Paredes de papel

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No sé si os pasará como a mí, pero en casa tengo alguna pared de papel.

Hace un tiempo ocuparon el piso de al lado un matrimonio de unos sesenta años con una hija de veintitantos. Agradables, discretos, nada que objetar respecto a ellos pero sí sobre el escaso aislamiento entre ambas casas.

El baño de casa “pega” con su salón y por desgracia, esa pared es excesivamente fina, al menos desde mi casa hacia la suya, espero que ellos no oigan la ducha ni los ruidos propios de un baño en su casa.

El caso es que los primeros días de llegar, se oía por la noche la tele bastante alta. Con el paso de los días, no sé si se dieron cuenta o llenaron la casa con más muebles, el caso es que en el silencio de mi baño se les oye pero ya no de manera estruendosa aunque lo que llega es bastante entendible.

Un día a la hora de la siesta, el runrún de la tele se me hizo más claro. Estaban viendo una película y se oían los diálogos, así que me quedé un rato escuchando la peli sentadita en el taburete que tengo para los niños y me enteré también de los comentarios que el padre hacía sobre la época en la que se desarrollaba la película. ¡Qué rabia no poder participar en el debate!.

Después de ese día, se activó un sexto sentido en mí y ahora estoy más receptiva a escucharles y me he dado cuenta de que en mi cocina no les oigo hablar tan claramente, aunque sí que les oigo estornudar y yo, que soy muy cumplida grito ¡Jesús!, no sé si me oirán pero es lo suyo, ¿no?.

Estos vecinos por su acento diría que deben ser argentinos, y claro, deben tener familia por allá porque de vez en cuando les llaman no sé si por FaceTime o por la tele porque ahí sí que casi gritan para que les oigan bien y te enteras de la conversación quieras o no, nada trascendental, el tiempo, lo bien que se les ve, el estado de la familia…

Me he convertido en una cotilla sin querer y lo malo es que como ocurre en los culebrones, te enganchas y mi oído es como un micro aunque no quiera.

Recuerdo que una antigua amiga me contó que un domingo tumbada en el sofá viendo una película, ante el ruido de la conversación de los de al lado, acabó apagando la tele y “poniendo la oreja”. El padre estaba echándole una bronca al hijo adolescente. Me confesó que era lo mismo que su padre le decía a ella y que no hacía más que asentir a lo que decía el padre, a punto estuvo de dar unos golpecitos en la pared y decirles, ¡tiene usted toda la razón, madura niño!.

Seguro que os vienen a la cabeza recuerdos quizás de vuestras antiguas casas familiares donde pasaba lo mismo, las paredes eran tan finas que podíais hablar con vuestros amigos a través de ellas, y oíais las voces de sus padres cuando les pedían que recogieran la habitación por enésima vez.

En otra casa en la que viví hace años, tuve un vecino que roncaba muchísimo. Debíamos dormir con los cabeceros pegados a la misma pared pero lo peor era que a pesar de la cercanía, su habitación estaba en el bloque de más abajo por lo que nunca pude localizarle y aunque no me hubiera atrevido a decirle nada, sí que le habría echado una mirada de esas que petrifican (o así me lo imagino yo). Tenía que conformarme con darle un par de voces esperando que las oyera, aunque no solía funcionar pero al menos yo me quedaba más a gusto. Otras veces el perro que teníamos se metía a dormir pegado a mí cabecero y cuando se ponía a roncar, me vengaba, dedicándoselo a mi vecino con todo el cariño, yo no dormía y confiaba en que él tampoco.

De todas las historias de paredes de papel, recuerdo como la más divertida que me han contado, la de dos familias que veraneaban pared con pared en un bloque de apartamentos de los años 70. Unos tenían el dormitorio de matrimonio pegando al baño de la casa de los otros. Eran tan delgados los muros que cuando el padre de los del baño se metía para su momento de hacer de vientre, los otros desde su dormitorio le animaban…Creo que me habría muerto de la vergüenza si hubiera sido el del baño, y me habría muerto de la risa, si hubiera sido de los del dormitorio.

Por suerte, en casa, no se oye hasta ese punto así que “solo” me  amenizan con películas, fútbol (lo vivo como en directo pero comentado), tertulias de la tele y sus opiniones, y llamadas por teléfono a familiares que por suerte, siempre parecen estar bien de salud porque no paran de decirles, “¡qué bien se os ve, qué bien se os ve!”.

Y bueno, hasta aquí las retransmisiones desde el baño de mi casa, os mantendré informados si hay novedades.

Corto y cierro.