Mi escalera

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Como habréis observado, últimamente tengo abandonados a mis compañeros de viaje y de vagón. Hace días que no comparto con ellos hora punta, empujones y escaleras porque como os comenté estoy en un parón obligatorio para recuperar fuerzas y volver a mis antiguas rutinas.

Estos días tengo que dedicarlos a mí, y éso, ¿cómo se hace?. Pues es lo que trato de aprender, a conocerme y a anticiparme a pensamientos que me producen impotencia y no me dejan avanzar.

Es curioso cómo a pesar de haber oído y leido tantas veces el tan manido “conócete a tí mismo”, cuando de verdad tienes que hacerlo te das cuenta de que no sabes por dónde empezar, y bueno, en eso estoy.

Para ayudarme he elegido esta foto de una escalera de jardín y la he convertido en mi escalera personal. Con escalones de piedra que resistan el desgaste del tiempo, que sean duros para que no me hunda en ninguno de ellos y me sienta segura cuando los vaya subiendo o me quede estancada en ellos.

Mi escalera está invadida por la hierba y las flores, representando a mis seres más queridos. Los que están sin agobiar, a veces callados, solo presentes con un emoticono en un mensaje. Los  que comprenden que hay días que no estoy ni para contestar pero que no por eso dejan de estar presentes como una pequeña hierba que sale entre los escalones y ahí siguen día tras día para hacerme sentir acompañada.

A día de hoy, ya que algunos me preguntáis cómo me encuentro, os diré que me mantengo en lo bajito, casi en el arranque de la escalera. Adaptándome a conseguir pequeños logros en las rutinas más básicas que me vayan dando confianza para ir haciéndome cargo cada vez de más cosas, pero hasta llegar al modo sprint que llevaba no hace tanto, me queda mucho por trabajar y por aprender.

Sé que esto de parar y reflexionar no es nada original, les pasa a muchos. Sin ir más lejos ahí está el Cholo, reflexionando, asimilando la derrota, y es que como os comenté en otra entrada, hay que ver lo rápido que se pasa del equipo ganador al perdedor.

Así que desde aquí invito al Cholo a que me acompañe en mi escalera. A lo mejor le sirve en estos momentos de oscuridad porque lo que a mí me sigue sirviendo para mi vida y para no perder la Fe (por suerte más presente que nunca) es su lema “Nunca dejes de creer”.

Lunes de Pascua

Lo que podría ser un lunes de vuelta a la rutina después de unas buenas vacaciones, duro pero ilusionante, para mí está siendo un día peculiar, agotador y fastidioso.

En Madrid no empieza el cole hasta el miércoles así que mis niños están encantados de seguir en ese estado de locura y diversión que dura ya no sé cuántos días. Tanto aire de Sierra Mágina, tanto sol y tanta excursión han conseguido que se recuperen de los virus pasados y estén tan súper vitaminados que rozan la hiperactividad. Recargan las pilas con tanta facilidad que solo me falta llevarles a correr un maratón a ver si así se agotan, pobres seños, no sé cómo les van a mantener sentaditos y calladitos el miércoles.

Yo me había cogido este día de vacaciones para organizar la casa y disfrutar con los niños pero no contaba con que los planes iban a ser tan diferentes.

Ya sabéis que hace unos días me dediqué a acoger virus, conseguí echarlos justo para los días importantes de Semana Santa pudiendo disfrutar con la familia de la tranquilidad y el buen tiempo que ha hecho en Bélmez de la Moraleda. Volvimos todos felices, unos más relajados que otros, listos para empezar el nuevo tirón del cole, el trabajo y las rutinas, pero como no todo puede ser perfecto, hoy, un nuevo virus ha venido a visitarme.

En esta situación desesperante, no todo es malo, y por suerte, mi madre ya está ocupándose de toda la intendencia mientras yo estoy en aislamiento con mi nueva “amiga”, la gastroenteritis.

¿Cómo la he cogido?, eso me gustaría saber a mí. El caso es que ha venido a ayudarme a hacerme una limpieza de todos los excesos alimenticios de estos días. Ya sé que en el fondo, fondo, debería sentirme afortunada porque, ¿cuándo podréis quitaros vosotros esos 2 kilitos que habéis cogido con tanta cervecita y tanta torrija?, pues yo ya estoy libre de impurezas aunque mi “amiga” no lo tiene del todo claro y pretende que siga desprendiéndome de lo que quede de Navidad o de no sé cuándo.

Así que, el fin de fiesta está siendo sorprendente. No pensaba que lo pasaría agarrada a una botella de Aquarius, pero de lo que no hay duda es de que “la pascua”, no me la pierdo, de éso ya se encarga mi “amiga”.

En fin, espero que vuestra Pascua sea mucho mejor que la mía y empezéis esta nueva etapa renovados y con fuerzas.

Yo conseguiré resurgir y no sé, tendré que cambiar la cerradura para que no se me cuelen más visitas no deseadas.

Rutina mañanera

En esta segunda semana de vuelta a la normalidad, aún me sigue costando coger el ritmo a las mañanas, y es que salir de casa temprano justo cuando la previsión del tiempo coincide con el mes del calendario hace que ese primer tirón del día sea una prueba diaria casi olímpica.

Todas las mañanas empiezan con la misma rutina. Plumón hasta debajo de la rodilla, cuello al que le daría tres vueltas más si pudiera, botas, guantes y gorro de lana (con pompón, claro) y saliendo a la calle en 3, 2, 1…¡acción!.

Toca llegar a paso rápido (a veces creo que me lleva el viento en volandas) hasta la parada del autobús. Cuando piensas que has llegado bién y te parece que ese día no hace tanto frío, ¡horroooor! los minutos que marca el panel de la parada del autobús no duran como los minutos de tu reloj, son como los minutos de los paneles del Metro, ¡cada minuto puede tener 133 segundos! y acabas helada sí o sí.

Por suerte, para cuando llego a Madrid, he entrado en calor y ese último desplazamiento es pan comido, así que voy feliz con mi musiquita o con el Kindle hasta que aparecen mis nuevas compañeras de vagón. Dos chicas americanas (el acento las delata), de veintipocos años, muy monas, que no paran de hablar durante todo el camino. Esta mañana no hacía más que oír la palabra dresses, dresses y más dresses. Estoy convencida de que la ropa es la conversación más universal y que más nos une a todas las chicas del mundo, da igual si conocemos o no el idioma, un gesto tocándote un vestido y de ahí podemos hilar hasta llegar a ¡la paz en el mundo!.

Hoy iba concentrada con el Kindle leyendo la tercera parte de Bridget Jones. Me resistía a leerlo porque me pareció de muy mal gusto que tuviera que morir Mark para publicar una nueva entrega, pero la curiosidad me ha ganado y me moría de ganas por saber cómo le iba a Bridget con dos hijos. Todo estaba dentro de la normalidad, yo leyendo y las americanas con su runrún sobre los dresses hasta que nos hemos bajado en Nuevos Ministerios.

Para no dejar a medias una página, he subido la primera escalera mecánica por la vía lenta y al adelantarme las de los dresses, me he fijado que una llevaba botas y la otra, unas bailarinas sin calcetines. Me he quedado tan flipada que para la siguiente escalera he aprovechado que se quedaban en la derecha para adelantarlas y asegurarme de que no llevaba calcetines, ¡y no los llevaba!.

¿Cuántos grados podía haber en la calle, 6, 8?. Ya por curiosidad me he ido fijando por si veía a alguna loca más y ¡bingo!, otra chica llevaba vaqueros con vuelta, en plan pesquero y se le veían los tobillos sin calcetines solo que ésta llevaba unas zapatillas negras de cordones, tipo Superga.

Desde luego ya puede convertirse en lo más de lo más ir así en enero que yo viviendo casi en el más allá, no salgo así ni loca.

Pero claro, como tengo que darle vueltas a todo, me he puesto a pensar si no sería una cuestión de edad, es decir, que son tan jovencitas y tienen tanta vitalidad, que a su lado yo con mi botas de ante ideales, debía de parecer una viejecita forrada a capas para no cogerme una gripe o un excursionista en el Perito Moreno.

Total, que como no era plan de demostrarme si podía llevar los tobillos al aire porque iba con botas, he hecho una locura. Me he aflojado el cuello de lana y he salido a la calle así, desafiando el frío. Me he mirado en el escaparate de los relojes Omega, sintiéndome como la protagonista de su nueva campaña publicitaria al verme reflejada en el cristal y he llegado a la conclusión de que hasta con capas estoy de olé, que ni loca volvía yo a los veintitantos y que a ver cómo están ellas cuando tengan mi edad.

Ahí queda eso.