañanas. La suerte, es que a pesar de que los reencuentros a las siete y pico de la mañana son a un volumen brutal, cargado de palmaditas y efusividad, en cuanto salimos a la carretera, van perdiendo fuelle y se quedan dormidos, angelitos…

Las chicas son otro cantar. Coincidir con ellas a medio día es una tortura que puede durar o solo el trayecto de vuelta a casa, o unos minutos más si tengo la “suerte” de hacer con ellas la cola hasta que llega el autobús.

Supongo que a esas edades yo era igual de “intensa” hablando pero de verdad que me alucina el énfasis con el que cuentan hasta el más mínimo detalle.

Pasada la sorpresa inicial del reencuentro, siguen contando las carreras elegidas por ellas y hacen mil preguntas sobre antiguos compañeros con los perdieron el contacto cuando acabaron el curso el pasado junio.

Por supuesto, sus carreras son “lo más de lo más”. Empiezan a entonarse con la elección de universidad pública o privada, siguen con competiciones para ver quien tiene los horarios de clases y de prácticas más horribles …Ya tienen “calados” a los profes majos, huesos, capullos, los mejores desayunos en las distintas facultades…

Y sobre las compañeras de clase…A muchas les pitarán los oídos a medio día y lo achacarán a los cambios de presión, o al ruido de la ciudad cuando en realidad, son mis compañeras de viaje que se dedican a ensalzar hasta el “súper majísima”, o a hundir hasta “la más rarita” a todas y cada una de sus pobres compis.

A pesar de que intento alejarme de ellas lo más posible para poder estudiar, escuchar música, leer o dormir (que es lo que más me suele pasar), su volumen sube y sube, y su charla dura y dura hasta que se despiden cuando llegan a sus paradas.

Pero bueno, reconozco que no todo es malo. Dentro de las charlas insustanciales, lo más divertido es oírlas hablar de chicos.

Para qué engañarnos, donde haya una charla sobre chicos, ¡el despellejar a las nuevas compañeras es una memez!.

El mundo está lleno de chicos monísimos, tú no lo sabes y yo tampoco pero te doy pistas…Están todos, todos en “la facul”.

Así que aquí hago un inciso para las que pasamos la etapa universitaria hace tiempo: a lo mejor tienes que volver a matricularte de algo para encontrar al hombre de tu vida, medita, medita…

Y ahí, viene otra competición. Ya sabemos que las chicas somos muy competitivas y el debate se centra en si los mejores chicos están en Medicina, Filosofía, Teleco, ADE…Todos tienen que ser súper pijísimos, súper cachas o súper enrollados, lo que sea pero de la sección “súper”, si no, no valen. Aunque otra opción es pasarte por las cafeterías, que siempre han sido y serán centro de reunión para todos.

Cuando yo hice la carrera, elegí el turno de tarde que era el más serio, error, error, error, porque claro, “la vidilla” y los chicos más guapos y majísimos estaban tomando cañas, jugando al mus o paseando su cuerpo serrano pero por la mañana.

Cierto es que en esa época yo tenía amigo especial y no me fijaba en nadie más, otro error de novata, porque como dicen mis compañeras de uni: “¿Pero qué haces con novio?…Con lo mona que tú eres, te llevas al que quieras de calle”.

Así que si lo dicen mis expertas “uni-compis”, amén.

Aclaración: Yo estoy contenta con mi elegido aunque no le conocí en la uni .

Otra aclaración: No me responsabilizo de que alguna se matricule en algo a los “taitantos”.

Caretas fuera, ¡libérate!

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Repasando el primer post que escribí sobre mí y mis intenciones creando este Blog, me he dado cuenta de que sin proponérmelo se ha convertido en ciertos momentos en escritos de ayuda, auto ayuda, superación…No me atrevo a llamarlo coaching por respeto a uno estupendo que sigo en su blog y que sí que lo es y al que no me acerco ni a la suela del zapato (va por tí Luis: https://luisjuli2.wordpress.com/).

No sé si a ti te habrá servido o lo habrás percibido así pero a mí, me ha servido para expresar, compartir y darle voz a muchos pensamientos que nunca pensé haberme atrevido a hacerlos públicos tanto personales como de denuncia social.

Se que han sido temas que muchos no habríais sacado a la luz, que pensáis que pertenecen a esa esfera privada, cerrada herméticamente donde nadie debería entrar.

Respetando opiniones, me gustaría animaros a compartir vuestras inquietudes, vuestras angustias, vuestras ilusiones porque siento defraudaros pero sé que no sois perfectos. Vuestras imágenes son solo eso, una careta que alimentas y con la que pasas de puntillas por la vida sin implicarte, sin pensar en más, sin darte.

Qué triste, ¿no?.

Seguro que a veces mientras hablas con alguien piensas, “y si le contara…, ¿qué pensaría de mí?”.

Uno de los mayores problemas con los que nos enfrentamos quienes hemos pasado por momentos de ansiedad, de estrés, es la falta de comprensión por parte de los demás.

A no ser que alguien cercano a ti lo haya pasado, estas situaciones son injustamente juzgadas porque la realidad es que cuando alguien se entera, le es difícil creer que puedas estar pasando una mala racha e incluso que estés de baja médica cuando ellos te ven sonriente, simpática como siempre, en fin, como si no te pasara nada.

Quizás los médicos deberían escayolarnos un brazo o vendarnos un pie para que ese prójimo desconfiado, irónico e hiriente nos creyera.

Con mi experiencia y los meses pasados en mi bajada a los infiernos particular, he podido comprobar cómo estaba rodeada de muchos Santo Tomás, el apóstol que no creía que Jesús hubiera resucitado hasta no meter el dedo en sus heridas, ese “si no lo veo, no lo creo”, que tantas veces decimos.

Ha sido curioso ver cómo ha habido quienes me han preguntado directamente cómo me sentía, los que “huían” por si les contaba mis penas y los que no han sabido interpretar mi “desaparición” de la vida social pensando que les había fallado como tantos otros.

Somos muchos los que hemos pasado experiencias dolorosas con amigos, o con quién en un momento dado creímos que eran importantes para nosotros. Con la edad, te cierras, creas caretas “perfectas” y apenas dejas entrar a nadie por miedo a otro batacazo.

En mi caso, los batacazos no han sido ni más graves ni más importantes que los de cualquier otro, pero a pesar de ellos sigo siendo tan ingenua que vuelvo a tropezar en la misma piedra.

Ojalá tuviera mejor ojo clínico pero debe ser que las mechas rubias me hacen interferencias y sigo creyendo que queda gente buena.

Por eso, me encantaría que por un día practicárais el quitaros la careta. ¿Qué puede pasar?, sinceramente no lo sé, pero ojalá os diérais el gustazo de enfrentaros al día a corazón abierto.

Seguramente, os liberarías de poses, sonrisas forzadas, y os sentiríais más liberados y relajados.

No es que os pida que os tiréis al mar sin saber nadar, pero sí que probéis a ser vosotros mismos. Seguro que os llevaríais muchas sorpresas buenas y no tan buenas pero lo importante es que serías tú, que es lo más apasionante.

Creo que la frase de D. Santiago Ramón y Cajal es perfecta, él era una eminencia, yo solo soy una superviviente con días buenos y días malos pero luchadora.