Más humanidad

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¿Hasta qué punto es bueno entrar en la vida del prójimo?.

El otro día en el Metro coincidí en el vagón con una chica un poco mayor que yo, extranjera por sus rasgos, normal y corriente en todo lo demás, menos en una cosa, no paraba de llorar. Por más esfuerzos que hacía por mantenerse tranquila, acababa otra vez rompiendo a llorar. Agarrada al bolso y al móvil intentaba hablar con alguien, pero quien quiera que fuera a quien llamaba, no contestaba. En una de las respiraciones que hizo consiguió calmarse y parecía más serena. Cuando llegó mi parada, la dejé ahí sentada perdida en sus pensamientos con un pañuelo en la mano, al quite por si volviera a hacerle falta secar sus lágrimas.

Según iba hacia mi autobús me sentí fatal, ¿cómo había podido ser tan insensible para no acercarme a preguntarla si necesitaba algo?, ¿hasta qué punto me había deshumanizado como el resto de los ocupantes del vagón incapaces de acercarse a ella?.

Mientras volvía a casa me acordé de una vez hace años que por correr, tropecé en la escalera del Metro. Me hice un esguince en el pie y no podía levantarme. Tirada en mitad de la escalera veía como la gente me saltaba para no perder el tren que acababa de llegar hasta que una señora me ayudó a levantarme y conseguí llegar a rastras a urgencias. Nunca olvidaré esa mano amiga que fue capaz de perder el tren por una extraña y auxiliarla.

Muchas veces me acuerdo de cuando vivía en Jaén. Cuántas veces nada más subirme en el autobús, la señora mayor que llevara sentada al lado, en seguida te preguntaba hasta dónde ibas y de dónde venías, más que nada para poder contarte ella qué hacía en el autobús. Esa cercanía, ese contacto tan natural debió perderse en Madrid hace mucho tiempo.

Aquí, nos pasamos el día corriendo. Si vas mirando a tus vecinos de vagón o de cualquier cola que estés haciendo, te tomarán por raro y descarado. Con tanto distanciamiento, hemos llegado al punto de ni preguntar cuando vemos a alguien en apuros o en una situación complicada no vaya a ser que te toque perder el tren, el autobús  o llegues tarde a trabajar.

¿Tanto cuesta ser acogedores con los turistas despistados que no se aclaran con qué línea de Metro tienen que coger para ir al aeropuerto?. ¿Y con los inmigrantes, perdidos sin saber cómo llegar hasta donde tienen una entrevista de trabajo o donde probar suerte con una nueva vida?.

Parece que por ir leyendo o escuchando música estamos exentos de ser humanos, ¿no es tremendo?. Seguramente, la chica de mi vagón, al preguntarla si se encontraba bien, me habría dicho que si, que no necesitaba nada porque muchas veces, no es tanto la ayuda que podemos prestar como el hacer saber a los demás, conocidos o no, que estamos ahí, a su lado. Solo ese gesto es suficiente para que el otro se sienta acogido, visible ante los demás.

Lo que tendría que haber hecho con esa chica y no hice es haberla demostrado que me interesaba como persona, haber sido más humana, que hubiera sentido que estaba dispuesta a «perder» el tiempo con ella, aunque hubiera perdido mi autobús.

Así que a tí que me estás leyendo ahora te digo, si te encuentras mal, párame, fréname, porque esta imperfecta humana tiene tiempo para tí porque de verdad me importas.

Virus welcome

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Sé que me habéis echado de menos pero estos últimos días he tenido invitados en casa y ha sido imposible sacar un rato para escribir.

Empezamos hace dos semanas con la visita de una otitis, uno de mis hijos se la trajo así, sin preguntar y nos acompañó una semanita, pero claro, mi otro hijo no iba a ser menos y para no repetir, una mañana apareció con anginas.

Con este panorama, conseguí recuperarles para un cumple pero la mejoría fue solo un espejismo, porque al día siguiente, mis invitados se hicieron más presentes en casa y la recaída fue peor.

Por suerte, mi madre ha ejercido de cuidadora como una campeona todos los días. Ha ejercitado su paciencia y dedicación a sus nietos al máximo pero al final, ha acabado «de baja», llevándose a su casa un buen resfriado.

Cuando parecía que se recuperaba el de la otitis, apareció la gripe para relevarla y como sabéis, ésa cuando llega, se toma su tiempo y se alarga y se alarga todo lo que puede. Mientras, la tos seguía bien presente sobre todo por las noches.

Seguro que habéis experimentado esas noches eternas de toses y más toses que parece que nunca se van a pasar. Por desgracia, de pequeña mi punto débil era la garganta y recuerdo con horror esas noches agotada de tanto toser acompañada de mi madre que ya no sabía qué inventar para ayudarme. Una de ellas, me llevó al salón, me puso un cola cao con miel y la tele, justo empezaba la película «El diablo sobre ruedas» (creo que se llamaba así). La peli contaba la persecución de un camión a un coche sin motivo alguno por esas carreteras interminables de Estados Unidos, de la impresión, se me pasó la tos y nos quedamos a verla terminar. Nos encantó, así que os la recomiendo para una noche de tos y desesperación.

A día de hoy, he recuperado al de las anginas y las toses. El de la gripe empieza las vacaciones sin fiebre (por fin) y solo le quedan los dichosos mocos que me temo que nos acompañarán toda la Semana Santa.

Pero como «amar es compartir» como decía una campaña de hace unos años de Manos Unidas y en casa compartimos todo, me he quedado yo con los virus y desde ayer, mi cuerpo está hecho un trapo, me duele todo y ando de escalofrío en escalofrío.

Mañana volveremos al centro de salud en el que me he sacado un bono para pasar las tardes, solo nos falta invitar a merendar al pediatra porque casi, casi es de la familia y es que cada uno acoge lo que puede, un gatito, un perrito, un pediatra, un virus o una pandilla de virus, el caso es acoger, y estas semanas, no creo que me gane nadie.

En fin, os deseo una feliz entrada en la primavera sin virus para disfrutar de la Semana Santa.

Yo me planto, cierro por vacaciones, y ¡no acojo en casa a nadie más! (o eso espero).

Quiero ser mujer florero

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Nota: Una vez escritas mis ideas en serio sobre la celebración del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, os dejo otra versión de este día cargada de ironía y con un toque de locura. Espero que lo disfrutéis tanto como yo.

Suena el despertador, son las 6.45 de la mañana, o las 6.50, o las 7, o las 7.30…¿Cuántas veces has renegado de tener que levantarte para ir a trabajar con lo bien que se está en la cama?.

Vamos a ver, ¿a qué pandilla de espabiladas se les ocurrió pensar que para que la mujer se sintiera realizada tenía que tener un trabajo?. ¡Si yo lo que quiero es ser una mujer florero!

¿Os acordáis de la canción «Mujer florero» que cantaban Ella baila sola?. Dejo el enlace por si queréis recordarla (https://www.youtube.com/watch?v=GWkiG9plkx8). Yo siempre  me imaginaba a una señora en bata y zapatillas, con el trapito del polvo, los rulos…¡una maruja en toda regla! Y a ver, después de tantos años y tanta lucha, ¿qué hemos conseguido? ¡Un Día Internacional!, ¡bieeeeen! y para celebrar ¿qué?, ¿lo pringadas que somos?.

Veamos en qué consiste la «liberación» que hoy celebramos: nos dejan trabajar y no nos obligan a estar en casa, podemos tener (en mayor o menor medida) independencia económica, nos sirve para demostrarnos que valemos lo mismo o más que los hombres…Vale, si todo eso está muy bien pero la cruda realidad es que yo, a mi edad, hoy, confieso para horror de todas las feministas del mundo que quiero ser ¡MUJER FLORERO!

¡Lo siento chicas!. Sé que habéis luchado mucho para que pudiera estar donde estoy, soy una desagradecida, pero trabajar es un castigo divino, llegar a casa y tener que seguir trabajando más castigo todavía, y si tienes que ir en transporte público, lo que vuela no es el Metro, ¡son mis fuerzas!

Total, que quiero el pack completo «Mujer Florero»: chalet, servicio, unos niños sin manchas, chófer, una vida de glamour y lujo donde mis mayores preocupaciones sean elegir mi próximo destino de vacaciones o un nuevo esmalte de uñas.

Si lo fuera, podría apuntarme al gimnasio, practicar todas esas nuevas variedades de yoga o pilates que mantienen a las famosas con un cuerpo diez; beberme todos los zumos detox y vitaminados maravillosamente milagrosos con los que recuperaría la juventud y la tersura de mi piel reseca por tanto humo y polución; me estiraría la piel, me quitaría la grasa que me sobra y mis mechas estarían siempre como recién salidas de la peluquería.

Dejaría de ser una pardilla de la moda perdida entre tantas tendencias y podría cumplir al pie de la letra todos los looks imprescindibles, no como ahora, que para cuando consigo comprarme el vestido lencero, ya ha quedado totalmente superado por los vestidos de inspiración folk…¡oooooh!

¿Podéis imaginaros una vida así?, yo sí así que jugaré a  Euromillones, a La Primitiva y a todo lo que tenga un bote como mínimo de un par de millones de euros, para asegurarme bien el pack completo.

Y bueno, después de haberos convencido a muchas (y seguro que a muchos) de las ventajas de vivir «a lo florero», bajo de nuevo a la realidad deseándoos un Feliz Día de la Mujer Trabajadora.

Sigamos soñando que es gratis pero mañana madrugamos, ¿no?

Día de la mujer trabajadora

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Hoy empiezo felicitando a todas las mujeres que se asoman al blog. Trabajadoras dentro y fuera de casa, con o sin cargas familiares (niños, padres, madres, maridos), todas igual de importantes y de respetables.

Creo que para empezar es bueno recordar de donde viene esta celebración. Fue en 1977 cuando la ONU declaró el 8 de Marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora en recuerdo de aquellas mujeres de la industria textil neoyorquina que iniciaron una huelga para reclamar la igualdad salarial, ¡una jornada de 10 horas! y que se les permitiera un tiempo para la lactancia. Pioneras en las reivindicaciones del trabajo femenino, lograron con su granito de arena (muchas murieron en el intento) el que hoy tengamos leyes que traten de igualar las condiciones de trabajo entre hombres y mujeres.

Calma, que éste no es otro escrito de feminismo radical. Lo que quiero compartir es una visión femenina (que no feminista) sobre la mujer. Por supuesto, son mis ideas personales, ajenas a los excesos de FEMEN o de cualquier otro grupo más o menos politizado del feminismo mundial.

Mi visión, parte de la importancia de lograr el empoderamiento de las mujeres en todos los aspectos de la vida diaria, incluyendo la conciliación, la corresponsabilidad, la promoción profesional y por encima de todo, de conseguir que se respete su dignidad sin discriminaciones ni abusos de ningún tipo.

Estas ideas «a mi manera» son el resultado de muchos años estudiando para mi oposición las leyes sobre la igualdad efectiva entre mujeres y hombres y sobre la violencia de género. De tanto estudiarlas acabé sensibilizándome aún más con este tema que siempre me ha parecido apasionante y sobre el que intento estar al día.

Como ya sabéis, soy mujer trabajadora dentro y fuera de casa, y tengo dos hijos. Me considero un ejemplo normal y corriente de la vida que voluntariamente han elegido muchísimas mujeres, todas ellas campeonas en la modalidad de su día a día aunque hoy no voy a centrarme en ellas.

Hoy, quiero dedicar la celebración de este día a otros dos colectivos de mujeres.

En primer lugar, a todas aquellas que dedican su vida a los demás renunciando a su familia y a crear la suya propia, para dedicarse en cuerpo y alma a los más necesitados en cualquier rincón del planeta. Esas mujeres fuertes, decididas, luchadoras, que formando parte de organizaciones religiosas o no gubernamentales, no se rinden a pesar de las dificultades que cada día encuentran para desarrollar su trabajo ya sea por la falta de materiales, las trabas burocráticas e incluso por la desconfianza de los habitantes de las zonas en las que ayudan a la población a desarrollarse y progresar. No conozco personalmente a ninguna de ellas, pero todas las entrevistas que he leído tienen un denominador en común, es un trabajo que «engancha», agotador pero tan gratificante que hace que prácticamente ninguna quiera volver a su país de origen y llevar lo que nosotros entendemos como una vida «normal».

Y en segundo lugar, quiero recordar a todas esas niñas de mentalidad pero recién estrenadas mujeres que son vendidas, alquiladas, vejadas y explotadas. Para ellas el paso de niña a mujer es la condena a una vida de trabajos forzados. A partir de los 11 años, son las familias las que en muchos casos con el respaldo de las leyes de sus países de origen las venden o las entregan para casarlas y deshacerse de la carga que suponen para la supervivencia de la familia. Otras veces, son las mafias las que las secuestran y explotan. Tener que llevar una vida así con tu dignidad pisoteada por todos, sin derechos, sin opciones y sin futuro, debe ser terriblemente duro y desmoralizante.

Soy consciente de que estas líneas no van a cambiar la situación de la mujer en el mundo pero creo que es lo menos que puedo hacer para destacar el trabajo voluntario y deseado de unas,  y forzado e injusto de otras.

¿Mis deseos?, conseguir que se respete a las mujeres y que se les permita desarrollarse profesionalmente sin coacciones ni cortapisas pudiendo elegir líbremente donde quieren trabajar, ya sea fuera de casa, para su familia o para los demás pero siempre con unas condiciones justas y sin discriminaciones.

Soñemos y sigamos luchando para cambiar las cosas porque una sociedad sin sueños, es una sociedad sin esperanza.

Sorpresas en el bolso

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Hoy, a la hora de comer, he tenido un rato para organizar el bolso. Para el día a día, procuro comprarlos de tamaño XXL para que me quepa de todo aunque eso conlleve que siempre pese una barbaridad y que aparezcan cosas tan variopintas que hacen que el de Mary Poppins parezca de lo más normal al lado de mis «porta tesoros».

Generalmente, cuando cambio de bolso paso solo lo «básico» de uno a otro sin fijarme en más detalles, pero hoy necesitaba encontrar un papel donde había anotado el nombre de una doctora y al ver todo lo que había dentro me he lanzado y he hecho una limpia total.

Primero he sacado lo más obvio: movil, monedero, funda de las gafas de sol, klínex, más klínex, botellita de agua, llaves, cacao, brillo, tarjeta de transporte, neceser, cable del cargador del móvil, auriculares, gorro, guantes…

Una vez despejado, he ido encontrando trocitos de papel, !qué bien, un puzzle!, pero no he podido completarlo porque eran trozos sueltos de una fotocopia del DNI. Cuando ya no me sirve, tengo la manía de tirar la fotocopia en distintas papeleras por si «los malos» recomponen los trocitos y suplantan mi identidad (podría pasar, ¿no?). Además he encontrado mi DNI caducado que renové el otro día, y ¿por qué no lo he tirado?, pues no sé, me ha acompañado tantos años que se me hace raro desprenderme así tan a la ligera…

También he encontrado dos chequeras de descuentos, de ésas que te dan en el Metro, ojeas y se quedan en el fondo del bolso hasta que las tiras porque la mayoría son para actividades que o no me interesan, o están en la otra punta de Madrid y sé que no iré nunca.

Qué más…Una circular del colegio, una lista de cosas pendientes por hacer, tickets de la compra, y ¡bingo! el nombre y el teléfono de la doctora que buscaba. Siempre acaba apareciendo lo que busco, unas veces está en el bolso en el que miro, y otras, en otro, pero siempre acabo sorprendiéndome de los tesoros que aparecen.

Ya sé lo que dicen los artículos de Internet sobre cómo ordenar tu vida. Hacer limpieza y deshacerte de lo que no necesitas es una muestra de que mantienes un orden mental saludable y, empiezas por un bolso, sigues por tu habitación, tu casa, etcétera, etcétera y acabarás ordenando tu vida. Creo que todo eso está muy bien pero en este caso, el orden mental era lo de menos, lo mejor de la limpieza ha sido que entre tanto trasto ¡he encontrado un Huesito!.

Después de comer un sandwich y media manzana, encontrarte un Huesito es un súper lujo, la recompensa perfecta a tanto esfuerzo por encontrar el papel que buscaba. Solo había un pequeño detalle que me ha he hecho dudar sobre si comérmelo o no, y no era por las calorías que pudiera tener, era porque estaba abierto.

Haciendo memoria, creo que solo debía de llevar abierto desde el viernes cuando se lo dieron a uno de mis hijos en el cumple de un amigo, tres días no es mucho, ¿no? .

¡Me ha sabido a gloria!.

Luego, pensándolo mejor, me he acordado de que el viernes no llevaba este bolso así que tendría que llevar uno o dos días más abierto y ya son ¿5?.

¡Ay madre, qué me he comido!. Confiaré en los conservantes y en la capa protectora que los papelitos perdidos por el fondo del bolso le hayan dado…La verdad es que no estaba muy crujiente, estaba más bien blandito pero sabía como siempre, creo.

Bueno, mejor no dramatizar porque a ver, a nadie le amarga un dulce, ¡espero!.

Presencias

¿Alguna vez has notado la presencia de alguien a tu lado, en la misma habitación o como si de pronto supieras que está ahí acompañándote?.

Tranquilos que este post no va de fantasmas, al menos no de fantasmas como presencias extrañas y perturbadoras, aunque sobre fantasmas de carne y hueso no descarto escribir otro día que ésos dan para hablar largo y tendido.

A lo que me refiero es a esas «presencias» que transmiten serenidad, paz, calidez…Seres queridos que aún están presentes en nuestras vidas, familiares, amigos, mascotas, que recordamos tanto que hacemos como si cobraran vida consiguiendo sentirlos bien cerquita de nosotros, acompañándonos no sólo en momentos de dolor sino en cualquier actividad de nuestro día a día.

Recuerdo que mi madre me ha contado mil veces como a veces «nota» como si Zoilo, el cocker que teníamos, aún estuviese a sus pies, dormido, roncando como un descosido o mirándole. Otras veces es su madre la que parece que la acompaña y está presente en su casa mientras hace las tareas diarias.

No sé si será cosa de familia pero a mí también me pasa a veces. Es una sensación, un recuerdo tan fuerte que parece real, y ¡ojalá lo fuera! porque me encantaría tener a mi abuela materna cerca, ¡lo que disfrutaría con sus biznietos!, y yo con ella. Tengo recuerdos tan nítidos y los siento tan reales, que es como si entrara en un cuadro o en una novela y lo viviera de verdad.

Por desgracia, nunca sabré si el espíritu, el alma o como lo queramos llamar de Zoilo, de mi abuela o de otro ser querido realmente han estado tan cerca de mí pero lo que sí tengo claro es que hay otras «presencias» que sí me acompañan en carne y hueso, aunque la rutina y el día a día hagan que deje de valorarlos y no les reconozca el valor que se merecen.

Me refiero a esos seres queridos, maridos, esposas, madres, padres, compañeras, amigos, que a veces es tan evidente que están ahí que no somos capaces de ver y de sentir lo que nos acompañan. Y ahí están, en las risas y en los días malos; en los cafés; en los mensajes telefónicos; en las llamadas diarias para dar el parte en las que se repiten día tras día las mismas preguntas, las mismas respuestas; los mismos «hola, qué tal» al cruzarnos con los mismos de todos los días. Son tan evidentes y «ordinarios» en nuestra vida que no llegamos a valorar su disposición, su capacidad de reacción ante cualquier nuevo acontecimiento que nos suceda, su ojo clínico para reconocer rápidamente el más mínimo cambio en nuestra voz o unas ojeras más marcadas que de costumbre y que delatan una mala noche, una preocupación…

Hoy he hecho una lista mental de todas esas «presencias» reales, más o menos valoradas según el día y que me acompañan, unas en carne y hueso, otras tecnológicamente. A su vez, he pensado que yo también formo parte de muchas otras listas de «presencias» y me he sentido afortunada y privilegiada de poder acompañar a tantas personas aunque algunas no sean conscientes de mi cercanía.

Así que otro nuevo propósito va a ser cuidar a mis «presencias», valorarlas para que sigamos juntas en cuerpo y cuando llegue el momento, que su espíritu siga dándome serenidad, calidez y sea capaz de no olvidarlas nunca.

Delegando

Bueno, tan bién como iba cogiendo el ritmo al año nuevo y de pronto, un parón…Mis cervicales se han resentido por tanta mala postura y me han regalado unos días de vértigos y náuseas.

Por desgracia, no es nuevo para mí. Hace años tuve una hernia cervical y aunque quedé muy bien después de la operación, hay rachas que parece que el cuello tiene que hacerse notar y toca bajar el ritmo para recuperarlo.

Y en esas estoy, tratando de recuperar el equilibrio, superar las náuseas que me provoca la sensación de estar todo el día como embarcada, agarrarme a las paredes para sentirme segura y liberar las tensiones que se me fijan en el cuello como a otros se les pueden fijar en el estómago.

Para hacerlo más complicado, el sábado tengo un examen importante y con este panorama, el estudio se complica bastante. Lo que podría servirme de excusa por si no lo apruebo (por otro lado, cosa bastante posible), en mi caso no sirve más que para acrecentar mi nivel de agobio por la responsabilidad de superarlo y darle una alegría a la familia que es la que en silencio me está viendo mal físicamente mientras me apoyan como pueden para llevar el peso de la casa y los niños mientras yo consigo reequilibrarme lo antes posible.

Hasta aquí ¡todo está clarísimo!, yo estoy mal y solo tengo que relajarme y dejar de flotar pero, ¿cómo soltar las riendas, delegar y dejar que todo fluya sin mí?.

Muy fácil, si las necesidades básicas de todos están cubiertas, ¡no hay de qué preocuparse!. Pero es que mi deformación profesional como madre-jefa de intendencia-experta en manchas y primeros auxilios-encontradora de cualquier cosa que desaparezca-atrapa pesadillas y mil cosas más, hace que de pronto, se me ponga un tic en el ojo cuando veo cómo la intendencia de la casa se relaja y nadie parece darse cuenta menos yo.

A lo mejor es por las pastillas que estoy tomando que me distorsionan la realidad y esos calcetines que cuelgan del cesto de la ropa están así estratégicamente colocados para guiar a mis hijos cuando al día siguiente tengan que volver a llevarlos al cesto. O esa servilleta que sirvió para hacer una lucha de bolas de papel en el desayuno sigue encima del banco como muestra de que es una superviviente que no acabó dentro del tazón del cola cao o, el milagro que se produce por las mañanas cuando debajo de ese batiburrillo de abrigos en rebajas aparecen los gorros y los cuellos polares de todos, con lo bien que lo organizaba yo…

Estas nimiedades y más, son las que hacen que al intentar mantener un orden, mi orden, que es el que siempre ha funcionado, hagan que mi «colocón» siga recordándome que así no acabaré de recuperarme y que lo que tengo que hacer es quedarme quietecita y dejar que todo fluya…ommmm…y cuando vea algo que parece un juguete al lado del cubo de la basura, lo deje ahí y no me agache porque a parte de correr el riesgo de marearme, puede que sea una salamandra de verdad que casi he estado a punto de coger con la mano, ¡que ascooo!.

Y bueno, aquí estoy, dejando que me ayuden aunque tenga que morderme la lengua porque yo tendería la ropa de otra manera, colocaría los tuppers para que al abrir el armario no se vengaran de mí saltando hacia todas partes y haría mil listas de cosas pendientes «fundamentales» para no acabar interpretando la lista de la compra de manera más o menos acertada pero felices de tener en la nevera ¡siete paquetes de salchichas, bieeen!.

Deseando que esto pase pronto y todo vuelva a la normalidad, reconozco y valoro el gran esfuerzo que está haciendo Carlos a su manera por facilitarme todo lo más posible y ocupándose de los niños pero es que si además me trae palmeras de chocolate, ¡me tiene en el bote!.

San Valentín

imageNunca he sido de celebrar San Valentín. Siempre me ha parecido una fiesta totalmente comercial inventada por las tiendas para hacer el agosto aprovechándose de la debilidad sentimental de la gente provocándoles una necesidad totalmente ficticia de regalar y ser regalado para hacer público que tú también formas parte del club del amor como si las muestras de afecto del resto de los mortales cualquier día del año no tuvieran ningún valor.

Así que para preparar este post, estaba indagando sobre los excesos y las locuras que hace la gente para lograr el día más romántico, el regalo más ideal, y llevar al éxtasis más absoluto a tu pareja cuando de repente, he notado mariposas en el estómago, he sentido que la cabeza me daba vueltas y que todo se volvía de color rosa…¡Qué susto!, la respiración se me ha acelerado, se me ha desbocado el corazón y de pronto, de mi boca ha salido la siguiente frase: «¡Sí a San Valentín!».

¿Sí a San Valentín?. He pensado que al marearme habría sufrido un momento de delirio, de locura transitoria provocada por una bajada de tensión o de azúcar, ¡qué se yo! pero cuando me he tranquilizado y he seguido navegando por una página de regalos para San Valentín me he dado cuenta de que de delirio nada de nada, que conservaba todas mis facultades mentales y ahí, sí que me he asustado de verdad…

Sinceramente, no me explico cómo me ha podido pasar pero aquí y ahora, confieso que este año y espero que sin que sirva de precedente (o sí, ya dudo de todo), ¡QUIERO CELEBRAR SAN VALENTIN!.

De repente mi vida ha cobrado un nuevo sentido y me siento totalmente identificada con todos los comentarios que hacen los compradores a todos los regalos que voy estudiando como el mejor regalo para hacer a tu pareja o pensando en cómo reaccionaría yo sí me lo regalaran, !formo parte de la Comunidad del Amor!.

Hoy el cielo gris no era tan gris, la pareja de jovenzuelos que se despedía en el Metro no era tan empalagosa y la publicidad del 14 de febrero me ha parecido hasta tímida, ¡hay que conseguir que el mundo entero sienta las flechas de Cupido y se llene de romanticismo y consumismo!.

Veamos, ¿qué podría regalarle a mi pareja?. Me han encantado unos gemelos de Darth Vader, un albornoz amarillo pollo simulando el mono que lleva el prota de Breaking Bad mientras trastea con no sé qué droga (personalmente no me gustó la serie y solo sé un poco de qué va pero a mi pareja le ha encantado) y un paseo en globo con almuerzo y vídeo incluido.

Y qué me decís de esos regalos para parejas, ¡son perfectos!. Tenemos tazas con dibujos coordinados para mamá y papá, un paraguas para dos, las clásicas estancias en hoteles con cenas, spas, catas de vino…el abanico es interminable pero hay dos regalos que me han parecido tiernos a la vez que románticos.

El primero, es una caja súuuuuper romántica en la que al abrirla dice: «Eres la especia que condimenta mis días». La caja contiene dos macetitas ecológicas con dos bombas de plantas aromáticas: una de albahaca y otra de menta para plantarlas, regarlas y verlas crecer como vuestro amor, ¡es total!.

El segundo, es un «Talonario de parejas en tiempos de crisis». Se trata de un talonario con diferentes cheques llenos de cariño para que la persona que lo reciba los gaste a su gusto. Cada cheque es un vale por un regalo de esos que no tienen precio como que te traigan el desayuno a la cama, cenas románticas, noche de sofá y película con palomitas y hasta cubre imprevistos como tener que pedir perdón con el “vale por una disculpa».

Y a mí, ¿qué me gustaría que me regalaran?, pues a parte de la clásica cena, noche de hotel con spa para relajarme y desconectar de casa, niños, preocupaciones o un billete de avión para pasar un día y una noche donde fuera, me gustaría que me vinieran a rondar a casa, ¿la tuna?, noooooo…mi ilusión es que viniera Alejandro Fernández con unos mariachis y hacer una fiesta mejicana, ¡seria la bomba!.

En fín, que como os comentaba el otro día, creo que este estado tan divertido de «locura transitoria» es otra consecuencia del cambio climático y el vaivén de estaciones pasando del calor al frío que tanto alteran los cuerpos y las mentes.

Hasta que nos concienciemos de que todos debemos contribuir a recuperar la estabilidad del planeta pienso seguir experimentando con estos cambios de estación con mucho humor y mucha intensidad.

Bueno, y por si he convencido a mi pareja y las flechas de Cupido le ablandan el corazón (yo ya estoy entregaíta a la causa), esperaré a que llegue el domingo a ver si me sorprende con un regalito…

Por cierto, la mayoría de los regalos los he encontrado en la web: http://www.regalador.com por si os sirven como idea para San Valentín o cualquier otro día que queráis convertir en especial pero cuidado, ¡tanto romanticismo engancha!.

Alterada

imageY tenía que pasar…tanto cambio climático está provocando que en un día sufra y disfrute las cuatro estaciones del año aunque no en el orden que las conocemos.

Por la mañana, invierno, me muero de frío, si me pongo más capas de ropa acabaré rodando y no podré andar; a media mañana, verano, hace tanto calor en mi trabajo que paso de cuatro capas de ropa a una y no me pongo en tirantes porque no me parece adecuado (tengo una compañera que cualquier día se le va a desenroscar el brazo de tanto darle al abanico); después de comer, primavera, hace fresco pero estar al sol es una delicia, me quedaría plantada como una estatua cara al sol hasta que fuera desapareciendo; hora de recoger a los niños, otoño, cinco minutos antes de que abran las puertas, empieza a soplar el vientecillo serrano, te vas quedando helada y acabas azuzando a los niños para llegar al coche volandooo…

Esta sensación primaveral tan agradable por el solecito y los almendros en flor, me está provocando unas subidas y bajadas de ánimo de infarto.

Parezco una dj a la que han desordenado el guión y tan pronto paso de buscar canciones antiguas de Julio Iglesias que me transportan a mi juventud  como «Hey» (http://youtu.be/5mfEJa7ydCQ) con ese Julio en plan galán de telenovela que cantaba con los ojos cerrados acompañado por sus chicas del coro…Mmm, me hubiera encantado hacerle los coros a Julio, ¿os acordáis de las trillizas que le acompañaban? pues una habría sido yo; a ponerme en modo latino y plantarme en la oficina a ritmo de «El Perdón» de Nicky Jam y Enrique Iglesias (http://youtu.be/hXI8RQYC36Q) a punto de descoyuntarme las caderas cuando subo las escaleras, aunque luego bajo la intensidad, claro, porque parecería una pirada si siguiera moviéndome así por la calle.

En la oficina al borde de la lipotimia, ando suspirando con U2 y «One» (http://youtu.be/ZpDQJnI4OhU), mientras que en casa puedo echarme un dancing en la cocina al preparar la cena si escucho en la radio a La Gozadera con Marc Anthony  y su «Gente de zona» (http://youtu.be/VMp55KH_3wo) para juerga de mis hijos que acaban bailando y haciendo el ganso conmigo.

Y con las series de televisión nunca se si por más previsible que sea una escena acabaré con un nudo de la emoción para desesperación de mi marido que no sabe dónde meterse con tanta ñoñería o conseguiré permanecer impasible (pocas veces la verdad) pero es que no entiende que no soy yo, es esta primavera que me ha pillado por sorpresa y que me ha calado hasta los huesos, ¡qué más quisiera yo que poder mantenerme fría como el hielo y no que siento lo mío y lo de los demás con tanta intensidad que se me rompe el alma!.

Veis, está claro que sufro un brote de «primaveritis con un toque de mechas rubias» por lo menos de un nivel avanzado.

A ver si cambia el tiempo de una vez, se me pasa el sube y baja hormonal y duermo del tirón que aquí sigo insomne perdida, menos mal que es sábado si no, ¡no podría levantarme ni con las cornetas de la Legión!.

Frank ha desaparecido

No sé si os acordaréis de Frank, mi amenizador de horas punta, el músico que tocaba la trompeta, cantaba y me alegraba las mañanas cuando llegaba a Nuevos Ministerios.

Pues resulta que Frank, al que le puse ese nombre por Frank Sinatra, ha desaparecido. No le veo desde algún día de diciembre que no recuerdo. Ya no está a ninguna hora, ni por la mañana, ni a medio día, ni por la tarde, es como si se lo hubiera tragado la tierra…Cuando volví de las vacaciones de Navidad pensé que igual seguía estirando los días de vacaciones pero enero ha terminado y no ha vuelto a aparecer.

Desde entonces las mañanas no son lo mismo. Ahora el ambiente del Metro se ha vuelto más gris, las luces las noto más tenues, el ambiente más ruidoso con todo el mundo corre que te corre y hasta los azulejos de las paredes parecen más pasados de moda y sin brillo que nunca.

Ahí está su hueco entre las dos escaleras mecánicas de salida a la calle, vacío, falto de vida; y es que sin darme cuenta, Frank había pasado a formar parte de la «decoración suburbana» habitual del Metro. Y ahora, es como cuando alguien cambia un cuadro o un marco de fotos en casa, sabes que hay algo diferente pero no sabes muy bien el qué, ésa es la sensación que tengo al subir las escaleras mecánicas.

Falta su tenderete, su trompeta, su sombrero, sus cd’s por el suelo y su voz. Solo con oír a lo lejos la trompeta ya sabía que era él. Automáticamente me hacía sonreír, sabía que nada más verle me entraría la risa al ver su «show» y que cuando le echara una moneda, tendría que evitar mirarle a los ojos, esos ojos saltones, tan expresivos como los de Louis Armstrong y tan agradecidos, que me provocaban huir escaleras arriba para que no me viera reír.

¿Y dónde estará Frank?. No sé si le habrá tocado la lotería y se habrá retirado, si se habrá ido a otro lugar con un clima más cálido, o a amenizar cruceros con su trompeta, pero hoy lunes, arrancando el mes de febrero, no he podido evitar pensar que a lo mejor está en el que para mí es mi paraíso, al menos hasta que tenga otro con el que hacer comparaciones, el Caribe Mejicano, mi querida Riviera Maya.

La primera vez que la visité fue en el viaje de novios, como tantas parejas, nuestro viaje fue un combinado de playa y turismo, Riviera Maya y Nueva York. Me gustó tanto que los cuatro días que estuvimos se quedaron cortos y con la ilusión de poder volver, cinco años después, mi deseo se cumplió cuando mi cuñado nos cedió el viaje a Riviera Maya que le había tocado en un sorteo de la empresa pero esta vez fue una semana inolvidable en el paraíso.

En fin, que puestos a divagar sobre dónde estará Frank, yo le mando a mi hotel, un resort impresionante de una cadena hotelera española totalmente recomendable para desconectar o disfrutar en familia. Espero que esté allí amenizando las noches a los turistas con su espectáculo mientras disfrutan del clima, los daiquiris, los margaritas, las playas de arena blanca y aguas turquesas y la hospitalidad mejicana.

Para sobrellevar este curioso invierno que estamos pasando y disfrutar, os pongo unas fotos de mi paraíso.

Si algún día desaparezco, ya sabéis dónde buscarme.