Primer propósito de la lista: Pilates

Hace unos días he leído un artículo en el que se comentaba que no está de moda hacer una lista de propósitos para el nuevo año. Al parecer, tener esa lista pendiente a lo largo del año, provoca un estado de angustia nada recomendable al ir comprobando que muchos de ellos quedan abandonados al primer mes, otros aparecen y desaparecen como el Guadiana y alguno ni llega a ponerse en práctica.

En mi caso, a lo largo del año podría cambiar mil veces de opinión sobre lista si, lista no, así que como estoy en fase de lista si, no he hecho una lista física porque al final no sabría ni dónde la habría guardado pero he empezado por un propósito que tuve que dejar aparcado por falta de tiempo en el último trimestre del año.

He retomado las clases de Pilates.

Nunca se me ha dado bién la gimnasia, me aburría y llegué a odiar esa obsesión que había cuando hacíamos gimnasia en el colegio porque todos, nos diera miedo o no, o fuéramos más o menos deportistas, tuviéramos que hacer el pino sin darnos otro ejercicio alternativo o lo que es peor, el pino puente.

En cambio con el Pilates disfruto muchísimo. Tengo la suerte de que mis clases son para un máximo de tres personas, así que prácticamente son clases particulares. Es un centro de fisioterapia y son los mismos fisios los que dan las clases así que conocen bien mi historial de contracturas y si un día voy más cargada de cervicales o lumbares, me ponen a estirar y a trabajar más esa zona.

Es una pena que por falta de tiempo solo pueda ir una hora a la semana pero por eso la exprimo al máximo. Reconozco que algunas veces me da una pereza horrible y temo acabar vomitando lo que haya engullido diez minutos antes (lo de comer tranquila lo dejo para el fin de semana) pero bueno, en cuanto empiezo, desconecto de todo y me dejo llevar por los ejercicios, tanto, que alguna vez me lío con las respiraciones, pierdo el compás y creo que voy a acabar hiperventilando, aunque por suerte nunca me ha llegado a pasar.

Otra cosa que me encanta, es que es una clase cero competitiva. Las otras chicas, llevan más tiempo que yo y les adaptan los ejercicios a su nivel y a mí al mío así que todas felices y motivadas. Recuerdo que cuando iba al gimnasio, era inevitable fijarse en toda esa gente que hacía series interminables de abdominales y cogían mil kilos de peso con las pesas, mientras yo estaba en mi bici estática al borde del infarto intentando aguantar 20 minutos ahí subida. Además como no es un gimnasio dedicado al culto al cuerpo y a lucir modelitos, puedo ir en plan cómoda, con una camiseta de hace no sé cuántos años dos tallas más grande, y no embutida en camisetas de tirantes con el ombligo al aire y mallas una talla más pequeñas.

Y ya lo más de lo más, son esos aparatos que yo llamo de «tortura» con los que logras estirar tu cuerpo hasta donde nunca hubieras pensado que podrías llegar, ¡me encantan!, acabas muerta y llena de agujetas pero creo que si me midiera al terminar la clase, sería un centímetro más alta.

Cuando acabo, feliz con todo lo que he hecho, me tiembla hasta la tripa pero merece la pena, sales agotada pero con el subidón de haber sido capaz de hacer hasta flexiones echada encima de una pelota enorme.

En fin, espero ir cumpliendo con este propósito durante todo el año, recuperar el fondo que había cogido el año pasado y a falta de poder apuntarme a Danza del Vientre, fortalecer todo el cuerpo y acabar con las molestias de espalda por culpa de esta vida tan estresante y sedentaria que llevamos.

¡Ah! Pero que ésto no significa que me olvide de subir mis escaleras, ¡faltaría más!.

Así que ya son dos propósitos, Pilates y escaleras, no está mal.

Rutina mañanera

En esta segunda semana de vuelta a la normalidad, aún me sigue costando coger el ritmo a las mañanas, y es que salir de casa temprano justo cuando la previsión del tiempo coincide con el mes del calendario hace que ese primer tirón del día sea una prueba diaria casi olímpica.

Todas las mañanas empiezan con la misma rutina. Plumón hasta debajo de la rodilla, cuello al que le daría tres vueltas más si pudiera, botas, guantes y gorro de lana (con pompón, claro) y saliendo a la calle en 3, 2, 1…¡acción!.

Toca llegar a paso rápido (a veces creo que me lleva el viento en volandas) hasta la parada del autobús. Cuando piensas que has llegado bién y te parece que ese día no hace tanto frío, ¡horroooor! los minutos que marca el panel de la parada del autobús no duran como los minutos de tu reloj, son como los minutos de los paneles del Metro, ¡cada minuto puede tener 133 segundos! y acabas helada sí o sí.

Por suerte, para cuando llego a Madrid, he entrado en calor y ese último desplazamiento es pan comido, así que voy feliz con mi musiquita o con el Kindle hasta que aparecen mis nuevas compañeras de vagón. Dos chicas americanas (el acento las delata), de veintipocos años, muy monas, que no paran de hablar durante todo el camino. Esta mañana no hacía más que oír la palabra dresses, dresses y más dresses. Estoy convencida de que la ropa es la conversación más universal y que más nos une a todas las chicas del mundo, da igual si conocemos o no el idioma, un gesto tocándote un vestido y de ahí podemos hilar hasta llegar a ¡la paz en el mundo!.

Hoy iba concentrada con el Kindle leyendo la tercera parte de Bridget Jones. Me resistía a leerlo porque me pareció de muy mal gusto que tuviera que morir Mark para publicar una nueva entrega, pero la curiosidad me ha ganado y me moría de ganas por saber cómo le iba a Bridget con dos hijos. Todo estaba dentro de la normalidad, yo leyendo y las americanas con su runrún sobre los dresses hasta que nos hemos bajado en Nuevos Ministerios.

Para no dejar a medias una página, he subido la primera escalera mecánica por la vía lenta y al adelantarme las de los dresses, me he fijado que una llevaba botas y la otra, unas bailarinas sin calcetines. Me he quedado tan flipada que para la siguiente escalera he aprovechado que se quedaban en la derecha para adelantarlas y asegurarme de que no llevaba calcetines, ¡y no los llevaba!.

¿Cuántos grados podía haber en la calle, 6, 8?. Ya por curiosidad me he ido fijando por si veía a alguna loca más y ¡bingo!, otra chica llevaba vaqueros con vuelta, en plan pesquero y se le veían los tobillos sin calcetines solo que ésta llevaba unas zapatillas negras de cordones, tipo Superga.

Desde luego ya puede convertirse en lo más de lo más ir así en enero que yo viviendo casi en el más allá, no salgo así ni loca.

Pero claro, como tengo que darle vueltas a todo, me he puesto a pensar si no sería una cuestión de edad, es decir, que son tan jovencitas y tienen tanta vitalidad, que a su lado yo con mi botas de ante ideales, debía de parecer una viejecita forrada a capas para no cogerme una gripe o un excursionista en el Perito Moreno.

Total, que como no era plan de demostrarme si podía llevar los tobillos al aire porque iba con botas, he hecho una locura. Me he aflojado el cuello de lana y he salido a la calle así, desafiando el frío. Me he mirado en el escaparate de los relojes Omega, sintiéndome como la protagonista de su nueva campaña publicitaria al verme reflejada en el cristal y he llegado a la conclusión de que hasta con capas estoy de olé, que ni loca volvía yo a los veintitantos y que a ver cómo están ellas cuando tengan mi edad.

Ahí queda eso.

Insomnio

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Desde hace unos días el insomnio ha vuelto a mi vida. Ha debido de enterarse de que ya estoy metida en la rutina post vacacional y aquí está acompañándome noche tras noche.

Es curioso, porque parece que el cansancio que acumulo a lo largo del día no tiene la fuerza suficiente para provocarme un sueño tranquilo y reparador.

Empecé despertándome a las cinco. Esa hora, cuando estás de vacaciones y no tienes puesto el despertador, es una faena pero se arregla durmiendo cuando consigues caer rendida hasta que te despiertas, o te despiertan los niños, pero si hablamos de días de diario con despertador, es para desesperarte y ya no volver a dormirte porque en nada, sonará el despertador.

La hora ha ido variando y llevo un par de días despertándome a las dos. Me levanto, entro a ver si los niños están tapados, voy al baño, me meto en la cama y me pongo los tapones para oír lo menos posible la respiración profunda de mi marido pero cuando por fin creo que voy a dormirme, empiezo a darle vueltas a cualquier tontería que hace que inevitablemente la cabeza se ponga a funcionar y ya no haya cómo pararla.

Anoche mi desvelo se centró en la forma de posar para una foto y como no lo debía de tener claro y no sé en qué momento acabé quedándome dormida, el tema ha seguido acompañándome todo el día, hasta que esta noche he leído un artículo sobre como posan las famosas. Pensaréis que estoy fatal, pero creo que la manera de pasar página es llegando hasta el final y no dejándolo a medias porque si no, corro el riesgo de volver a desvelarme otra vez con él y la verdad es que ya me parece bastante absurdo como para dedicarle dos noches.

Total, que gracias a Internet, me he puesto al día sobre las técnicas para posar y sacar tu máximo potencial ante una cámara.

Después de la lectura ha llegado la práctica, y ahí estaba yo, frente al espejo lavándome los dientes mientras calculaba cuánto sería girar el cuerpo 45 grados. Una vez conseguido (o eso creo), he cruzado una pierna por delante de la otra, apoyando el pie que queda por delante con el dedo gordo apuntando a la cámara, he apoyado la mano izquierda en mi cintura y he echado un poquito el peso de mi cuerpo hacia atrás.

Cuando he conseguido mantener un poco la postura sin acalambrarme he practicado la sonrisa. Tiene que ser natural, sin forzar, irradiando frescura…A las diez de la noche, irradiar frescura es difícil pero no me he rendido, me he puesto la crema de noche por lo de la frescura, y la he practicado un par de veces, con el cepillo de dientes y sin el cepillo. Al final, no me ha convencido ninguna, he dado el asunto por terminado y me he ido a escribir.

Y aquí estoy, rezando para conseguir dormir del tirón y si me desvelo, que sea para pensar en el calentamiento global, en las energías renovables o en la paz en el mundo y no en este tipo de chorradas que luego me acaban persiguiendo durante el día.

Para conseguirlo, me he empollado cuales son los hábitos más saludables para crear un entorno tranquilo y relajado que invite al sueño y por desgracia, no incluye el escribir un post así que como buena alumna, lo dejo aquí, apago la luz, pongo la mente en blanco y empiezo a hacer respiraciones, ¡ojalá funcione!.

Día 1: Inspira, espira…

Primer día de vuelta al trabajo y ¡lunes!.

Después de todos estos días de vacaciones calentita en casa, esta mañana me ha tocado estrenar el año laboral con un frío realmente invernal y un viento polar.

Entre el madrugón y el frío, la llegada a Madrid ha sido traumática. Apunto he estado de no bajarme del autobús y volverme a casa pero como era imposible, me he bajado y agarrada al pasamanos de la escalera mecánica he maldecido mi suerte porque no me haya tocado la lotería y ya más tranquila he entrado en el Metro.

Para no sentirme sola en esos momentos tan duros, casi todo Madrid me estaba esperando en el andén. Parecía que me decían «te entendemos y te apoyamos»  (o eso he pensado yo), así que he ido bien aplastadita y acompañada de media humanidad hasta Nuevos Ministerios. Por suerte, llevaba mi musiquita; gracias a mi lista Mornings ha sido más llevadero, me he podido aislar y he cogido fuerzas para salir del vagón y ¡comerme el mundo! o quizás ha sido por el olor a establo del vagón por lo que he salido como una exhalación…no estoy segura.

Para cuando me ha tocado llegar a las escaleras, las he subido todas del tirón y después de llegar viva arriba cargada con mi bolsón como el de Mary Poppins, la bufanda, el gorro y los guantes, he comprobado que no estoy tan mal de forma así que he mirado mi edificio, he hecho unas respiraciones, inspira, espira…y me he dicho, «nena, tú puedes».

Balance del día 1: agotada, medio viva después de trabajo, casa y niños pero por fin, ¡a dormir!.

Mañana más.

Pon un pompón en tu vida

image.jpegEstos días están retransmitiendo los famosos saltos de esquí de toda la vida.

No recuerdo si los veía con la tele en blanco y negro pero sí que los recuerdo de hace un montón de años. Nunca me acordaba de ellos pero cuando los veía me gustaban, aunque reconozco que la atención que les prestaba no conseguía dejarme huella y en unas horas habían pasado al olvido.

Este año en cambio lo que estoy viendo me está gustando un montón. Me alucina el valor que tienen para tirarse desde esas alturas y que consigan caer con tanto estilo sin romperse la cabeza, ¡es increíble!.

Hoy he aprendido que saltan desde cuatro ciudades diferentes y que por eso no es que estuviera viendo una repetición, sino que estaban los mismos que saltaron el día uno, pero en Innsbruck.

Reconozco mi incultura total sobre esta disciplina pero es que me sonaban los participantes; en particular los noruegos aunque todos menos los japoneses (obviamente por sus rasgos) son muy parecidos, blancos como la leche, más bien desnatada porque su tono de piel es casi transparente, con monos casi idénticos, y unos cascos rosas imposibles de olvidar.

Aunque lo que más me está gustando es cuando una vez terminado el salto, enfocan a los entrenadores y al resto del equipo y a parte de que todos sonríen aunque el salto no haya sido bueno, ahí están animando con esos gorros de lana con sus pompones que no paran de moverse, y no creáis que son azules o negros, ¡son naranjas, rosas, color salmón!. Choca ver a esos tiarrones con la piel bién curtida por el frío con ese estilismo, pero ¡me encanta!.

No sé si les gustará lucir esos gorros o tendrán que ponérselos por los patrocinadores pero creo que un gorro con pompón es mucho más favorecedor, si no, pareces un pescador que lleva gorro no para ir luciéndose sino como parte de la ropa de trabajo, para protegerse en alta mar.

La pena es que mi entusiasmo por los pompones no encuentra apoyo en casa. Cuando le he dado mis explicaciones sobre lo bien que sientan a los chicos los gorros con pompón, mi sufrido esposo, que aguanta mis charlas como un campeón, se ha limitado a un «si, seguro».

¡Pues vaya entusiasmo!, me he quedado tan chafada que quizás si le compro uno y comprueba el efecto pompón en su vida, cambie de opinión, o no…

La foto está sacada de la tele, así podéis elegir modelo. A mí me gustan todos y desde luego no me pienso perder el día 6 el último trampolín desde Bischofshofen, en Austria.

Hoy no me puedo levantar

No consigo explicarme cómo puedes estar durmiendo plácidamente y de pronto un movimiento, y se acabó la magia. Te despiertas con una sed desértica, dolor de cabeza y por más vueltas que das en la cama ya no consigues volver a quedarte dormido. Eso es lo que me ha pasado hoy, siete horas escasas de sueño y otra vez en pié.

Aprovecho que todos duermen para hacer un desayuno tranquilo, tomando conciencia de que aún me duelen los pies y de que soy capaz de coordinar mis movimientos porque el café y las cosas del desayuno están donde todos los días. Miro la cocina y ahí sigue pendiente todo lo que anoche no acabamos de recoger por el cansancio y para no molestar a los niños que aguantaron hasta el final y aún tenían cuerda para mucho más. La idea era ir recogiendo al terminar el café pero ya empiezo incumpliendo propósitos porque me puede el cansancio y a lo más que llego es a tirarme en el sofá, taparme con una mantita y rezar para que nadie suene hasta dentro de un buen rato.

Balance físico: me duele….mejor dicho, no me duelen los codos, el resto de mi cuerpo parece que ha sufrido un terremoto y pide a gritos sofá, sofá y sofá. Mis ojos aún tienen restos del maquillaje, la verdad es que no sé ni cómo fuí capaz de pasarme una toallita y creo que hasta me lavé la cara con agua fría pero no me acuerdo de nada, total, que ahí siguen los restos de mis pinturas de guerra y de la resaca del alcohol.

Balance mental: hoy es viernes, creo, día uno, ¿qué pongo de comida?…

Sé que hay algo más…¡el concierto de Año Nuevo!. Siempre ha sido tradición hasta que me casé verlo en familia, pero estos últimos años con los niños apenas hemos visto nada porque ganaban los dibujos.

Pensándolo bién, el mando está tan lejos, y se está tan a gusto tapadita que luego pongo el concierto, ahora a disfrutar de la paz y la tranquilidad…

«Mamiiiiiiiiii, Mamiiiiiiiiii…..»

Vuelta a la realidad,  ¡Feliz Año Nuevo!.

Fin de Año

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Por fín llegó el último día del año. La verdad es que no sé muy bien por qué tenemos tanta necesidad de que llegue pero el caso es que para muchos, es el día más importante del año. Es tal la psicosis que nos provoca, que para la cena estamos reventados y desquiciados con tanto preparativo.

A mí me toca organizar la cena familiar en casa y como hay tantas cosas que preparar y muchas en el último momento, me he hecho una lista para intentar no olvidarme de nada. Creo que tengo apuntado todo, lo que tengo que cocinar, planchar el mantel, preparar las copas, la bandeja de los turrones y mantecados, las uvas…ya sabéis, los preparativos normales de una cena tan especial.

Ahora vendrían todos los demás preparativos para poder llegar perfectamente impresionante (yo más bien diría perfectamente agotada) a las uvas. Y es que estos días he estado echándole un vistazo a algunos artículos sobre moda, belleza, decoración, mundo zen, en los que te orientan sobre las tendencias básicas e imprescindibles para triunfar la noche más importante del año; y es que el día del cumpleaños a su lado es casi como un lunes cualquiera, existe porque precede al martes que si no, lo eliminaríamos.

Por supuesto hay que empezar por los consejos de belleza; preparar la piel con una buena limpieza, no sé si servirá pasarte la mañana con la olla exprés preparando caldo porque el vapor de la olla te abre los poros que es de lo que se trata, ¿no?. Sigo, dormir diez horas (debe estar equivocado, con siete eres la reina del mambo); beber mucha agua, claro, después de deshidratarte con el vapor de la olla, es interesante; evitar alimentos que te hinchen, que te hagan retener líquidos, que te produzcan digestiones pesadas, con todas las comilonas propias de los días previos, fácil, ¿no?.

Sigo con el estilismo; este año dudo entre «los mejores vestidos por menos de cien euros», o «el pantalón de moda con el que triunfarás seguro». Aún no me he decidido entre vestido o pantalón, al final me pillará el toro pero es que como estoy en «modo cooking» no me he metido todavía en el papel de anfitriona Ferrero Roché, en fín, no sé.

En cuanto a la decoración, la mesa y la cena creo que estarán espectaculares, no sé si cumplirán con las tendencias de este año pero desde luego estará todo preparado con mucho mimo y mucho amor, que es lo más importante.

Y sobre mi preparación mental para entrar en el nuevo año cargada de positivismo y buenas vibraciones, la verdad es que me parece una chorrada total. Soy más partidaria de hacer mis reflexiones diarias, de ir poniéndome propósitos a lo largo del año y no dejarlo todo para el día uno porque por experiencia os digo que luego estás tan cansada y tan resacosa que no eres capaz más que de beber agua, mantenerte en posición horizontal el mayor número de horas posible y si tienes suerte, que los niños te dejen tranquilita.

Bueno, para acabar el año, voy a empezar incumpliendo lo de las horas de sueño, tendré que arreglarlo con el antifaz de gel frío para emergencias un ratito después de comer y antes de afrontar el sprint final de la cena porque hoy me he desvelado escribiendo y me van a dar las mil.

Lo que sí pienso cumplir es empezar el año con algo rojo y meter oro en la copa del cava, total, hay que meterse en el papel y seguir las tradiciones, ¿no?, al final todos buscamos tener la suerte de nuestro lado así que ¡a disfrutar! y ¡Feliz Año Nuevo!.

Salas de espera

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Parece que estos últimos días mi vida está ligada a la tercera edad. La semana pasada por varios motivos me ha tocado visitar la sala de espera de una consulta médica y la de urgencias y en ambas, mis compañeros de espera han sido personas mayores.

La primera cita era una revisión con el urólogo. Un mes antes, una pequeña piedrecita se había puesto en marcha y había decidido abandonar mi cuerpo dejándome hecha polvo. Por suerte pasó pero tenía que ver al médico, así que ahí estaba yo esperando pacientemente mi turno en un pasillo larguísimo lleno de sillas de plástico y acompañada de caballeros de cierta edad, sólos, con sus señoras o con sus hijos.

Como siempre, yo iba preparada para la espera con bastante lectura. En cambio mis compañeros igual que me pasó cuando estuve en la peluquería, no paraban de encontrarse con conocidos por lo que a pesar de la hora y media de retraso que llevábamos, lo estaban pasando bomba charlando de todo un poco.

Otros no conocían a nadie pero iban acompañados por su mujer y después de hablar un rato entre ellos, acababan por quedarse callados hasta que de pronto, la mujer empezaba un monólogo tan sólo acompañado por asentimientos de cabeza o algún gruñido del marido. Yo les observaba divertida porque estaba esperando el momento en el que el marido se quedara dormido con el runrún de la mujer o que se cayera redondo por el agotamiento de escucharla hablar sin parar. No me reía porque no era plan de reírme sola pero me dio por pensar si dentro de unos años a mí me pasaría lo mismo con mi marido y sería la diversión de cualquier extraño, espero que no, claro.

Cuando por fín salieron a nombrar a los siguientes cinco pacientes y ya me iba a tocar entrar, se montó el lío porque no había manera de que mis compañeros retuvieran su turno y no sé cuántas veces me tocó repetirles delante y después de quién iba yo, total, que acabé aprendiéndome sus turnos para recordarles cuando tenían que ir entrando. Al salir de allí, tuve la sensación de haberme agotado mentalmente.

La otra espera fue en urgencias por una otitis horrible que aún sigue molestándome. Cuando me pasaron a la sala de tratamientos para ponerme la medicación en vena, me tocó al lado de un matrimonio mayor. Él era el paciente, con un cólico vesicular, bastante tranquilo para el mal rato que estaba pasando cuando llegó. Inevitablemente, al estar un par de horas allí sentada, acabamos de charla aunque en este caso, la charla fue solo con ella porque él era sordo desde bastante pequeño y aunque llevaba audífonos, apenas oía nada.

La señora muy agradable, estaba encantada de tener con quien charlar así que me tocó pegar la hebra con ella y hablar de hijos, nietos y hasta de una plancha de asar de hierro que le encargó su marido a un herrero y que según me contaron funcionaba de maravilla.

Yo que no me encontraba muy bién con tanta charla porque me moría del dolor de oídos, tuve la suerte de que me pasaron por la vía un relajante muscular que me dejó frita y pude desconectar un ratito. Para cuando me espabilé, mis vecinos de tratamiento ya se marchaban aunque me dio tiempo a enterarme de que ese día era el cumpleaños de mi compañero, acabé felicitándole y hasta nos deseamos Felices Fiestas.

Después de todas estos encuentros con los mayores, lo que más me ha gustado de ellos es que se les veía llenos de vida, alegres, sin parecer en ningún momento tristes o apagados y éso que seguramente tendrían un montón de achaques. Tanto en mis citas médicas como en mi visita a la peluquería, han sido un ejemplo de vitalidad que pienso copiar para cuando llegue a su edad, aunque sin correr, que aún soy muy joven para encontrarme con mis colegas en las consultas médicas.

En la peluquería

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Esta mañana siguiendo las tradiciones navideñas me he ido a arreglar el pelo. Mi peluquería es una de las de toda la vida; ya van por la segunda generación de un negocio familiar que se ha hecho un nombre en el pueblo y según me cuentan, también en Madrid, teniendo clientas que una vez acabado el verano, continúan yendo en invierno para darse las mechas y seguir fieles al estilo de Santi.

Por las fechas en las que estamos, hay que pedir cita porque si no es imposible que te cojan así que ahí me he plantado bién preparada de lectura para no leer tres veces la misma noticia en las revistas del corazón, armándome de paciencia porque siempre se me acaba haciendo eterno y concienciándome de que iban a ser un par de horas muy bién invertidas.

Lo primero que he comprobado al llegar, es que pedir la cita para primera hora significa que tus compañeras de secador tendrán una media de 70 años. Ellas son siempre las más madrugadoras y disciplinadas porque, ¿a quien se le ocurre estar de primer día de vacaciones y madrugar? pues parece que a mí y solo a mí.

Parapetada en mi lectura, he intentado aislarme y disfrutar de la experiencia pero ha sido imposible con ese parloteo continuo de mis compañeras con las peluqueras y el runrún de los secadores, así que me he rendido y me he dejado llevar por el colocón del olor a laca y a tinte y me he integrado en la reunión.

Parecía que todas mis compis eran viejas conocidas. Se han puesto al día en familia, enfermedades, viejos recuerdos y la mala suerte de que no nos haya tocado la lotería. A su vez, todas tenían otro denominador en común, el pelo corto y bién ahuecado, ese estilo atemporal que hace que cuando las ves de espaldas, sus cabezas parezcan pelotitas. En cuanto a los tonos, pasaban del castaño oscuro al plata de las canas con un toque de ese malva tan característico en señoras de cierta edad.

La falta de audición que padezco en un oído por una otitis que no acaba de curarse, ha hecho que hoy mi integración en el ambiente haya sido rápida ya que las peluqueras me han tenido que hablar al mismo volumen que a mis compañeras. Pobrecitas, espero que tengan un complemento en caramelitos e infusiones para la garganta y para cuidarse la voz porque deben acabar agotadas de dar tantas voces para hacerse oír entre sus clientas y el runrún de los secadores.

Hoy he podido comprobar la delicadeza de las peluqueras con sus clientas senior. He visto como al lavar la cabeza a una señora muy mayor, mientras una la lavaba, otra la sujetaba porque se escurría en la silla y luego ambas la han ayudado a levantarse y a cambiarse la bata y la toalla porque se había mojado, me encanta ese trato cercano que tienen con todas ellas, son unos detalles que en otras peluquerías más impersonales no se ven.

Yo, después del suplicio del lavado del pelo con el cuello en tensión, he aguantado los inevitables tirones para desenredarme a pesar de la mascarilla maravillosa que me han puesto y me ha tocado cruzar el salón mareada por el dolor de cuello e intentando mantener la toalla en la cabeza lo más digna posible como si fuera Carmen Miranda, esa cantante que parecía que llevaba un frutero en la cabeza.

Al final, he salido sin cortarme un pelo pese a la insistencia de Alvaro, y feliz por el resultado, unas mechas súper bonitas que realzan mi atractivo natural (creo que aún sigo bajo los efectos de la laca de mis compis, yo huyo de ella).

A lo mejor, la próxima vez que vaya, me lanzo a probar la gomina de «Moco de gorila» (se llama así), todo depende del estado de «embriaguez» en que acabe sumida con tanto ruido y tanta química.

Love is in the air

Queramos o no, nos guste más o menos, hay que ser conscientes de que se acerca la Navidad.

Desde finales de noviembre, todo empieza a llenarse de luces de colores, regalos, comidas, cenas, llamadas de teléfono, mensajes de felicitación, anuncios de colonias y promesas de amor eterno a toda la humanidad que nos van llevando a un estado de «buenismo» en muchos casos totalmente artificial, que a muchos provoca un estado de insatisfacción que les lleva a comer, beber y comprar sin saber muy bien el por qué pero que acaban haciendo compulsivamente por no parecer menos que el resto de los mortales.

Viendo que el espíritu navideño está bastante adulterado, es por lo que me he propuesto recuperar el que a mí me parece el verdadero y no volver a pasarlo de puntillas como otros años, a base de reenviar mensajes que me reenviaban muy bonitos pero vacíos de sentimientos, que igual podías mandar a un viejo conocido, como a tu tía octava sólo por parecer que estabas presente en sus vidas en esos días aunque el resto del año no cruzaras una palabra con ellos.

Por eso, me he tomado mi tiempo y he hecho una lista de personas que este año han sido importantes en mi vida; no sólo me refiero a familia o amigos a los que pienso felicitar, sino también a aquellos otros menos conocidos pero que han participado en muchas de las vivencias que he tenido y sin los cuales este año no habría sido posible.

De esta manera, espero poner mi granito de arena para que como dice la canción, se note que «Love is in the air» y aunque parezca una cursilada, demostrar mi agradecimiento y mi cariño a todos mis nominados del año y hacerles partícipes de mi espíritu navideño.

Por ejemplo, este año tan intenso laboralmente voy a felicitar a la señora de la limpieza de mi trabajo. No sólo porque me ha tenido la mesa como los chorros del oro y me ha vaciado hasta dos veces las papeleras al día, sino porque también me ha animado en días de cansancio, me ha tomado la temperatura como si fuera su hija cuando me he sentido enferma, hemos compartido sueños si nos tocara la lotería, risas, consejos sobre plantas, recetas de cocina y ha sabido pasar desapercibida cuando estaba concentrada, espero que así, sepa lo mucho que valoro su trabajo.

También a todos los conductores de autobús, metro y tren que me han llevado y traído sin un accidente durante todo un año y han hecho posible que llegara al trabajo, a recoger a mis hijos al colegio, al médico y a hacer recados. Con frío o calor, han sido el compañero silencioso de tantas horas de transporte. No sé los kilómetros que habré hecho en el año, pero han sido una parte fundamental de mi equipo para ir alcanzando las metas de mi día a día más fácilmente.

A los chicos de la cafetería donde tantos desayunos he tomado; muchos acompañada de buenas compañeras y amigas, pero muchos otros sola, dándome un café que no me revolviera el estómago, tostadas y chupitos de mezclas de zumos de los que casi nunca conseguía adivinar todos sus ingredientes, con su mejor sonrisa y atención haciéndome sentir acompañada en ese ratito de descanso y desconexión del trabajo.

Tampoco puedo olvidarme de mi amenizador de horas punta, ¿os acordáis?, Frank y su trompeta, ¡no sé la cantidad de actuaciones que le habré visto este año!. Debo ser de su público más fiel y entregado. Por todas las canciones que me ha hecho recordar, por las sonrisas que me ha arrancado y los «empujoncitos» que me daba para salir a la calle con la moral bién alta y encarar el día con una sonrisa.

Y a todas esas personas anónimas que se han cruzado en mi camino, del trabajo y fuera de él, que me han hecho la vida más fácil con una sonrisa, sujetándome la puerta, resolviéndome problemas informáticos, enseñándome a poner vientre Pilates, cortándome el pelo y arreglándome las mechas o preguntándome cómo estaba, unas más fugaces en mi vida que otras, pero todas formando parte de este año que se acaba con la fiesta más bonita y emotiva para mí, la Navidad.

El año que viene, espero que mi lista de felicitaciones sea mucho más larga, porque a pesar de todo lo malo que ha traído este año, estoy segura de que siempre encontraré gente buena a mi alrededor a la que agradecer tantos pequeños pero importantes momentos de mi vida.