Invasión de carritos de la compra en el bus

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De vez en cuando en vez de moverme por Madrid bajo tierra, me desplazo en bus.

Como en cualquier ciudad, rara es la hora en la que no van llenos de gente. Mi hora es casi a medio día, justo antes de que se llenen de niños, estudiantes o trabajadores que acaban la jornada, o están en la pausa de la comida.

Mis compañeros de viaje son de la cuarta o quinta edad. Les llamo así porque creo que lo de la tercera edad ha quedado superado puesto que con 65-70 años, son muchos los que siguen activos y trabajando igual que siempre.

Aunque lo cojo en la cabecera de línea, me quedo de pie ya que a partir de la segunda parada “mis compañeros” empiezan a subir con carritos de la compra, bolsas y más bolsas de un mercado cercano.

Me traen muchos recuerdos esos carritos de la compra por los que asoman perejil, puerros, acelgas…Recuerdo cuando hace años acompañaba a mi madre al mercado y acabábamos igual, cargadas hasta arriba aunque nosotras teníamos la suerte de volver a casa en coche.

Me costaba muchísimo soportar esa mezcla de olores a carne, pescado, casquería, era mareante. Pero era un olor que ahora echo de menos porque mi compra “a mano” se reduce a elegir yo la fruta y la verdura con guantes y a coger casi todo lo demás envasado porque o voy corre que te corre, o tengo a los niños haciendo carreras por los pasillos con las cestas. Puede sonar algo prepotente porque muchos seréis de los de ir al mercado o a la frutería, pescadería pero yo optimizo mi tiempo y mis esfuerzos como mejor puedo, al menos mientras el día no tenga 40 horas.

En cambio “mis compañeros” de bus suben cargados hasta los dientes pero con esa expresión de “qué bien se me ha dado”, ” ¡vaya pescadilla llevo y qué  precio!”…No lo dudo porque el olor a pescado inunda todo mientras nos vamos quedando sin espacio vital con más y más viajeros.

Creo que los autobuses urbanos deberían llevar maletero como los interurbanos, evitaríamos olores, que te metieran las bolsas encima, cabríamos más y ya no te cuento si una pobre mamá sube con un carrito de niño porque ¡eso es para nota!…Aunque pienses que no va a caber, de pronto se activa un sexto sentido en mis compis y aparece un hueco no sé sabe cómo…El ser humano tiene esas sorpresas maravillosas de generosidad que te sorprenden en las situaciones más variopintas.

Así que ya veis, “colocada” por el olor a comida y exprimido mi espacio vital, voy por calles de barrios desconocidos para mí, pendiente de no pasarme mi parada.

Pero la labor social no acaba ahí porque a pesar de que cada parada es anunciada en un letrero luminoso y por los altavoces, ” mi juventud” hace que mis compis me pregunten que si ya llegamos a no se qué parada, o que si les ayudo a desencajar el carrito porque no sale del rincón donde consiguieron meterlo y hora se empeña en no salir. Otra vez ahí, esos abuelitos sacan un chorro de voz no sé de dónde para asegurarse de que el conductor no deja a nadie sin bajar y espera pacientemente las maniobras de los carritos para salir hasta que le dicen, “¡ya estamos!”.

Yo que me integro rápido en la situación también acabo dando voces, informando de paradas y comentando los frenazos tan bruscos que dan los autobuses aunque desde luego, caernos no nos vamos a caer porque no hay sitio.

En fin, toda una aventura que confieso, estoy deseando volver a repetir.

¿Y dónde voy yo a esas horas por esas calles de Madrid?, eso es información reservada…Solo os diré que consigo bajarme en mi parada que ya es ¡un éxito!.

Mira que si coincidimos y no lo sabemos, ¿te imaginas?…

Universidad y reencuentros

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Como todos los septiembres, me toca compartir “viajes” con todos los nuevos/as que empiezan su etapa universitaria.

En cuanto a los chicos, suelo coincidir con ellos por las mañanas. La suerte, es que a pesar de que los reencuentros a las siete y pico de la mañana son a un volumen brutal, cargado de palmaditas y efusividad, en cuanto salimos a la carretera, van perdiendo fuelle y se quedan dormidos, angelitos…

Las chicas son otro cantar. Coincidir con ellas a medio día es una tortura que puede durar o solo el trayecto de vuelta a casa, o unos minutos más si tengo la “suerte” de hacer con ellas la cola hasta que llega el autobús.

Supongo que a esas edades yo era igual de “intensa” hablando pero de verdad que me alucina el énfasis con el que cuentan hasta el más mínimo detalle.

Pasada la sorpresa inicial del reencuentro, siguen contando las carreras elegidas por ellas y hacen mil preguntas sobre antiguos compañeros con los perdieron el contacto cuando acabaron el curso el pasado junio.

Por supuesto, sus carreras son “lo más de lo más”. Empiezan a entonarse con la elección de universidad pública o privada, siguen con competiciones para ver quien tiene los horarios de clases y de prácticas más horribles …Ya tienen “calados” a los profes majos, huesos, capullos, los mejores desayunos en las distintas facultades…

Y sobre las compañeras de clase…A muchas les pitarán los oídos a medio día y lo achacarán a los cambios de presión, o al ruido de la ciudad cuando en realidad, son mis compañeras de viaje que se dedican a ensalzar hasta el “súper majísima”, o a hundir hasta “la más rarita” a todas y cada una de sus pobres compis.

A pesar de que intento alejarme de ellas lo más posible para poder estudiar, escuchar música, leer o dormir (que es lo que más me suele pasar), su volumen sube y sube, y su charla dura y dura hasta que se despiden cuando llegan a sus paradas.

Pero bueno, reconozco que no todo es malo. Dentro de las charlas insustanciales, lo más divertido es oírlas hablar de chicos.

Para qué engañarnos, donde haya una charla sobre chicos, ¡el despellejar a las nuevas compañeras es una memez!.

El mundo está lleno de chicos monísimos, tú no lo sabes y yo tampoco pero te doy pistas…Están todos, todos en “la facul”.

Así que aquí hago un inciso para las que pasamos la etapa universitaria hace tiempo: a lo mejor tienes que volver a matricularte de algo para encontrar al hombre de tu vida, medita, medita…

Y ahí, viene otra competición. Ya sabemos que las chicas somos muy competitivas y el debate se centra en si los mejores chicos están en Medicina, Filosofía, Teleco, ADE…Todos tienen que ser súper pijísimos, súper cachas o súper enrollados, lo que sea pero de la sección “súper”, si no, no valen. Aunque otra opción es pasarte por las cafeterías, que siempre han sido y serán centro de reunión para todos.

Cuando yo hice la carrera, elegí el turno de tarde que era el más serio, error, error, error, porque claro, “la vidilla” y los chicos más guapos y majísimos estaban tomando cañas, jugando al mus o paseando su cuerpo serrano pero por la mañana.

Cierto es que en esa época yo tenía amigo especial y no me fijaba en nadie más, otro error de novata, porque como dicen mis compañeras de uni: “¿Pero qué haces con novio?…Con lo mona que tú eres, te llevas al que quieras de calle”.

Así que si lo dicen mis expertas “uni-compis”, amén.

Aclaración: Yo estoy contenta con mi elegido aunque no le conocí en la uni .

Otra aclaración: No me responsabilizo de que alguna se matricule en algo a los “taitantos”.

Caretas fuera, ¡libérate!

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Repasando el primer post que escribí sobre mí y mis intenciones creando este Blog, me he dado cuenta de que sin proponérmelo se ha convertido en ciertos momentos en escritos de ayuda, auto ayuda, superación…No me atrevo a llamarlo coaching por respeto a uno estupendo que sigo en su blog y que sí que lo es y al que no me acerco ni a la suela del zapato (va por tí Luis: https://luisjuli2.wordpress.com/).

No sé si a ti te habrá servido o lo habrás percibido así pero a mí, me ha servido para expresar, compartir y darle voz a muchos pensamientos que nunca pensé haberme atrevido a hacerlos públicos tanto personales como de denuncia social.

Se que han sido temas que muchos no habríais sacado a la luz, que pensáis que pertenecen a esa esfera privada, cerrada herméticamente donde nadie debería entrar.

Respetando opiniones, me gustaría animaros a compartir vuestras inquietudes, vuestras angustias, vuestras ilusiones porque siento defraudaros pero sé que no sois perfectos. Vuestras imágenes son solo eso, una careta que alimentas y con la que pasas de puntillas por la vida sin implicarte, sin pensar en más, sin darte.

Qué triste, ¿no?.

Seguro que a veces mientras hablas con alguien piensas, “y si le contara…, ¿qué pensaría de mí?”.

Uno de los mayores problemas con los que nos enfrentamos quienes hemos pasado por momentos de ansiedad, de estrés, es la falta de comprensión por parte de los demás.

A no ser que alguien cercano a ti lo haya pasado, estas situaciones son injustamente juzgadas porque la realidad es que cuando alguien se entera, le es difícil creer que puedas estar pasando una mala racha e incluso que estés de baja médica cuando ellos te ven sonriente, simpática como siempre, en fin, como si no te pasara nada.

Quizás los médicos deberían escayolarnos un brazo o vendarnos un pie para que ese prójimo desconfiado, irónico e hiriente nos creyera.

Con mi experiencia y los meses pasados en mi bajada a los infiernos particular, he podido comprobar cómo estaba rodeada de muchos Santo Tomás, el apóstol que no creía que Jesús hubiera resucitado hasta no meter el dedo en sus heridas, ese “si no lo veo, no lo creo”, que tantas veces decimos.

Ha sido curioso ver cómo ha habido quienes me han preguntado directamente cómo me sentía, los que “huían” por si les contaba mis penas y los que no han sabido interpretar mi “desaparición” de la vida social pensando que les había fallado como tantos otros.

Somos muchos los que hemos pasado experiencias dolorosas con amigos, o con quién en un momento dado creímos que eran importantes para nosotros. Con la edad, te cierras, creas caretas “perfectas” y apenas dejas entrar a nadie por miedo a otro batacazo.

En mi caso, los batacazos no han sido ni más graves ni más importantes que los de cualquier otro, pero a pesar de ellos sigo siendo tan ingenua que vuelvo a tropezar en la misma piedra.

Ojalá tuviera mejor ojo clínico pero debe ser que las mechas rubias me hacen interferencias y sigo creyendo que queda gente buena.

Por eso, me encantaría que por un día practicárais el quitaros la careta. ¿Qué puede pasar?, sinceramente no lo sé, pero ojalá os diérais el gustazo de enfrentaros al día a corazón abierto.

Seguramente, os liberarías de poses, sonrisas forzadas, y os sentiríais más liberados y relajados.

No es que os pida que os tiréis al mar sin saber nadar, pero sí que probéis a ser vosotros mismos. Seguro que os llevaríais muchas sorpresas buenas y no tan buenas pero lo importante es que serías tú, que es lo más apasionante.

Creo que la frase de D. Santiago Ramón y Cajal es perfecta, él era una eminencia, yo solo soy una superviviente con días buenos y días malos pero luchadora.

De escaleras y acordeones

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Estoy totalmente convencida de que durante las vacaciones han hecho algo con mis escaleras diarias y estoy muy mosqueada.

No se me ha ido la pinza, no creo la verdad, pero es que los escalones están más duros, las escaleras mecánicas son más lentas y a medio día me “mata” un músico pesado y agotador que fastidia canciones preciosas con su acordeón.

Todo esto me ha llevado a la conclusión de que odio el acordeón. Seguramente soy de esa generación que creció con María Jesús y su acordeón, la de “Los pajaritos”, ¿os acordáis?. No la canto porque os la pego seguro.

Recuerdo los veranos en Fuengirola, cuando por la noche en las terrazas de los hoteles los extranjeros achispados, mis amigas y yo nos lanzábamos como locas a hacer el baile sin ningún complejo. La tocaban una y otra vez, era un bucle del que no salías hasta que tus padres seguramente hartos también del acordeón, nos sacaban de allí.

Total, que he debido de crecer traumatizada y este trauma no ha dado la cara hasta que el músico del Metro me ha taladrado la cabeza con su acordeón. Creo que sabe que no me gusta nada porque por más que corro bajando las escaleras hacia el Metro, más rápido toca o destroza la canción de turno.

De ahí la sensación de que a mis escaleras les han hecho algo. Puede que con el calor no puedan correr más o que estemos ahorrando energía y por eso van más lentas. El caso es que por las mañanas tengo la misma sensación solo que además noto que mis compañeros de viaje también van más lentos que de costumbre. Supongo que andaremos todos adaptándonos a la vuelta a la rutina del trabajo, clases, madrugones…

Así que hago un llamamiento para que vuelva Frank (nombre ficticio) de mi músico de tramo de escaleras y su trompeta, para que vuelva a dirigir el “tráfico” mañanero del Metro.

Si en Mercadona ya hay turrón de chocolate, que vuelva mi Frank  y si trae turrón, ¡mejor que mejor!. Luego ya lo bajaremos subiendo y bajando las escaleras del Metro y de la oficina.

No me he podido resistir a colgar esta foto de María Jesús y su acordeón en Benidorm donde parece que hizo un carrerón. Seguro que a muchos os saco unas sonrisas porque si en vez de abuelitos fueran niños, ¡vosotros estaríais ahí!.

Y yo también, claro. Qué fuerte es a veces recordar…

Motivación desmotivada

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Estos días que “disfruto”de vacaciones, se han convertido en la semana de la limpieza y el marujeo doméstico.

Os preguntaréis como se me ocurren estas locuras en vez de descansar y dedicarme a tomar el sol. Muy fácil, me he dado cuenta de que hemos sobrevivido todos estos meses en “modo verano” (al calor aún está por verse) y que la casa lleva 3 meses ventilándose de tal manera que necesita y está pidiendo a gritos una puesta a punto, o al menos es lo que yo creo que me está diciendo.

Y nada, ando haciendo limpieza de juguetes, ropa que ya no le sirve a los niños, recuerdos perdidos de hace años que aparecen en los armarios y que ahora te horrorizan, bailarinas que no tiraste porque siguen siendo muy monas aunque te destrozan los pies… Y así llegamos a las tareas del día a día a las que en “modo corre que no llegamos” del resto del año, por suerte ahora, puedo dedicarles más atención.

Por ejemplo, esta mañana ha tocado plancha. Esa gran amiga que te deja la ropa maravillosa aunque su efecto dura menos que la estela de un cometa. Pero como estaba decidida a sacar el atasco de ropa pendiente, nada mejor que acompañarlo de musiquita para motivarme.

Mi banda sonora ha ido empezado con Mina, El dúo dinámico, Frank Sinatra y otras tantas canciones de los setenta que he cantado a voz en grito mientras sudaba y me dejaba los riñones planchando de pie.

A mitad de la faena, me he modernizado y lo he fastidiado totalmente cuando se me ha ocurrido buscar en You Tube a Bruno Mars y ¡oh, error, error!, he puesto la actuación que tuvo con su banda en el desfile de Victoria Secret….La canción sonaba genial, la actuación era chulísima, hasta que han empezado a salir “los angelitos” y toda mi motivación se ha ido a hacer puñetas.

De pronto, mi vestido de flores se veía fresquito pero demasiado casero, de mi coleta caían gotitas de sudor y el efecto del ventilador de techo no le aportaba ningún glamour a mi baile entre camisetas por planchar de todos los tamaños….

Mientras, las modelos seguían desfilando espectaculares, se mezclaban con la banda de Bruno Mars y los miles de aplausos de un público totalmente entregado.

Conclusión, si planchas, cuidado con la música que eliges porque puede hundirte toda tu motivación por culpa de unos “angelitos”, nada inocentes.

Para muestra, os dejo unos documentos gráficos con los que entenderéis como me he quedado de chafada. Después de este bajonazo, he optado por irme a la piscina con mis niños a lucir bikini y michelines.

Mañana elegiré mejor mi selección musical porque tocan sábanas y eso merece algo heavy, heavy.

Recuerdos de verano (2)

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Recuerdo como de lo más divertido del verano, cuando llegaban los días de las fiestas. Todos los años hacia el 15 de agosto estábamos con la agenda llena de competiciones deportivas, de juegos de mesa, pero había dos eventos que eran “lo más”: el desfile de disfraces y la fiesta con discoteca hasta las 3 de la mañana en la pista de tenis.

Desde días antes de la famosa fiesta de disfraces, las mamás se afanaban en inventarse disfraces de todo tipo. Se les ponía la imaginación en marcha y acababan sacando disfraces de hombres “primitivos”, emperadores romanos, fantasmas, demonios…dándole vueltas a las telas, las sábanas y a cualquier cosa que tuvieran a mano.

Mi madre que cosía a máquina me hizo verdaderas maravillas de disfraces como el de hawaiana de pequeña y de mayor, de hada, de holandesa, de mora, de zíngara…Luego los íbamos prestando y aprovechando los de las demás niñas de manera que siempre andábamos reciclando y adaptando disfraces.

Un año, fuimos seis niñas disfrazadas de bolsas de caramelos. Llevábamos unas fundas de plástico transparente del cuello a las rodillas y por dentro, globos envueltos en celofán de colores. Cada una representaba un color y nos distinguíamos por las cintas que llevábamos en el cuello y en las coletas. ¡Quedó chulísimo!.

¡Y cómo no acordarme de cinco hermanos chicos que un año salieron disfrazados de niñas!. Iban cogidos de la mano, sin hablar, con vestidos y zapatos que su madre le había pedido a la mía y a las de mis amigas previamente, con coletas y unos coloretes bien redondos. Recuerdo a unas señoras que comentaron al verlos: “A estas pobres su madre solo las ha peinado y las ha pintado unos coloretes”. Hay que reconocerles que lo hicieron muy bien y aguantaron el desfile sin reírse a pesar de que todos les fuimos reconociendo al ir dando vueltas a la piscina desfilando totalmente emocionados.

En cuánto a las fiestas de discoteca, eran la noche que los padres tenían la cena de mayores en la pista de tenis y por allí andábamos revoloteando y dando la lata todos los niños. Cuando acababan, empezaba la música con unos pasodobles, las parejas iban arrancando a bailar hasta que “el pincha” se lanzaba a poner Mecano, Georgi Dann, las canciones del verano…Mientras, todos bailábamos con mayor o menor gracia hasta que los padres se retiraban y nos mandaban a la cama, ¡qué pesados!. Nosotros suplicábamos, “una más y nos vamos”, hasta que de verdad nos íbamos a la cama cansados pero aún nerviosos por tantas emociones.

Estos retazos de mi infancia, los guardo con mucho cariño. En ese tiempo aprendí a nadar con los monitores que venían todos los veranos a darnos clases antes de que se abriera la piscina. Al final del curso nos entregaban un diploma de aprovechamiento, aún tengo alguno guardado.

También aprendí a soltarme con la bici grande de dos ruedas, una Motoretta roja, gracias a Marisol, la chica que cuidaba a unas amigas y que con más paciencia que un santo nos iba enseñando a todas.

Tres cohetes nos avisaban el sábado por la tarde de que iba a empezar la Misa. Cada uno bajaba su silla de la piscina y nos agrupábamos por familias. La cantidad de vecinos de nuestra urbanización y de las cercanas que venían. Por suerte, Santa María del Jontoya, nos protegió mientras estuvimos bajo su amparo.

Así iba pasando el verano, haciéndonos expertos en las bocinas de las furgonetas de reparto. Nunca falta el panadero y su bollería deliciosa que en seguida se le agotaba; las frutas y las verduras de la huerta de Blas; el lechero; el pescadero; el de los huevos traídos de no recuerdo qué granja; y el del camión de las bombonas de butano que las movía para que reconociéramos que era él. Desde luego no podíamos comer cosas más sanas, ¡directas de las granjas y las huertas!.

Para terminar me quedo con el recuerdo del cine de verano. Detrás de mi bloque, donde aparcaban los coches pusieron una lona enorme que cuando no se usaba se quedaba subida como un toldo, y en la pizarra de la pista de tenis, adelantaban la programación de esa noche. Bajábamos con sillas de la piscina, bocadillos, chuches, mi botellas de agua era una de cristal de Frucos, de los zumos. Todos los veranos repetían Grease y cuando salía una escena un poco subidita de tono, los papás se encargaban de cortar la cinta y seguían con la proyección. Al acabar, los mayores intentaban encontrar los trocitos de lo censurado, qué recuerdos…

Me siento privilegiada por haber tenido esos veranos tan divertidos, tan acompañada de buenas amigas con las que aún mantengo la relación y alejados del calor de la ciudad.

Ha tenido que pasar muuuuuucho tiempo para que los buenos recuerdos sobresalgan sobre los malos (que también los hubo) pero como digo, gracias mamá y gracias papá por tantos veranos felices.

P.D: La foto es real pero no doy pistas de los integrantes porque ya ha llovido mucho desde que nos la hicieron.

Recuerdos de verano (1)

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Hoy he estado haciendo memoria de la cantidad de Santos de personas conocidas que se celebran en verano; la Virgen del Carmen, San Enrique, Santa Ana y San Joaquín, Santa Marta, San Ignacio, la Virgen Blanca, la Virgen de la Paloma, Santa Elena… Un ramillete bastante grande que unido a otros cuantos cumpleaños, daban como resultado que mis veranos de la infancia fueran una fiesta continua.

Por aquel entonces, veraneaba en una urbanización preciosa a las afueras de Jaén. Éramos de los privilegiados que podíamos huir del calor espantoso que hacía en la ciudad y que por las noches se volvía insoportable y eterno.

En esta urbanización pasé una infancia feliz rodeada de amigas que sigo manteniendo a pesar de los años y la distancia. Nunca las olvidaré ni a ellas ni a sus familias que acogieron a la mía, sin ser de Jaén con todo su cariño y nos hicieron sentir totalmente integrados.

Cuando acababa el colegio en Junio, empezábamos a aterrizar por allí cargados de maletas, ventiladores, menaje de cocina, la olla exprés y mil utensilios más que hacían que visto desde fuera parecieran auténticas mudanzas para tres meses.

La urbanización estaba llena de niños de todas las edades y al ser una cuidad pequeña, éramos muchos los que nos conocíamos del cole, de la parada del autobús, por ser familia, total, que en cuanto llegaba el mes de Julio, comenzaban a ponerse en marcha las efemérides con San Enrique. Casi sin pensar, me vienen a la memoria cuatro, así que nos pasábamos el día felicitando a los padres y a los hijos. Todos nos tratábamos como para felicitarnos aunque luego no volviéramos a coincidir ningún otro rato. Ahí se notaba el ambiente de cercanía y de urbanidad que teníamos todos.

Por desgracia, cada vez, nos alejamos más los unos de los otros y los médios electrónicos han suplantado a los abrazos y besos “reales” que nos dábamos por cualquier causa de celebración que se nos planteara.

Con la Virgen del Carmen, Santa Ana y Santa Elena, el número de felicitaciones subía bastante. Es curioso que en Madrid apenas se celebran los santos pero allí, era una fiesta y algún regalito te llegaba siempre, generalmente algún Barriguitas o Barbie, o algún libro.

Yo estaba feliz con cualquier cosa que me regalaran pero nada se podía comparar a cuando por la Virgen del Carmen, llegaba la noche y la tuna de Peritos venía a rondar a Carmen.

Carmen, es la matriarca de una familia muy querida para mí. Su marido, Antonio, era profesor en Peritos, tan bueno y tan agradable que nadie podía resistirse a sus peticiones. Ooooh, ¡cómo tocaban de bien!, ¡qué vistosas sus capas llenas de cintas!. Ensimismadas al son de “Clavelitos”, soñábamos que algún día también vendrían a rondarnos a nosotras. Lo más cerca que los tuve fue cuando rondaron a mis vecinas del segundo piso porque un primo de ellas formaba parte del grupo, y yo estaba en el primero, escuchándoles con mi abuela Nené que se sabía todas las canciones. Cuando acababan, subían a casa de la que festejaba y les invitaban a una cervecitas para recuperar fuerzas antes de marcharse.

Creo que más adelante para el cumple de la hija mayor de Carmen, Marisa, también volvían a venir a repetir su actuación. Siempre me quedaré con esa espinita clavada de que no me rondaran a mí pero luego evolucioné a los Mariachis y si alguien cercano a mí lee esto, ya sabe, mejor mariachis que la tuna.

Hasta aquí en cuestión de santorales y demás efemérides.

En breve seguiré compartiendo más recuerdos porque los casi cuatro meses que alargábamos el verano, daban para muchos más recuerdos y anécdotas.

Tanto que pensar

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Esta noche tengo tanto que pensar, tanto que reflexionar que ni con un caramelito consigo dormir.

Estoy inquieta, miro al cielo y me pierdo entre tantas estrellas. ¿Recuerdas cuando me hablas de planetas, galaxias, nebulosas?…me encanta, pero me pierdo entre esas dimensiones de trillones de kilómetros o años luz…

Me pongo mi gorra de capitana y entro en “I Sea”. No os podéis imaginar lo que se parece el Mediterráneo a la distancia que lo veo gracias al satélite que me manda mi cuadrante para buscar pateras, al cielo de la noche. Todo son tonos de azules llenos de puntitos blancos y negros, haciendo formas más o menos caprichosas que “juegan” a despistarme en mi misión y a ver casi formas de animalitos y objetos como cuando miras al cielo lleno de estrellas o de nubes.

Sigo inquieta, ni el cielo ni el mar consiguen relajarme.

¿Y la Tierra?. Masacres, odio, guerras, abusos, enfermedades…nada que no sepáis. Sumergida entre tanta pena y tanta rabia, busco la Paz perdida, la serenidad, pero me duele el alma, ¿puede doler?, no tengo ni idea, a mí se me pone un nudo, no sé si se parecerá a eso…

Busco el consuelo en la oración, mi Fe me acompaña a pesar de tanta duda y tanto dolor. Rezo a pesar de ir contra corriente, aunque “sea de viejas”. No decaigo, cada día busco nuevos santos a los que confiarles mi “mochila” y sé que a su manera me renuevan las fuerzas, me dan oxígeno para aguantar un día más.

Por desgracia no tengo la suerte de que cambien las cosas pero sí me siento acompañada, cada vez noto más esas presencias que me empujan hacia delante, que me traen a la mente pensamientos de fuerza y lucha para el día a día.

Aunque no todo es tan sencillo y color de rosa. Hoy por ejemplo, aquí sigo inquieta, no encuentro la manera de acabar el día, o más bien de dejar que arranque el nuevo día, y descansar antes de empezar las tareas del nuevo.

Qué ingenua pensar que en una noche voy a encontrar la solución a los problemas del mundo…

Descansa cabecita loca, el pilar de una familia tiene que cargar las pilas para estar presente y fuerte para los suyos.

Duro es el papel encomendado a los pilares. Si a ti también te ha tocado, bienvenido, a base de empujoncitos nos iremos recolocando entre todos.

Y no olvides, que esta es tu casa.

Te espero.

Me ha faltado contarte…

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Me ha faltado contarte que es verdad que todavía hoy sigo viendo desde la cama el planeta Marte, que según me dices irá bajando y en unos días no le veré más. Los niños ya saben localizarlo desde su ventana, se ha convertido en una costumbre despedirse del día buscando la Luna y Marte.

Me ha faltado contarte que hoy, al final, acabo agobiada porque después de repasar todo lo que he hecho, me ha faltado….¡uf!, mil cosas que se van quedando para mañana o pasado…

Me ha faltado contarte otra vez que tenía que haber hecho el gazpacho, ya sé que te lo he dicho más veces, que no pasa nada pero qué rabia no haberlo tenido para la cena.

Me ha faltado contarte que la puerta del baño sigue crujiendo y con estos inicios de noche de vendaval que estamos pasando, suena a película de terror.

Me ha faltado contarte que entro en “I Sea” y dudo de si esa serie de puntitos blancos tan lejanos podrían ser una patera. Busco sin saber muy bien el qué y voy pensando, ¿dónde estáis?, estoy aquí para ayudaros, definiros un poco más, por favor…

Me ha faltado contarte que con tanta ventana abierta y ese viento serrano de primera hora de la noche, saldremos volando con la cama como en “La bruja novata”.

Me ha faltado contarte que con tanta ventilación me despierto de madrugada helaíta buscando una mantita, y que me mata tener que ponerme el antifaz porque no amanece por el Este, ¡amanece dentro de nuestra habitación!.

Me ha faltado contarte que me preocupa que mis seres queridos sufran, incluso esos que se quedaron lejos. El tiempo suaviza las heridas y te permite, si le dejas, que entre la Paz en ti.

Me ha faltado contarte que entiendo tu preocupación, tus silencios, pero que aquí estoy para acompañarte o para llenarlos.

Me ha faltado contarte que los niños no se duermen sin tus achuchones, que te adoran.

Me ha faltado contarte la suerte que tengo de que estés aquí, que nadie como tú para entenderme, para levantarme, para animarme.

Me ha faltado contarte que creo en ti y doy gracias por tenerte a mi lado.

Me ha faltado contarte que sigo insomne perdida pero recuperando la Paz.

Me ha faltado contarte que mañana puede ser un gran día.

Te quedaste dormido…descansa.

Yo velaré los sueños de todos, la Luna, Marte y las estrellas me acompañarán.

 

Tentaciones en el súper

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Hace unos días haciendo la compra, me paré a pedir una barra de pan. En esta sección de panadería y pastelería hay tantas cosas apetecibles que no sé bien en cuál fijarme, me llevaría de casi todas pero procuro ponerme las orejeras, pedir la barra y salir corriendo lo más rápido posible hacia la fruta y las verduras, como buscando lo verde, lo sano, las vitaminas y huir de las grasas, las empanadas, el azúcar, las cremas, el chocolate…

Esa tarde en particular iba con una pequeña lista. Iba a ser una compra rápida, sabía dónde estaba cada cosa, era llegar, cogerlo y marcharme. No contaba con que mi conversación con la chica de la panadería-pastelería iba a ir más allá del mero saludo, la petición concreta y un “nada más, gracias”.

Cuando estaba guardando la barra de pan e iba a marcharme, de pronto se dirigió a mí y me dijo, ¿no querría llevarse unos pastelitos?. Horror y terror, ¿yo pasteles?, la miré con angustia y conseguí justificar mi negativa con que estábamos en plena operación bikini y que hay que ver la de cosas tan ricas que tenían, que era una tentación horrible pasar por allí.

La pobre no sé si pensaría, “menuda pirada, si todos piensan igual, no voy a vender nada”, o “qué chica más graciosa, ¡qué humor!”. Me inclino por el primer pensamiento.

Luego mientras empujaba mi cesta llena de comida sana y no tan sana, pensé, que hay que ser tonta para no darte un capricho, pero confieso que el problema es que ¡no habría sabido qué elegir!, dulce o salado…aquí aparece mi indecisión…tic, tac, tic, tac…Ya puesta, seguro que habría cogido no sólo para mí sino también para Carlos y los niños porque si yo caigo, caemos todos, ¡of course!.

Por suerte, sobreviví a la tentación y encima encontré una oferta estupenda de cereales tipo Special K con chocolate con un precio genial.

Salí del súper con mi bolsa reciclable hasta arriba, el bolso lleno de snacks para los niños y la barra de pan a punto de escaparse del bolso, ondeando como una bandera para que todos vieran que salía del país de las tentaciones sin un dulce, aunque eso sí, con el hombro destrozado pero lo más recta posible para no perder el equilibrio.

Al llegar al coche, bebí mucha agua para auto convencerme de lo bien que lo había hecho y lo poquito que había tardado.

Esa batalla la gané pero la guerra es tan, tan larga y mi espíritu tan débil que no sé cuánto aguantaré sin pillar un trozo de empanada para la cena y unas magdalenas caseras, caseras para los desayunos pero eso, será otra historia.