Más humanidad

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¿Hasta qué punto es bueno entrar en la vida del prójimo?.

El otro día en el Metro coincidí en el vagón con una chica un poco mayor que yo, extranjera por sus rasgos, normal y corriente en todo lo demás, menos en una cosa, no paraba de llorar. Por más esfuerzos que hacía por mantenerse tranquila, acababa otra vez rompiendo a llorar. Agarrada al bolso y al móvil intentaba hablar con alguien, pero quien quiera que fuera a quien llamaba, no contestaba. En una de las respiraciones que hizo consiguió calmarse y parecía más serena. Cuando llegó mi parada, la dejé ahí sentada perdida en sus pensamientos con un pañuelo en la mano, al quite por si volviera a hacerle falta secar sus lágrimas.

Según iba hacia mi autobús me sentí fatal, ¿cómo había podido ser tan insensible para no acercarme a preguntarla si necesitaba algo?, ¿hasta qué punto me había deshumanizado como el resto de los ocupantes del vagón incapaces de acercarse a ella?.

Mientras volvía a casa me acordé de una vez hace años que por correr, tropecé en la escalera del Metro. Me hice un esguince en el pie y no podía levantarme. Tirada en mitad de la escalera veía como la gente me saltaba para no perder el tren que acababa de llegar hasta que una señora me ayudó a levantarme y conseguí llegar a rastras a urgencias. Nunca olvidaré esa mano amiga que fue capaz de perder el tren por una extraña y auxiliarla.

Muchas veces me acuerdo de cuando vivía en Jaén. Cuántas veces nada más subirme en el autobús, la señora mayor que llevara sentada al lado, en seguida te preguntaba hasta dónde ibas y de dónde venías, más que nada para poder contarte ella qué hacía en el autobús. Esa cercanía, ese contacto tan natural debió perderse en Madrid hace mucho tiempo.

Aquí, nos pasamos el día corriendo. Si vas mirando a tus vecinos de vagón o de cualquier cola que estés haciendo, te tomarán por raro y descarado. Con tanto distanciamiento, hemos llegado al punto de ni preguntar cuando vemos a alguien en apuros o en una situación complicada no vaya a ser que te toque perder el tren, el autobús  o llegues tarde a trabajar.

¿Tanto cuesta ser acogedores con los turistas despistados que no se aclaran con qué línea de Metro tienen que coger para ir al aeropuerto?. ¿Y con los inmigrantes, perdidos sin saber cómo llegar hasta donde tienen una entrevista de trabajo o donde probar suerte con una nueva vida?.

Parece que por ir leyendo o escuchando música estamos exentos de ser humanos, ¿no es tremendo?. Seguramente, la chica de mi vagón, al preguntarla si se encontraba bien, me habría dicho que si, que no necesitaba nada porque muchas veces, no es tanto la ayuda que podemos prestar como el hacer saber a los demás, conocidos o no, que estamos ahí, a su lado. Solo ese gesto es suficiente para que el otro se sienta acogido, visible ante los demás.

Lo que tendría que haber hecho con esa chica y no hice es haberla demostrado que me interesaba como persona, haber sido más humana, que hubiera sentido que estaba dispuesta a «perder» el tiempo con ella, aunque hubiera perdido mi autobús.

Así que a tí que me estás leyendo ahora te digo, si te encuentras mal, párame, fréname, porque esta imperfecta humana tiene tiempo para tí porque de verdad me importas.

Martes

El hombre es un animal de costumbres. Una de las mías es montarme siempre en el vagón de cabecera. Se queda un poco retirado de mi salida y no suele haber asientos pero quizás por eso, dentro del mogollón de gente que viaja a esas horas, en seguida se queda más libre y es en ese momento cuando un día más coincido con mis compañeros de viaje.

La primera está esperando el tren en la misma estación que yo. Es una mamá que siempre va con una sillita de niño plegada, entra, se apoya y pierde la mirada en el infinito, vuelve a reaccionar cuando nos toca bajar otra vez juntas. Sale con la sillita con tanta soltura que se ha convertido en una experta en bandear a la masa humana que intenta entrar a la vez que nosotras salir. Un par de requiebros y se planta en la escalera con su pose de aquí estoy yo con mi sillita, ole y ole, ¡súper mami!.

Mi siguiente compañero lleva el pack completo del perfecto ejecutivo: traje, corbata, reloj, pulseritas, móvil y auriculares. Cuando entro ya está perfectamente agarrado a la barra que hay para sujetarse no tanto para no caerse como para estar justo enfrente del cristal de la puerta y empezar su ejercicio matutino. Ahí va…uno, dos, tres, pase, pose, cuatro, cinco, tiro del puño de la camisa, seis, siete, miro la pantalla del móvil, ocho, nueve, me atuso el poco pelo que me queda, diez, me remiro y, repetimos…Menos mal que se baja antes que yo porque mantener la cara seria con este figurín resulta casi imposible.

Y termino con la perfecta lectora, esa señora que no despega los ojos del libro en todo el camino, que es capaz de salir del vagón, moverse entre la gente, subir las escaleras andando y empujar las puertas batientes de la salida, ¡todo con una mano!.

¿Y qué hay de lo mío?. Pues yo he vuelto a subir todas las escaleras por la vía rápida, agotada pero muy digna.

Al fin y al cabo solo es martes, ¿no?.