Todo al negro

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La historia se repite, podría ser la tuya o la mía, la de tu vecina o la de cualquier mujer cercana o muy lejana.

“Y cambié todo al negro…” Pero para llegar ahí antes pasé por el marrón, el verde, el azul, el beige, qué más da un color que otro, todos forman parte del pantone de colores, con cientos d tonalidades cada uno, total, elige el que te guste…

¿En qué momento renunciaste al rojo, al rosa, al amarillo?

¿Y a la ropa de tu talla y a tu pelo y a ti misma?

Es imposible poner una fecha concreta, un acontecimiento especial pero pasó y no te diste cuenta. Lo asumiste porque tenía que ser así, era lo normal, como debía ser porque dejaste de ver, de sentir, de opinar.

Es difícil de explicar y de entender, una mujer hecha y derecha, mayor de edad, reducida a una muñeca, a un ser que ni siente ni padece que solo se deja llevar, sin plantearte ni una sola coma de tu vida.

Hasta que conseguiste salir. Igual que al hacerte una herida a los pocos días la piel se va regenerando, a tu ritmo fuiste despertando y regresando a la vida, a la que tú ibas eligiendo y redescubriste el naranja, el pistacho, todos los colores y sus mil tonalidades, el arco iris a tus pies y apostaste todo al negro, porque el negro tenía premio, VIVIR.

Con todo mi cariño y mi admiración a todas las supervivientes que salieron del marrón y del beige.

Que cada día sean más.

 

Los toalleros salvavidas

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Hoy le dedico esta entrada a los salvavidas de las toallas, de las mantas, de las alfombras…A todos esos profesionales que se dedican a hacer “magia” y a mover a nuestros mayores con la profesionalidad y la soltura de un experto cocinero en voltear tortillas.

Hace unos días los toalleros salvavidas pasaron a auxiliar a mi suegra. Un pequeño resbalón la dejó sentada en el suelo y sin poder levantarse. Nada más pulsar el botón de su collar de la teleasistencia, una voz amiga, puso en marcha a los toalleros para ir a su casa a ayudarla, poco después sus toalleros salvavidas la habían movido y colocado en su butaca. Gracias a Dios, ella estaba bien y todo quedó en un resbalón tonto.

Hablando con Menchu me contaba cómo en un visto y no visto estaba sentada ante la mirada alucinada de los familiares que impotentes esperaban la llegada de los toalleros tragándose la angustia de verla en el suelo sin poderla ayudar.

Pasado el susto y ya riéndonos las dos por lo cómico de la situación en la que sin darse cuenta se había visto metida, me quedó ese runrún de cómo estos profesionales convertían lo difícil en algo aparentemente tan sencillo.

Queridos toalleros salvavidas, gracias por vuestra delicadeza, por vuestra amabilidad, por vuestra profesionalidad, por los ánimos que dais a todos los que auxiliáis y los que al otro lado del teléfono reciben la primera llamada de angustia.

Y ésto ya va dedicado a mi suegra, Menchu, no le cojas el gustillo a viajar en toalla por favor que en lo que viajaba Aladino era en alfombra.

 

 

El cooking plasta

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Como todos ya sabéis, el bombardeo culinario que nos rodea es tan grande que si a estas alturas no practicas el cooking, el baking o el shaking, no eres de este planeta.

Está claro que, como en España, no se come en ningún sitio, pero de ahí a que tengamos que ser todos chefs pretigiosísimos y repoblar el mundo a base de paellas y churros, hay un gran paso.

Me encanta la cocina, dar “saltos evolutivos” en los menús familiares pero procuro que mi entusiasmo no empalague ni sature a los que me rodean. La sal en su justa medida y el coñazo al personal, en cucharita de café.

Pero, ¿qué hacer cuando un iluminado de las magdalenas se empeña en que cinco filas por delante de él en el autobús, conozcan su baking art?

Esta es la historia de una de esas personas que aunque te pongas los auriculares, su tono consigue taladrarte los oídos y tu serenidad personal quiere huir a otro cuerpo. Este es nuestro hombre, un jovenzuelo encantado de conocerse que quiere premiar al mundo, o sea, a los cinco pringaos que estamos en el autobús, con su receta para hacer magdalenas, mientras trata de derretir a la chica que le acompaña y que no para de repetir, “qué crack eres Juanma, qué crack eres”.

La escena se va volviendo asfixiante entre tiempos de cocción y entrenamientos de fútbol porque nuestro protagonista es multitarea, trabaja, va al gym, juega al fútbol, sale con los colegas y cocina pero, ¿dónde está el truco?, fácil, nuestro amigo vive en casa de sus padres, ajajá, así cambia la cosa, ¿verdad?

Todo esto hace que aunque todos los que corremos nuestro propio maratón diario, podamos seguir considerándonos una súper especie de otra galaxia, nos entre el nervio en plan “si él puede, yo también”, porque aunque dicen que imitar es una forma de halagar, a veces, nuestra evolucionada especie, actúa movida por estúpidos resortes que la llevan al “y yo más” aunque nuestro camino en la vida claramente no sea hacer magdalenas, huevos poché o gelatinas con sabor a tierra mojada.

Así que amigos, pasad página y no os volváis pluscuamperfectos como mi protagonista porque lo empalagoso, empacha y ese buen rollo que parecen producir tus charlas culinarias acaban astragando y convirtiéndote en un plasta cuyo tufo a magdalenas hace huir hasta a Obelix.

Firmado, una compañera de autobús que si vuelve a coincidir con el baking plasta, le pondrá el tupper de las magdalenas por sombrero.

 

Estaba yo pensando…

Estaba yo pensando que estos días casi primaverales son una gozada, el solecito nos anima y llevamos mejor la semana, las risas inundan el aire, el aire huele a flores del campo, los peces beben en el río de aguas claras, un suave sonido llena mis sentidos y ¡pum!, se acabó, finito, game over.

Susto de los grandes cuando me despertaron las sirenas de los coches de la Guardia Civil, haciendo un grandísimo esfuerzo por saber dónde estaba y a la vez procesando lo que pasaba.

Otro susto en la carretera maldita, esa en la que las encinas valen más que las vidas humanas. Esta vez no ha sido nada grave, unos minutos en caravana y sobrepasamos el lugar del incidente, me quedo sin saber qué había pasado pero dando gracias de que nadie hubiera salido malparado.

Intento retomar mi sueño de armonía y paz pero ya no vuelve. Desapareció con el susto.

Ahora recuerdo el día en el que estoy y que no se parece en nada a mi sueño. El sol en la oficina es abrasador y me hace pasar la mañana con chapetas. La capa de polución que veo al fondo de la ventana hace que casi no vea la sierra de Madrid. Al abrir la puerta de emergencia buscando algo de corriente para que se renueve el ambiente sofocante no me trae ni silbidos de pajaritos ni vistas de árboles ni flores, solo entran humos de las ventilaciones de los gigantes de hierro y cristal que nos rodean y ruido, no música, de las bocinas y las sirenas que hacen otra vez que se me ponga un nudo en el estómago.

Y ahí, en medio de ordenadores, impresoras, mesas, sillas, ruidos y calorazo, aguanta mi cestita de mimbre con unas tímidas hojas verdes pero bien tiesas, desafiando los malos humos del ambiente.

Mirarlas me llenan de paz y me animan a seguir soñando y tarareando “pero mira como beben los peces en el río…”

Nonsenses

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Hace unas tardes perdí el equilibrio. No fue por un problema de oídos ni de cervicales.

Esa tarde perdí el equilibrio por unos quita miedos de la carretera. No es que yo me dedique a ir saltando quita miedos en mi tiempo libre pero fueron los culpables de que perdiera el equilibrio.

Que conste que estoy totalmente a favor de la función que cumplen. Todas las carreteras deberían tenerlos por su demostrada protección en los accidentes de tráfico.

Mi equilibrio se perdió por la falta de visión de los jefes de conservación de la carretera que se dedican a cambiarlos en hora punta de salida de los colegios y forman un espectacular atasco desde el arranque de la subida de un puerto de montaña hasta pasado el mismo, en una carretera con un carril por sentido de la circulación.

Como “Spain is different”, ¿para qué iban a avisar unos kilómetros antes, si podían provocar la desesperación de los conductores que de pronto se veían encerrados en su carril y sin posibilidad de salir por ningún sitio?

Pues dicho y hecho, atasco, desesperación y dos horas para cubrir un trayecto de una hora.

Dentro de lo malo, yo iba en transporte público así que amorticé el billete casi de todo el mes con ese viaje y aunque las vistas del campo eran relajantes, mi equilibrio fue fallando conforme pasaban los minutos y no avanzábamos más que un par de metros.

¿Qué hacer en un caso así? Dormir, que era lo que hacía hasta que me desperté y todo el relajamiento que había conseguido se fue al traste al ver que estábamos parados en la carretera.

Leer, buena opción pero llevaba al lado a una parejita muy acaramelada que se dedicó a compartir sus conversaciones con los demás viajeros y a punto estuve de incluirme en su conversación y opinar sobre los tatoos que llevaban cada uno de un gusto bastante tremendo.

Hablar por teléfono. Solo hice una breve llamada a mi madre dándole instrucciones sobre la recogida de fútbol de uno de mis hijos y pregun tando sobre la salud del otro que llevaba con ella desde media mañana.

Por suerte, en estos casos una super abuela es como si te hubiera tocado la Lotería. Gracias a ella me desequilibro de manera controlada porque ahí está dispuesta a apagar los fuegos que haga falta aunque con las prisas salga sin móvil, sin llaves o sin dinero.

Superado el parón de los quita miedos, el autobús voló por esas carreteras de Dios y llegamos a la estación agotados pero triunfantes.

Recuperada de tanta emoción desequilibrante pensaba por la noche en cómo se pueden complicar las cosas en un momento y que en realidad mi momento de angustia no era nada comparado con los vaivenes y desequilibrios que tendrán que soportar madres en lugares dejados de la mano de casi todos.

¡Pobre niña rica! me vino a la cabeza. Desequilibrios en el primer mundo, vergüenzas inconfesables en otros mundos, los dejados, los abandonados…

“Nonsenses” que diría Mr. Scrooge, en Cuento de Navidad.

“Nonsenses” que espero me hagan aterrizar en lo que de verdad equilibra y desequilibra.

 

 

 

 

 

De Legos, cromos y coleccionables

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Érase una vez una habitación llena de piezas de Lego. Un aeropuerto convertido en angar, una comisaría con torre y cinta transportadora de equipajes a modo de pasarela y mil piececitas más no se sabe bién de qué pero estratégicamente distribuidas por el suelo que hacen que andar se vuelva misión imposible, y si es por la mañana medio dormida, más te vale ir calzada porque seguro, seguro que alguna te clavas en el pie. Ya veis, qué ricos mis niños.

Dentro del desorden ordenado que con tanto mimo cuidan mis hijos, en esta época de vuelta al cole, aparecen también desperdigados los coleccionables.

Cartas de Pokémon llenas de poderes de los buenos, los malos, los que se unen a otros para dar más fuerza…Confieso que no acabo de entenderlas por más que me lo explican aunque quizás es porque desconecto en mitad de las explicaciones. En esas estábamos cuando han aparecido más cromos de Pokémon sol y luna, o sea, el remate del tomate para inexpertos sin ánimo de corregirse como yo.

Otra colección que nos acompañó el año pasado gracias al entrenador de Fútbol, fue el álbum de la Liga.

¡Horror! Había que separarlas por equipos, jugadores, escudos, las súper estrellas…Otra prueba de constancia para todos y sobre todo para mí que tenía que poner cara de sorpresa porque a alguno le había tocado el cromo de un jugador del Atleti cuando humildemente confieso que me quedé en la Quinta del Buitre, y de los jugadores actuales no acierto a decir más que dos o tres atléticos y el Cholo Siemone, of course.

El problema con la Liga fue que siguieron cambiando jugadores y comprando sobres hasta que empezaron a acumularse los tacos sin pegar y por mantener un orden, acabé yo pegando jugadores del Villareal, del Racing de Santander y yo que sé cuántos equipos que no me importaban un pimiento pero ¡ay de mí!. Acabé enganchada y maldiciendo mi suerte porque no conseguí rellenar ni una página, ¡qué lata!

Este curso aún no ha aterrizado el álbum de la Liga pero uno de mis hijos descubrió por los anuncios de la tele una nueva colección con álbum, tablero para jugar y mil cromos para pegar. Se llama Fantasy Rider.

¿Y qué hay de nuevo? me planteo yo. Pasada la emoción de mi hijo para que viera el anuncio sobre el que me contaba a voces lo guay de la colección, acabé con los ojos secos por no parpadear para demostrarle que realmente me parecía alucinante lo que me contaba.

Tranquilamente más tarde, me metí en Google y me empollé de qué iba la historia que resumidamente va de aventuras, los buenos contra los malos y blá, blá, blá.

Como estoy segura de que os sabe a poco, aquí va un corta y pega de la web de Panini “El mundo ha sufrido un terrible cataclismo y solo los más valientes y capaces han sobrevivido ante todas las adversidades. ¡A lomos de sus fabulosas criaturas, dominan un mundo en ruinas! Tecnomagos, Neobárbaros, Místicos, Elfos del Crepúsculo, Enanos Chatarreros, Trasgos de las Montañas, Caballeros de la Luz, Señores del Océano… ¡y los Errantes, las poderosas criaturas a las que todos desean controlar!”

De verdad que me alucina que mi hijo sea capaz de retener los nombres de las tribus de criaturas como los Trasgos de las Montañas y se atasque leyendo un trabalenguas.

Lo que tengo muy bien aprendido sobre los Fantasy Riders es que cuando compre los sobres de cromos tienen que ser de diferente color, o sea, que no puedo coger dos dorados, tendría que ser uno dorado y otro del color que sea. Ya veis que el niño promete porque da por hecho que como mínimo le comprarás dos…Al final mi hijo propone y yo dispongo, como debe ser.

Estoy segura de que a la larga, acabaré echando de menos a los jugadores de fútbol porque esta nuevas criaturas son de susto o muerte.

 

El largo verano

Beach scene with blue wood decking

Hace 2 meses que empezó el verano y ya tengo un montón de recuerdos acumulados.

Empezamos la nueva estación con el fin de curso de los niños. Lavadora de uniformes, babis, análisis del estado de los zapatos colegiales, las zapatillas de deporte que un día fueron blancas y ahora tienen las punteras de un color indefinido entre azul sucio y verde putrefacto y los sufridos velcros que son tan cumplidps que se llevan toda la porquería de la clase, el patio, el comedor y el parque pero a pesar de todo este año han seguido haciendo su trabajo como el primer día.

Sacamos la ropa de invierno del armario e hicimos hueco para la “fresquita”. Nos encomendamos a todo lo que se nos ocurrió al probarnos nuestro fondo de armario. Sudamos y entramos en unas prendas y nos apoyamos en la moda de este año para no intentar forzar más de lo debido ese pantalón de pitillo en el que entrábamos con calzador y que por un extraño fenómeno encogió colgado en el armario.

Aparecieron los abanicos y se convirtieron en un imprescindible en cada bolso. Murió uno por el exceso de velocidad al utilizarlo uno de mis hijos unido a la desesperación de ver pasar la tarde en la sala de espera de la pediatra.

Nos enfrentamos al espejo y nuestro tono de piel no era blanco como la leche, era de un transparente enfermizo por los fluorescentes del trabajo, el transporte público y por tanta boina de contaminación.

A pesar de nuestro patético color de piel nos rendimos a la moda y pintamos nuestras uñas de los piés de lo más animadas. Nos dedicamos con ahínco a darnos cremas con color, rayos uva, estiramos el cuello ante el más pequeño rayito de sol, todo con tal de mejorar nuestro deprimente tono de piel.

Disfrutamos con los primeros chapuzones en la piscina. Estrenamos bañadores, repetimos con los que no habían encogido, chanclas nuevas, pistolas de agua recién compradas en los chinos, hasta un tiburón ha invadido la piscina de la abuela.

Este año hemos sido muy, muy disciplinados con el sol y nos hemos embadurnado como croquetas de crema con flú flú (o sea, spray) tan potente que cubría al niño y a la madre (una servidora). Hemos repetido la aplicación como decían las instrucciones y evitado quemarnos porque y en esto sí que hemos fallado, lo de las horas de sol prohibidísimas nos lo hemos saltado a la torera. Como toda la vida hemos tomado el sol de 12 a 3 de la tarde tan ricamente.

Ahora, casi a finales de agosto, una servidora está hasta el moño de la bolsa de la piscina, de abrir y cerrar la sombrilla, de enjuagar bañadores y tender toallas. De la crema ni os cuento porque como ya estamos bien curtidos por el sol, la llevo en la bolsa por evitar sentirme una madre malísima pero ya paso de pringarnos todos con el factor 50 y dejamos a nuestra piel libre como el viento.

En cuanto a lo bien que les viene a los niños el verano porque es verdad que acaban agotados del colegio, pienso que con un mes de recuperación habían tenido suficiente. Ellos y yo estamos hartos del cuaderno de vacaciones, de leer y de hacer matemáticas. Que compro un libro, una goma de borrar y un sacapuntas, llevaba 50 euros y que ¿cuánto me queda?, pues después de devolverle las vueltas a tu madre, no te queda ni para una piruleta, te lo digo yo, que a todo céntimo le encuentro un destino rápidamente.

Como seguramente os pasará a muchos, dos meses son muchos días de calor, sudor, mosquitos, trasnochar y de darle mil vueltas a si la ola de calor ha sido más o menos horrible que la del año pasado, que ya no hay veranos como los de antes, ésos de calor, calor…

Yo de un año para otro reconozco que se me olvida si fue muy caluroso o no. Será la edad pero cada vez me resulta más incómodo de llevar y se me hace eterno. A estas alturas casi voy tachando los días que quedan para que empiece el curso y volvamos todos a coger las rutinas porque vivimos en el descontrol horario donde no hay prisa para nada y te dan las cuatro y media de la tarde recogiendo la cocina.

Y en septiembre, ¿qué pasará, se alargará el verano más allá de su fecha oficial y nos regalará otra ola de calor?

No tenemos ni idea porque las predicciones meteorológicas ya no son como las de antes. Así que hasta que llegue ese momento, seguiré intentando montarme en el tiburón de mis hijos para surcar las aguas de la piscina cual sirena en su delfín.

 

La Luz

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Hace años, teniendo unos 12 años quizás, me desvelé una noche. En algún momento dando vueltas para intentar dormirme vi una luz al lado de la puerta de mi habitación. Era una luz blanca y brillante, me dio tanto miedo que empecé a rezar a la Virgen para que se marchara y me quedara dormida.

Siempre me han llamado la atención las señales que los Santos recibían en su vida, una luz, una fuerza que le derribaba del caballo, un voz y de pronto, en mi angustia me dio por pensar que a lo mejor lo que veía era una señal especial para mí.

Cambié mis rezos y pedí a la Virgen que lo que veía no fuese ninguna señal especial. Yo no era ninguna Santa y desde luego no me consideraba digna de ninguna revelación.

Esa experiencia no se la conté a nadie porque solo de pensarla me parecía totalmente ridículo.

Han pasado los años y no lo he olvidado.

No volvería a pasar por la misma experiencia porque el miedo que pasé no se lo deseo a nadie pero me ha servido para darme cuenta de que en mi imperfecta vida, hay una Luz que me acompaña siempre y aunque cada nuevo día esté más o menos fuerte, o más o menos acertada, mi Luz, mi Fe, sigue ahí.

Así que tú planeado y creado por Dios, recuerda que eres Luz y aunque te alejes estás aquí porque formas parte de sus planes.

Querido imperfecto, gracias por compartir tu Luz conmigo porque de verdad me llega y me llena.

 

Las 32

 

 

Las 32, ¿qué?

Podrían ser escaleras, horas, flores, maletas, canciones, magdalenas, dietas, casas, monedas, bicis, cantantes, guitarras, tortugas…

Hace un tiempo llegó a casa una bici estática, el plan era venderla pero como los posibles compradores casi pretendían que la regalásemos, decidimos quedárnosla.

Al principio era la gran atracción para los niños, pedaleaban como podían, tocaban todos los botones, se colgaban del manillar, subían y bajaban el sillín…creo que no pudieron hacer más porque la pobre bici no daba más de sí apagada.

Pasaron los meses y yo la utilizaba muy de vez en cuando.

La semana pasada no sé cómo me llamó la atención. Era por la noche y se me ocurrió ponerla en marcha y volver a probar. Sillín y manillar ajustados, la espalda bien recta y sentada lo más cómoda posible dentro de que a los dos minutos se te clavara como una tortura china. Todavía me acuerdo de una bici roja que tuve cuando pasé de las pequeñas de dos ruedas a toda una señora bici “de mayor”. Una Motoretta que estrené un verano con un sillín grande, mullido, un lujo para pedalear por la urbanización donde pasaba los veranos. No tenía timbre pero tenía una cesta delante que hoy habría cargado con agua, el móvil, pañuelos y mil cosas más pero que por aquel entonces como mucho servía para llevar las llaves de casa y la toalla para darme un chapuzón nada más acabar.

A lo que iba, enchufé el cable y empecé a pedalear. Iba bastante bien, las pulsaciones en orden, los metros que avanzaba, las calorías consumidas, pero ¡ay las calorías!, debía de haber un error porque apenas se movía el marcador y ya llevaba dos minutos. De pronto, ya costaba un poco más pedalear, pensé que en vez de estar en el nivel 1 de dificultad, los niños lo habrían tocado y estaría en el 7 u 8 pero qué va, estaba en el 1, ¡el 1! Yo pensaba, un poquito más, ¡vamos!. Las pulsaciones se me iban disparando pero los metros recorridos tomaban forma y eso me animaba.

Intentando distraerme y no mirar constantemente cómo iba mi evolución descubrí un ventilador, lo puse en marcha y salía un airecillo, ¡bién! que al momento empezó a echar polvo acumulado desde no se sabe cuándo que me hizo empezar a toser. Al final me ahogo, pensé, pero viendo que llegaba a los 2 kilómetros recorridos, aumenté el ritmo como pude y ¡fin!

Objetivo alcanzado: 2 kilómetros, 6 minutos, 32 míseras calorías.

La bajada de la bicicleta fue tan patética que no podía quitarme de la cabeza esa escena de la película “El diario de Bridget Jones” cuando la pobre Bridget intenta levantar cabeza y cambiar de vida y se va al gimnasio a ponerse en forma. Al bajarse de la bici, cae a plomo al suelo. Pobre Bridget, seguro que aguantó mucho más tiempo que yo. Conseguí bajar y como es normal, me temblaban las piernas. La bajada por las escaleras para preparar la cena fue una mezcla de baile salsero y corre que te persiguen los malos.

Desde entonces, miro la bici con mucho respeto y entiendo perfectamente que los ciclistas profesionales acaben derrotados después de esas etapas de subidas al cielo y demás.

Superadas las agujetas me he dado cuenta de que ya formo parte de la tribu ciclista. Si me preguntan, podré decir que yo hago salidas cortas, con el viento y la polución en la cara. En cuanto a las calorías, con quemar cien gramos de brócoli, calabacín o melón (31 calorías cada alimento) me doy por satisfecha.

¿O tienes algo que objetar? A ti me gustaría verte montado en mi bici, ¡ja!

 

 

 

¿Queda lo bueno?

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Cuando un ser querido se va, ¿realmente en tu memoria queda lo bueno?.

Esta reflexión me vino al contarme un conocido que recientemente había sufrido una perdida muy triste. El consuelo es que llegó a una edad bien avanzada, empezó a fallarle la salud y se apagó.

Hasta aquí lo que pasa todos los días a tantas personas pero sigo preguntándome, ¿de verdad te olvidas de todo y solo te acuerdas de las cosas buenas que compartiste con esa persona?.

Qué pasaría si los buenos recuerdos se borraron, si los silencios acabaron con las palabras, si no reconoces a esa persona porque desapareció y dejó un vacío en tu vida, un socavón que tuviste que aprender a rellenar como pudiste, sin instrucciones, sin sabios consejos. Solo con tus manos, tu perseverancia y unas fuerzas que iban y venían. Achicando el agua que dejaban tus lágrimas, sacando las piedras que tirabas cuando te rebelabas y esas pocas flores que arrojabas intentando mantener el recuerdo puro, el primitivo, el que no fue suficiente para retenerle.

No me vengas con frases hechas, tú no, no me tomes por tonta, tú no.

Piensas que me falta madurez, perspectiva, buenismo, empatía, perdón, paz y amor…Yo creo que lo que me falta es tu respuesta enlatada y voceada como un mantra por tu líder.

Y eso no.

Quiera Dios que sea capaz de mantener claro el discernimiento y tener voz propia, sea la adecuada o no, para que cuando llegue el momento decida yo si me queda lo bueno o no.