Presencias

¿Alguna vez has notado la presencia de alguien a tu lado, en la misma habitación o como si de pronto supieras que está ahí acompañándote?.

Tranquilos que este post no va de fantasmas, al menos no de fantasmas como presencias extrañas y perturbadoras, aunque sobre fantasmas de carne y hueso no descarto escribir otro día que ésos dan para hablar largo y tendido.

A lo que me refiero es a esas “presencias” que transmiten serenidad, paz, calidez…Seres queridos que aún están presentes en nuestras vidas, familiares, amigos, mascotas, que recordamos tanto que hacemos como si cobraran vida consiguiendo sentirlos bien cerquita de nosotros, acompañándonos no sólo en momentos de dolor sino en cualquier actividad de nuestro día a día.

Recuerdo que mi madre me ha contado mil veces como a veces “nota” como si Zoilo, el cocker que teníamos, aún estuviese a sus pies, dormido, roncando como un descosido o mirándole. Otras veces es su madre la que parece que la acompaña y está presente en su casa mientras hace las tareas diarias.

No sé si será cosa de familia pero a mí también me pasa a veces. Es una sensación, un recuerdo tan fuerte que parece real, y ¡ojalá lo fuera! porque me encantaría tener a mi abuela materna cerca, ¡lo que disfrutaría con sus biznietos!, y yo con ella. Tengo recuerdos tan nítidos y los siento tan reales, que es como si entrara en un cuadro o en una novela y lo viviera de verdad.

Por desgracia, nunca sabré si el espíritu, el alma o como lo queramos llamar de Zoilo, de mi abuela o de otro ser querido realmente han estado tan cerca de mí pero lo que sí tengo claro es que hay otras “presencias” que sí me acompañan en carne y hueso, aunque la rutina y el día a día hagan que deje de valorarlos y no les reconozca el valor que se merecen.

Me refiero a esos seres queridos, maridos, esposas, madres, padres, compañeras, amigos, que a veces es tan evidente que están ahí que no somos capaces de ver y de sentir lo que nos acompañan. Y ahí están, en las risas y en los días malos; en los cafés; en los mensajes telefónicos; en las llamadas diarias para dar el parte en las que se repiten día tras día las mismas preguntas, las mismas respuestas; los mismos “hola, qué tal” al cruzarnos con los mismos de todos los días. Son tan evidentes y “ordinarios” en nuestra vida que no llegamos a valorar su disposición, su capacidad de reacción ante cualquier nuevo acontecimiento que nos suceda, su ojo clínico para reconocer rápidamente el más mínimo cambio en nuestra voz o unas ojeras más marcadas que de costumbre y que delatan una mala noche, una preocupación…

Hoy he hecho una lista mental de todas esas “presencias” reales, más o menos valoradas según el día y que me acompañan, unas en carne y hueso, otras tecnológicamente. A su vez, he pensado que yo también formo parte de muchas otras listas de “presencias” y me he sentido afortunada y privilegiada de poder acompañar a tantas personas aunque algunas no sean conscientes de mi cercanía.

Así que otro nuevo propósito va a ser cuidar a mis “presencias”, valorarlas para que sigamos juntas en cuerpo y cuando llegue el momento, que su espíritu siga dándome serenidad, calidez y sea capaz de no olvidarlas nunca.

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