De Legos, cromos y coleccionables

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Érase una vez una habitación llena de piezas de Lego. Un aeropuerto convertido en angar, una comisaría con torre y cinta transportadora de equipajes a modo de pasarela y mil piececitas más no se sabe bién de qué pero estratégicamente distribuidas por el suelo que hacen que andar se vuelva misión imposible, y si es por la mañana medio dormida, más te vale ir calzada porque seguro, seguro que alguna te clavas en el pie. Ya veis, qué ricos mis niños.

Dentro del desorden ordenado que con tanto mimo cuidan mis hijos, en esta época de vuelta al cole, aparecen también desperdigados los coleccionables.

Cartas de Pokémon llenas de poderes de los buenos, los malos, los que se unen a otros para dar más fuerza…Confieso que no acabo de entenderlas por más que me lo explican aunque quizás es porque desconecto en mitad de las explicaciones. En esas estábamos cuando han aparecido más cromos de Pokémon sol y luna, o sea, el remate del tomate para inexpertos sin ánimo de corregirse como yo.

Otra colección que nos acompañó el año pasado gracias al entrenador de Fútbol, fue el álbum de la Liga.

¡Horror! Había que separarlas por equipos, jugadores, escudos, las súper estrellas…Otra prueba de constancia para todos y sobre todo para mí que tenía que poner cara de sorpresa porque a alguno le había tocado el cromo de un jugador del Atleti cuando humildemente confieso que me quedé en la Quinta del Buitre, y de los jugadores actuales no acierto a decir más que dos o tres atléticos y el Cholo Siemone, of course.

El problema con la Liga fue que siguieron cambiando jugadores y comprando sobres hasta que empezaron a acumularse los tacos sin pegar y por mantener un orden, acabé yo pegando jugadores del Villareal, del Racing de Santander y yo que sé cuántos equipos que no me importaban un pimiento pero ¡ay de mí!. Acabé enganchada y maldiciendo mi suerte porque no conseguí rellenar ni una página, ¡qué lata!

Este curso aún no ha aterrizado el álbum de la Liga pero uno de mis hijos descubrió por los anuncios de la tele una nueva colección con álbum, tablero para jugar y mil cromos para pegar. Se llama Fantasy Rider.

¿Y qué hay de nuevo? me planteo yo. Pasada la emoción de mi hijo para que viera el anuncio sobre el que me contaba a voces lo guay de la colección, acabé con los ojos secos por no parpadear para demostrarle que realmente me parecía alucinante lo que me contaba.

Tranquilamente más tarde, me metí en Google y me empollé de qué iba la historia que resumidamente va de aventuras, los buenos contra los malos y blá, blá, blá.

Como estoy segura de que os sabe a poco, aquí va un corta y pega de la web de Panini «El mundo ha sufrido un terrible cataclismo y solo los más valientes y capaces han sobrevivido ante todas las adversidades. ¡A lomos de sus fabulosas criaturas, dominan un mundo en ruinas! Tecnomagos, Neobárbaros, Místicos, Elfos del Crepúsculo, Enanos Chatarreros, Trasgos de las Montañas, Caballeros de la Luz, Señores del Océano… ¡y los Errantes, las poderosas criaturas a las que todos desean controlar!»

De verdad que me alucina que mi hijo sea capaz de retener los nombres de las tribus de criaturas como los Trasgos de las Montañas y se atasque leyendo un trabalenguas.

Lo que tengo muy bien aprendido sobre los Fantasy Riders es que cuando compre los sobres de cromos tienen que ser de diferente color, o sea, que no puedo coger dos dorados, tendría que ser uno dorado y otro del color que sea. Ya veis que el niño promete porque da por hecho que como mínimo le comprarás dos…Al final mi hijo propone y yo dispongo, como debe ser.

Estoy segura de que a la larga, acabaré echando de menos a los jugadores de fútbol porque esta nuevas criaturas son de susto o muerte.

 

El largo verano

Beach scene with blue wood decking

Hace 2 meses que empezó el verano y ya tengo un montón de recuerdos acumulados.

Empezamos la nueva estación con el fin de curso de los niños. Lavadora de uniformes, babis, análisis del estado de los zapatos colegiales, las zapatillas de deporte que un día fueron blancas y ahora tienen las punteras de un color indefinido entre azul sucio y verde putrefacto y los sufridos velcros que son tan cumplidps que se llevan toda la porquería de la clase, el patio, el comedor y el parque pero a pesar de todo este año han seguido haciendo su trabajo como el primer día.

Sacamos la ropa de invierno del armario e hicimos hueco para la «fresquita». Nos encomendamos a todo lo que se nos ocurrió al probarnos nuestro fondo de armario. Sudamos y entramos en unas prendas y nos apoyamos en la moda de este año para no intentar forzar más de lo debido ese pantalón de pitillo en el que entrábamos con calzador y que por un extraño fenómeno encogió colgado en el armario.

Aparecieron los abanicos y se convirtieron en un imprescindible en cada bolso. Murió uno por el exceso de velocidad al utilizarlo uno de mis hijos unido a la desesperación de ver pasar la tarde en la sala de espera de la pediatra.

Nos enfrentamos al espejo y nuestro tono de piel no era blanco como la leche, era de un transparente enfermizo por los fluorescentes del trabajo, el transporte público y por tanta boina de contaminación.

A pesar de nuestro patético color de piel nos rendimos a la moda y pintamos nuestras uñas de los piés de lo más animadas. Nos dedicamos con ahínco a darnos cremas con color, rayos uva, estiramos el cuello ante el más pequeño rayito de sol, todo con tal de mejorar nuestro deprimente tono de piel.

Disfrutamos con los primeros chapuzones en la piscina. Estrenamos bañadores, repetimos con los que no habían encogido, chanclas nuevas, pistolas de agua recién compradas en los chinos, hasta un tiburón ha invadido la piscina de la abuela.

Este año hemos sido muy, muy disciplinados con el sol y nos hemos embadurnado como croquetas de crema con flú flú (o sea, spray) tan potente que cubría al niño y a la madre (una servidora). Hemos repetido la aplicación como decían las instrucciones y evitado quemarnos porque y en esto sí que hemos fallado, lo de las horas de sol prohibidísimas nos lo hemos saltado a la torera. Como toda la vida hemos tomado el sol de 12 a 3 de la tarde tan ricamente.

Ahora, casi a finales de agosto, una servidora está hasta el moño de la bolsa de la piscina, de abrir y cerrar la sombrilla, de enjuagar bañadores y tender toallas. De la crema ni os cuento porque como ya estamos bien curtidos por el sol, la llevo en la bolsa por evitar sentirme una madre malísima pero ya paso de pringarnos todos con el factor 50 y dejamos a nuestra piel libre como el viento.

En cuanto a lo bien que les viene a los niños el verano porque es verdad que acaban agotados del colegio, pienso que con un mes de recuperación habían tenido suficiente. Ellos y yo estamos hartos del cuaderno de vacaciones, de leer y de hacer matemáticas. Que compro un libro, una goma de borrar y un sacapuntas, llevaba 50 euros y que ¿cuánto me queda?, pues después de devolverle las vueltas a tu madre, no te queda ni para una piruleta, te lo digo yo, que a todo céntimo le encuentro un destino rápidamente.

Como seguramente os pasará a muchos, dos meses son muchos días de calor, sudor, mosquitos, trasnochar y de darle mil vueltas a si la ola de calor ha sido más o menos horrible que la del año pasado, que ya no hay veranos como los de antes, ésos de calor, calor…

Yo de un año para otro reconozco que se me olvida si fue muy caluroso o no. Será la edad pero cada vez me resulta más incómodo de llevar y se me hace eterno. A estas alturas casi voy tachando los días que quedan para que empiece el curso y volvamos todos a coger las rutinas porque vivimos en el descontrol horario donde no hay prisa para nada y te dan las cuatro y media de la tarde recogiendo la cocina.

Y en septiembre, ¿qué pasará, se alargará el verano más allá de su fecha oficial y nos regalará otra ola de calor?

No tenemos ni idea porque las predicciones meteorológicas ya no son como las de antes. Así que hasta que llegue ese momento, seguiré intentando montarme en el tiburón de mis hijos para surcar las aguas de la piscina cual sirena en su delfín.

 

La Luz

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Hace años, teniendo unos 12 años quizás, me desvelé una noche. En algún momento dando vueltas para intentar dormirme vi una luz al lado de la puerta de mi habitación. Era una luz blanca y brillante, me dio tanto miedo que empecé a rezar a la Virgen para que se marchara y me quedara dormida.

Siempre me han llamado la atención las señales que los Santos recibían en su vida, una luz, una fuerza que le derribaba del caballo, un voz y de pronto, en mi angustia me dio por pensar que a lo mejor lo que veía era una señal especial para mí.

Cambié mis rezos y pedí a la Virgen que lo que veía no fuese ninguna señal especial. Yo no era ninguna santa y desde luego no me consideraba digna de ninguna revelación.

Esa experiencia no se la conté a nadie porque solo de pensarla me parecía totalmente ridícula.

Han pasado los años y no lo he olvidado. No volvería a pasar por la misma experiencia porque el miedo que pasé no se lo deseo a nadie pero me ha servido para darme cuenta de que en mi imperfecta vida, hay una Luz que me acompaña siempre y aunque cada nuevo día esté más o menos fuerte, o más o menos acertada, mi Luz, mi Fe, sigue ahí.

Así que tú planeado y creado por Dios, recuerda que eres Luz y aunque te alejes estás aquí porque formas parte de sus planes.

Querido imperfecto, gracias por compartir tu Luz conmigo porque de verdad me llega y me llena.

Las 32

Las 32, ¿qué?

Podrían ser escaleras, horas, flores, maletas, canciones, magdalenas, dietas, casas, monedas, bicis, cantantes, guitarras, tortugas…

Hace un tiempo llegó a casa una bici estática, el plan era venderla pero como los posibles compradores casi pretendían que la regaláramos, decidimos quedarnos con ella.

Al principio era la gran atracción para los niños, pedaleaban como podían, tocaban todos los botones, se colgaban del manillar, subían y bajaban el sillín…creo que no pudieron hacer más porque la pobre bici no daba más de sí apagada.

Pasaron los meses y yo la utilizaba muy de vez en cuando.

La semana pasada no sé cómo me llamó la atención. Era por la noche y se me ocurrió ponerla en marcha y volver a probar. Sillín y manillar ajustados, la espalda bien recta y sentada lo más cómoda posible dentro de que a los dos minutos se te clavara como una tortura china. Todavía me acuerdo de una bici roja que tuve cuando pasé de las pequeñas de dos ruedas a toda una señora bici «de mayor». Una Motoretta que estrené un verano con un sillín grande, mullido, un lujo para pedalear por la urbanización donde pasaba los veranos. No tenía timbre pero tenía una cesta delante que hoy habría cargado con agua, el móvil, pañuelos y mil cosas más pero que por aquel entonces como mucho servía para llevar las llaves de casa y la toalla para darme un chapuzón nada más acabar.

A lo que iba, enchufé el cable y empecé a pedalear. Iba bastante bien, las pulsaciones en orden, los metros que avanzaba, las calorías consumidas, pero ¡ay las calorías!, debía de haber un error porque apenas se movía el marcador y ya llevaba dos minutos. De pronto, ya costaba un poco más pedalear, pensé que en vez de estar en el nivel 1 de dificultad, los niños lo habrían tocado y estaría en el 7 u 8 pero qué va, estaba en el 1, ¡el 1! Yo pensaba, un poquito más, ¡vamos!. Las pulsaciones se me iban disparando pero los metros recorridos tomaban forma y eso me animaba.

Intentando distraerme y no mirar constantemente cómo iba mi evolución descubrí un ventilador, lo puse en marcha y salía un airecillo, ¡bién! que al momento empezó a echar polvo acumulado desde no se sabe cuándo que me hizo empezar a toser. Al final me ahogo, pensé, pero viendo que llegaba a los 2 kilómetros recorridos, aumenté el ritmo como pude y ¡fin!

Objetivo alcanzado: 2 kilómetros, 6 minutos, 32 míseras calorías.

La bajada de la bicicleta fue tan patética que no podía quitarme de la cabeza esa escena de la película «El diario de Bridget Jones» cuando la pobre Bridget intenta levantar cabeza y cambiar de vida y se va al gimnasio a ponerse en forma. Al bajarse de la bici, cae a plomo al suelo. Pobre Bridget, seguro que aguantó mucho más tiempo que yo. Conseguí bajar y como es normal, me temblaban las piernas. La bajada por las escaleras para preparar la cena fue una mezcla de baile salsero y corre que te persiguen los malos.

Desde entonces, miro la bici con mucho respeto y entiendo perfectamente que los ciclistas profesionales acaben derrotados después de esas etapas de subidas al cielo y demás.

Superadas las agujetas me he dado cuenta de que ya formo parte de la tribu ciclista. Si me preguntan, podré decir que yo hago salidas cortas, con el viento y la polución en la cara. En cuanto a las calorías, con quemar cien gramos de brócoli, calabacín o melón (31 calorías cada alimento) me doy por satisfecha.

¿O tienes algo que objetar? A ti me gustaría verte montado en mi bici, ¡ja!

¿Queda lo bueno?

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Cuando un ser querido se va, ¿realmente en tu memoria queda lo bueno?.

Esta reflexión me vino al contarme un conocido que recientemente había sufrido una perdida muy triste. El consuelo es que llegó a una edad bien avanzada, empezó a fallarle la salud y se apagó.

Hasta aquí lo que pasa todos los días a tantas personas pero sigo preguntándome, ¿de verdad te olvidas de todo y solo te acuerdas de las cosas buenas que compartiste con esa persona?.

Qué pasaría si los buenos recuerdos se borraron, si los silencios acabaron con las palabras, si no reconoces a esa persona porque desapareció y dejó un vacío en tu vida, un socavón que tuviste que aprender a rellenar como pudiste, sin instrucciones, sin sabios consejos. Solo con tus manos, tu perseverancia y unas fuerzas que iban y venían. Achicando el agua que dejaban tus lágrimas, sacando las piedras que tirabas cuando te rebelabas y esas pocas flores que arrojabas intentando mantener el recuerdo puro, el primitivo, el que no fue suficiente para retenerle.

No me vengas con frases hechas, tú no, no me tomes por tonta, tú no.

Piensas que me falta madurez, perspectiva, buenismo, empatía, perdón, paz y amor…Yo creo que lo que me falta es tu respuesta enlatada y voceada como un mantra por tu líder.

Y eso no.

Quiera Dios que sea capaz de mantener claro el discernimiento y tener voz propia, sea la adecuada o no, para que cuando llegue el momento decida yo si me queda lo bueno o no.

 

 

Protocolos, protocolos y más protocolos

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Protocolo según la RAE:

1. m. Serie ordenada de escrituras matrices y otros documentos que un notario o escribano autoriza y custodia con ciertas formalidades.
2. m. Acta o cuaderno de actas relativas a un acuerdo, conferencia o congreso diplomático.
3. m. Conjunto de reglas establecidas por norma o por costumbre para ceremonias y actos oficiales o solemnes.
4. m. Secuencia detallada de un proceso de actuación científica, técnica, médica, etc.
5. m. Inform. Conjunto de reglas que se establecen en el proceso de comunicación entre dos sistemas.

La vida está llena de protocolos, en el trabajo, en los acuerdos internacionales, en el transporte público, en la sanidad, en los colegios, en la Administración Pública, en las situaciones de emergencia…

Los ciudadanos los asumimos como normas con las que se rigen nuestros pasos y pocas veces nos planteamos si son los adecuados o no, decimos amén o en español castizo «esto son lentejas, si quieres las tomas y si no, las dejas».

Pero ¿qué pasa cuando te lees alguno de estos mantra y descubres que no estás de acuerdo?. Ahí empieza tu tormento porque si no se te pasa el desacuerdo en unos minutos y sigues erre que erre y pones en marcha tu cabeza, empiezas a leer, a buscar información, opiniones de otros que también se plantean que otras opciones son posibles y tu vida empieza a convertirse en una pesadilla.

Ay de ti, incauto, agitador, pesado…¿Vas a saber más que los que legislan, los entendidos, los asesores, los consejeros, los especialistas?. Agárrate fuerte que vienen curvas.

Asi que en esa carretera llena de curvas me encuentro. A veces poco acompañada y otras, con mucha compañía, tanta que esa variedad de compañeros hacen que se den unas mezclas de opiniones que solo coinciden en el mosqueo por el protocolo de marras y en absolutamente nada más, son los que reaccionan al son del maestro de orquesta de turno.

Ya sabemos que el pensamiento único es peligroso, que lleva a fanatismos que nos traen dolorosos recuerdos de hace no tantos años y que debemos evitar que vuelvan a repetirse pero me pregunto si el otro extremo de apuntarse a todas las quejas contra tanto protocolo y tanta supuesta imposición no estará llevándonos a acabar manejados por los mantras de los entendidos de turno mezclando ideas de aquí y de allí y cayendo al final en otros protocolos/mandatos de entendidos que igualmente pretenden dirigirnos.

Creo que para evitar dejarte llevar por unos u otros protocolos, no hay que dejar de hacerse preguntas, informarse, ser diferente, aunque te haga ir contra corriente. No vaya a ser que por dejar que tu vida la manejen los entendidos acabes perdiendo tu capacidad de asombro, de dudar y acabes viviendo al son que te marquen los protocolos de turno, y de eso nada, porque tú tienes derecho a ser diferente, tú  tienes principios que no se mueven ni en las curvas.

Ahí lo dejo.

Espero que coincidamos en alguna curva.

 

 

Ni Zen ni San Zen

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Brrrrrr, al próximo que me diga que es fantástico que llueva, ¡le vacío el agua que llevo dentro del zapato en la cabeza!

Vale ya de buenismo meteorológico (Uff, parezco la Fiscal Olga Sánchez del Juicio del 11M, alias «Vale ya» para mi locutor de radio favorito).

En este mundo caótico donde un 30% de probabilidades de lluvia se traduce en una tromba de agua y las nubes en realidad, significan sol y alguna nube perdida, yo me planto.

Da igual donde consulte el tiempo que es un carrusel de locuras y emociones a prueba de infartos donde si aciertan te hace tanta ilusión como que te toque el reintegro de la Primitiva.

¡Qué vuelva Mariano Medina! Ese sí que era un señor serio y en cuanto salía te mandaban quedarte calladito porque era Don Mariano.

Ahora jugamos a ver si coincide alguna previsión del tiempo vía móvil, ordenador o tele, aunque pensándolo mejor, más que en el tiempo, el respetable se fija en lo corto del vestido de la locutora o en la altura que tendrán los tacones que le han plantado.

Pero yo me quedo con un chico que da el tiempo en el canal 24 Horas. No sé si los días de diario también saldrá en La Primera pero yo le veo las mañanas de los sábados y los domingos formando parte de ese día de la marmota en que consisten las Telenoticias desde las 8 o las 9 de la mañana mientras trasteamos y desayunamos. De pronto llega el espacio del Tiempo y ahí está él con su traje de chaqueta «ajustadito». Empieza con el botón de la chaqueta cerrado hasta que un segundo después mientras habla y se estira para marcar Galicia o Baleares, pum, ya la lleva abierta.

Pensaréis que me he vuelto loca pero como a esas horas las noticias son en bucle, lo cual debe ser agotador para las locutoras, en una hora puedes verle desabrocharse la chaqueta 4 o 5 veces. Dan ganas de darle una colleja y decirle que se deje quieto el botoncito pero como no se enteraría pues acabo farfullando conmigo misma, bien porque esté sola o porque mi tribu aún no acierta a decir nada más que un «hola» al cuello de su camisa.

Así que estoy por ir a recoger a los niños en barca o en lancha motora para ilusión de mis hijos.

Y del pelo, ¿qué me decís?

¡Arriba las ondas o el pelo chafado!

Y que Dios reparta suerte…¡Va por ustedes!

El Zen, lo perdí en un charco.

 

 

 

La risa tonta

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Seguro que más de una vez os habéis dado cuenta de que pensando en vuestras cosas, leyendo o escuchando la radio esa sonrisa que se asomaba a vuestros labios se había convertido en una sonora carcajada.

De pronto tus vecinos de asiento, cola, semáforo o paseo, casi, casi se vuelven asustados porque en esta sociedad es más fácil pensar que al risueño le falta un tornillo que ver a través de esa risilla contagiosa y pensar, ¡qué tío más feliz!, ¡qué bien se lo pasa consigo mismo!

Porque, ¿y si la risa es provocada por una patochada propia?. Pues eso es genial!, es señal de que has llegado al punto tan necesario de ser capaz de reirte de ti mismo y creedme que eso es síntoma de madurez, personalidad y positivismo aunque solo dure unos segundos y luego volvamos a ver las cosas en grises, durante unos minutos/segundos has sido FELIZ.

Tú, que sacarías un sobre sueldo como plañidero, que darías el perfil para dar las noticias sobre la crisis económica, los tornados y demás catástrofes.

Hey! Tienes tu «puntito salao», no seas celoso de tu intimidad y compártelo, llena por unos minutos la vida de los que te rodean de tonterías, sí tonterías, pequeñas anécdotas…

Quién sabe si das pié a una gran cadena de chascarrillos que iluminen por ejemplo este lunes que casi acaba, o mejor mañana ¡martes y 13!.

Yo acabo de provocar a mis compis de bus con unas cuantas carcajadas a costa de un audio buenísimo que no pienso compartir por más que me miren inquisitivos.

Venga, ¡amar es compartir! y la vida ya es bantante dura para llevarla tú solo.

Suéltate…

La gruta

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Erase una vez una gruta donde algunos días iba a refugiarme del mundo.

La gruta se encontraba al bajar unas escaleras, un sótano con planta de cruz, con paredes y techos pintados de blanco, con gotelé antiguo, alargado, del que «rasca» si te pegas demasiado a la pared. La iluminación con bombillas de bajo consumo dentro de tulipas demasiado opacas le dan un toque a casa antigua.

Toda ella invita a sentarse y dejarse llevar por lo que tienes dentro, todo eso que solo quieres compartir contigo mismo, con los que solo escuchan y te dejan hablar.

Sentada, solo se oyen murmullos y el ruido que hacen los zapatos cuando arrastras los pies, las arrugas y toda una vida. Mujeres que casi conozco de verlas cada vez que voy, siempre sonrientes, silenciosas a su manera.

Alguno podría pensar que es una sala para meditar, pero no lo es, yo prefiero llamarlo según el día, mi habitación del pánico o mi rincón de la alegría.

Cuando cruzo la mirada con alguno de mis vecinos me transmiten una paz que hace que mi rato sea de total recogimiento, parece que entienden que es tan adictivo y tan necesario para llevar mis rutinas diarias que me emocionan.

Ojalá vinieras, ojalá lo entendieras y lo compartiéramos, te daría la mano y la Paz.

Os dejo esta imagen de una gruta en Bustamante, Nuevo León, Méjico, país al que le tengo un cariño especial.

 

Espejo, espejito

 

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Conoces esa sensación de mirarte en el espejo y pensar que es como si te vieras por primera vez?

Hay mañanas en las que aunque sé que me he despertado porque soy capaz de bajar la escalera y poner en marcha la cafetera, no es hasta que no me miro en el espejo del baño cuando descubro que es como si no me conociera y hubiese algo nuevo o diferente en mi cara que no hubiera visto antes.

Pasado el «susto» inicial de reconocerme con ese peinado indefinible como si hubiera estado luchando con la almohada (cosa que no he podido descartar a día de hoy) y esas nuevas o más marcadas líneas de expresión que desde hace no sé cuánto tiempo me llevan acompañando, al mirarme hay algo que no estaba ayer.

He intentado descubrir de qué podía tratarse y mis conclusiones han sido las siguientes: los focos de encima del espejo se alían contra mí para que me espabile por las mañanas, en el silencio de la madrugada a solas conmigo misma puedo escuchar cómo se despereza mi ser, como crecen las pestañas, se abren los párpados, de mis bostezos salen los primeros sonidos de mi garganta…no, no se me ha ido la pinza, aún no (creo).

Todo este rollo para comentaros que hace unos días ha sido mi cumpleaños y me siento más vieja, así, sin paños calientes…

Desde aquí desafío lo políticamente correcto y lo confieso sin pudor. Ni pestañas creciendo, ni  saludos al sol, lo que veo en el espejo es que cada vez me llaman más la atención las arruguitas que me van cruzando la cara, las de sonreír y las de las preocupaciones, las ojeras que forman parte de mí desde tiempos muy, muy lejanos, las manchitas de los rayos del sol tomado a lo bruto cuando echarle mercromina a la crema de la lata azul de Nivea, era lo más de lo más.

Todos esas experiencias han ido quedando grabadas en mi cara y como si fuesen mi ADN, revelan gran cantidad de datos sobre lo que ha sido mi vida, de la cual hay mucho de lo que no me arrepiento.

Conforme iba escribiendo esta entrada, llego a la conclusión de que si tuviese presupuesto para hacerme unos arreglos en la cara, a pesar de un sí inicial emocionado, no creo que al final fuese capaz de retocarme nada. No por miedo a cómo quedaría que desde luego es algo serio a tener en cuenta, si no porque cuando a la mañana siguiente me mirara en el espejo del baño, habría desaparecido mi yo, mis vivencias y no me reconocería.

Si me retocara, perdería el pensamiento mañanero de «si pudiera me quitaría las patas de gallo y las manchas del sol» pero sobre todo, porque no tendría los besos y los abrazos de los chicos de mi vida, para los cuales mi cara a pesar de mis «imperfecciones», es la cara de la mejor mamá del mundo.