Danza del vientre

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Ordenando un cajón lleno de fulares, pañuelos y chales que voy acumulando desde hace años, ha aparecido el pañuelo rosa con moneditas que me compré cuando estuve yendo a clases de danza del vientre.

Haciendo memoria creo que fue hace unos 6 años. Por aquel entonces, mi vida era mucho menos complicada que ahora y podía permitirme el lujo de dedicar tiempo a mis aficiones sin andar corriendo todo el día de aquí para allá, o mejor dicho, corría pero sin esa angustia vital que hace que se te vayan amontonando las prioridades de los demás por encima de las tuyas.

Iba a una escuela muy conocida que lleva abierta unos 20 años en la zona de Chueca. Las clases eran a medio día y me acercaba en metro desde la oficina, no me daba tiempo a comer pero la experiencia merecía la pena. Mis compañeras eran de edades muy diferentes. No creáis que sólo es para gente joven, en mi grupo había un par de señoras mayores que disfrutaban igual que las demás y con la experiencia que da la edad, se movían sin complejos delante del espejo sin fijarse en lo que pudieran pensar las otras.

La profesora era una chica jovencita muy simpática que nos hacía sudar la camiseta y que nos ayudaba a ir coordinando pasos de ballet con todos esos movimientos tan sensuales que cuando llevas dos copitas y estás medio a oscuras escuchando a Shakira te parecen tan sencillos pero que cuando se trata de hacerlos en una sala llena de luces mirándote en un espejo, a las 3 de la tarde con unas desconocidas, descubres que de sencillo no tiene nada y que tu cuerpo no se mueve con la misma gracia.

Otros días, la profesora era la dueña de la academia. Una señora ya con sus añitos que bailaba tan bien y con tanta facilidad, que te dejaba con la boca abierta y hacía que las clases fueran una exhibición de estilo y elegancia mientras nos daba una lección de historia y filosofía sobre la danza del vientre. Con ella aprendí que este tipo de danza es un baile femenino, delicado, con el que la mujer se expresa y disfruta para ella misma y no para provocar al hombre como nos quieren hacer creer. Otra cosa es que los pobres mortales caigan rendidos ante nuestros encantos danzarines pero es que eso es absolutamente inevitable.

Al empezar la clase, nos iba corrigiendo la postura frente al espejo y nos recordaba que había que relajar el gesto y sonreír. Tenía una frase que nos repetía siempre y que provocaba nuestras risas a la vez que nos ayudaba a soltar tensiones e imbuirnos de esa música que te hacía sentir una perfecta bailarina, “no olvidéis nunca que somos reinas”. Con ello nos quería transmitir que en ese momento no había nada más importante que fluir y bailar, que éramos especiales aunque con sus ojos viera la mayor o menor soltura con la que nos movíamos. Todos los días nos contaba también historias de su difunto marido, un conocido bailarín egipcio que vino a Madrid a fundar su escuela y dejó su legado en manos de su hija, otra conocida bailarina que es la que actualmente lleva la dirección de la academia.

El éxito de estas clases no sólo lo noté a nivel físico, os aseguro que nunca había tenido la cintura tan marcada, a parte de notarme el cuerpo más moldeado; es que en casa, cuando teníamos reuniones familiares, pretendían que les hiciera exhibiciones de mis dotes danzarinas a lo que por supuesto siempre me negué para disgusto de mi suegra, que solo con oírme decir lo de “somos reinas” y marcar una postura ya se moría de la risa.

Unos meses después me quedé embarazada y lo dejé. Creo que pasados los tres primeros meses, podría haber seguido bailando pero al enterarme de que lo que venía en camino eran mellizos, hizo que casi todo lo demás pasará a un segundo plano y me centrara en lo que estaba por venir.

No descarto poder volver a apuntarme otra vez algún día. Desde luego intentaría hacerlo en la misma academia para volver a sentirme “reina” por una hora dándole vida a las moneditas de mi pañuelo al ritmo de esa música tan embaucadora. Estoy segura de que esa segunda vez, bailaría mucho más relajada ante el espejo disfrutando al máximo de esa nueva oportunidad.

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