Pon un pompón en tu vida

image.jpegEstos días están retransmitiendo los famosos saltos de esquí de toda la vida.

No recuerdo si los veía con la tele en blanco y negro pero sí que los recuerdo de hace un montón de años. Nunca me acordaba de ellos pero cuando los veía me gustaban, aunque reconozco que la atención que les prestaba no conseguía dejarme huella y en unas horas habían pasado al olvido.

Este año en cambio lo que estoy viendo me está gustando un montón. Me alucina el valor que tienen para tirarse desde esas alturas y que consigan caer con tanto estilo sin romperse la cabeza, ¡es increíble!.

Hoy he aprendido que saltan desde cuatro ciudades diferentes y que por eso no es que estuviera viendo una repetición, sino que estaban los mismos que saltaron el día uno, pero en Innsbruck.

Reconozco mi incultura total sobre esta disciplina pero es que me sonaban los participantes; en particular los noruegos aunque todos menos los japoneses (obviamente por sus rasgos) son muy parecidos, blancos como la leche, más bien desnatada porque su tono de piel es casi transparente, con monos casi idénticos, y unos cascos rosas imposibles de olvidar.

Aunque lo que más me está gustando es cuando una vez terminado el salto, enfocan a los entrenadores y al resto del equipo y a parte de que todos sonríen aunque el salto no haya sido bueno, ahí están animando con esos gorros de lana con sus pompones que no paran de moverse, y no creáis que son azules o negros, ¡son naranjas, rosas, color salmón!. Choca ver a esos tiarrones con la piel bién curtida por el frío con ese estilismo, pero ¡me encanta!.

No sé si les gustará lucir esos gorros o tendrán que ponérselos por los patrocinadores pero creo que un gorro con pompón es mucho más favorecedor, si no, pareces un pescador que lleva gorro no para ir luciéndose sino como parte de la ropa de trabajo, para protegerse en alta mar.

La pena es que mi entusiasmo por los pompones no encuentra apoyo en casa. Cuando le he dado mis explicaciones sobre lo bien que sientan a los chicos los gorros con pompón, mi sufrido esposo, que aguanta mis charlas como un campeón, se ha limitado a un “si, seguro”.

¡Pues vaya entusiasmo!, me he quedado tan chafada que quizás si le compro uno y comprueba el efecto pompón en su vida, cambie de opinión, o no…

La foto está sacada de la tele, así podéis elegir modelo. A mí me gustan todos y desde luego no me pienso perder el día 6 el último trampolín desde Bischofshofen, en Austria.

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