De Legos, cromos y coleccionables

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Érase una vez una habitación llena de piezas de Lego. Un aeropuerto convertido en angar, una comisaría con torre y cinta transportadora de equipajes a modo de pasarela y mil piececitas más no se sabe bién de qué pero estratégicamente distribuidas por el suelo que hacen que andar se vuelva misión imposible, y si es por la mañana medio dormida, más te vale ir calzada porque seguro, seguro que alguna te clavas en el pie. Ya veis, qué ricos mis niños.

Dentro del desorden ordenado que con tanto mimo cuidan mis hijos, en esta época de vuelta al cole, aparecen también desperdigados los coleccionables.

Cartas de Pokémon llenas de poderes de los buenos, los malos, los que se unen a otros para dar más fuerza…Confieso que no acabo de entenderlas por más que me lo explican aunque quizás es porque desconecto en mitad de las explicaciones. En esas estábamos cuando han aparecido más cromos de Pokémon sol y luna, o sea, el remate del tomate para inexpertos sin ánimo de corregirse como yo.

Otra colección que nos acompañó el año pasado gracias al entrenador de Fútbol, fue el álbum de la Liga.

¡Horror! Había que separarlas por equipos, jugadores, escudos, las súper estrellas…Otra prueba de constancia para todos y sobre todo para mí que tenía que poner cara de sorpresa porque a alguno le había tocado el cromo de un jugador del Atleti cuando humildemente confieso que me quedé en la Quinta del Buitre, y de los jugadores actuales no acierto a decir más que dos o tres atléticos y el Cholo Siemone, of course.

El problema con la Liga fue que siguieron cambiando jugadores y comprando sobres hasta que empezaron a acumularse los tacos sin pegar y por mantener un orden, acabé yo pegando jugadores del Villareal, del Racing de Santander y yo que sé cuántos equipos que no me importaban un pimiento pero ¡ay de mí!. Acabé enganchada y maldiciendo mi suerte porque no conseguí rellenar ni una página, ¡qué lata!

Este curso aún no ha aterrizado el álbum de la Liga pero uno de mis hijos descubrió por los anuncios de la tele una nueva colección con álbum, tablero para jugar y mil cromos para pegar. Se llama Fantasy Rider.

¿Y qué hay de nuevo? me planteo yo. Pasada la emoción de mi hijo para que viera el anuncio sobre el que me contaba a voces lo guay de la colección, acabé con los ojos secos por no parpadear para demostrarle que realmente me parecía alucinante lo que me contaba.

Tranquilamente más tarde, me metí en Google y me empollé de qué iba la historia que resumidamente va de aventuras, los buenos contra los malos y blá, blá, blá.

Como estoy segura de que os sabe a poco, aquí va un corta y pega de la web de Panini “El mundo ha sufrido un terrible cataclismo y solo los más valientes y capaces han sobrevivido ante todas las adversidades. ¡A lomos de sus fabulosas criaturas, dominan un mundo en ruinas! Tecnomagos, Neobárbaros, Místicos, Elfos del Crepúsculo, Enanos Chatarreros, Trasgos de las Montañas, Caballeros de la Luz, Señores del Océano… ¡y los Errantes, las poderosas criaturas a las que todos desean controlar!”

De verdad que me alucina que mi hijo sea capaz de retener los nombres de las tribus de criaturas como los Trasgos de las Montañas y se atasque leyendo un trabalenguas.

Lo que tengo muy bien aprendido sobre los Fantasy Riders es que cuando compre los sobres de cromos tienen que ser de diferente color, o sea, que no puedo coger dos dorados, tendría que ser uno dorado y otro del color que sea. Ya veis que el niño promete porque da por hecho que como mínimo le comprarás dos…Al final mi hijo propone y yo dispongo, como debe ser.

Estoy segura de que a la larga, acabaré echando de menos a los jugadores de fútbol porque esta nuevas criaturas son de susto o muerte.

 

El largo verano

Beach scene with blue wood decking

Hace 2 meses que empezó el verano y ya tengo un montón de recuerdos acumulados.

Empezamos la nueva estación con el fin de curso de los niños. Lavadora de uniformes, babis, análisis del estado de los zapatos colegiales, las zapatillas de deporte que un día fueron blancas y ahora tienen las punteras de un color indefinido entre azul sucio y verde putrefacto y los sufridos velcros que son tan cumplidps que se llevan toda la porquería de la clase, el patio, el comedor y el parque pero a pesar de todo este año han seguido haciendo su trabajo como el primer día.

Sacamos la ropa de invierno del armario e hicimos hueco para la “fresquita”. Nos encomendamos a todo lo que se nos ocurrió al probarnos nuestro fondo de armario. Sudamos y entramos en unas prendas y nos apoyamos en la moda de este año para no intentar forzar más de lo debido ese pantalón de pitillo en el que entrábamos con calzador y que por un extraño fenómeno encogió colgado en el armario.

Aparecieron los abanicos y se convirtieron en un imprescindible en cada bolso. Murió uno por el exceso de velocidad al utilizarlo uno de mis hijos unido a la desesperación de ver pasar la tarde en la sala de espera de la pediatra.

Nos enfrentamos al espejo y nuestro tono de piel no era blanco como la leche, era de un transparente enfermizo por los fluorescentes del trabajo, el transporte público y por tanta boina de contaminación.

A pesar de nuestro patético color de piel nos rendimos a la moda y pintamos nuestras uñas de los piés de lo más animadas. Nos dedicamos con ahínco a darnos cremas con color, rayos uva, estiramos el cuello ante el más pequeño rayito de sol, todo con tal de mejorar nuestro deprimente tono de piel.

Disfrutamos con los primeros chapuzones en la piscina. Estrenamos bañadores, repetimos con los que no habían encogido, chanclas nuevas, pistolas de agua recién compradas en los chinos, hasta un tiburón ha invadido la piscina de la abuela.

Este año hemos sido muy, muy disciplinados con el sol y nos hemos embadurnado como croquetas de crema con flú flú (o sea, spray) tan potente que cubría al niño y a la madre (una servidora). Hemos repetido la aplicación como decían las instrucciones y evitado quemarnos porque y en esto sí que hemos fallado, lo de las horas de sol prohibidísimas nos lo hemos saltado a la torera. Como toda la vida hemos tomado el sol de 12 a 3 de la tarde tan ricamente.

Ahora, casi a finales de agosto, una servidora está hasta el moño de la bolsa de la piscina, de abrir y cerrar la sombrilla, de enjuagar bañadores y tender toallas. De la crema ni os cuento porque como ya estamos bien curtidos por el sol, la llevo en la bolsa por evitar sentirme una madre malísima pero ya paso de pringarnos todos con el factor 50 y dejamos a nuestra piel libre como el viento.

En cuanto a lo bien que les viene a los niños el verano porque es verdad que acaban agotados del colegio, pienso que con un mes de recuperación habían tenido suficiente. Ellos y yo estamos hartos del cuaderno de vacaciones, de leer y de hacer matemáticas. Que compro un libro, una goma de borrar y un sacapuntas, llevaba 50 euros y que ¿cuánto me queda?, pues después de devolverle las vueltas a tu madre, no te queda ni para una piruleta, te lo digo yo, que a todo céntimo le encuentro un destino rápidamente.

Como seguramente os pasará a muchos, dos meses son muchos días de calor, sudor, mosquitos, trasnochar y de darle mil vueltas a si la ola de calor ha sido más o menos horrible que la del año pasado, que ya no hay veranos como los de antes, ésos de calor, calor…

Yo de un año para otro reconozco que se me olvida si fue muy caluroso o no. Será la edad pero cada vez me resulta más incómodo de llevar y se me hace eterno. A estas alturas casi voy tachando los días que quedan para que empiece el curso y volvamos todos a coger las rutinas porque vivimos en el descontrol horario donde no hay prisa para nada y te dan las cuatro y media de la tarde recogiendo la cocina.

Y en septiembre, ¿qué pasará, se alargará el verano más allá de su fecha oficial y nos regalará otra ola de calor?

No tenemos ni idea porque las predicciones meteorológicas ya no son como las de antes. Así que hasta que llegue ese momento, seguiré intentando montarme en el tiburón de mis hijos para surcar las aguas de la piscina cual sirena en su delfín.

 

Ni Zen ni San Zen

Sabiaslluvia

Brrrrrr, al próximo que me diga que es fantástico que llueva, ¡le vacío el agua que llevo dentro del zapato en la cabeza!

Vale ya de buenismo meteorológico (Uff, parezco la Fiscal Olga Sánchez del Juicio del 11M, alias “Vale ya” para mi locutor de radio favorito).

En este mundo caótico donde un 30% de probabilidades de lluvia se traduce en una tromba de agua y las nubes en realidad, significan sol y alguna nube perdida, yo me planto.

Da igual donde consulte el tiempo que es un carrusel de locuras y emociones a prueba de infartos donde si aciertan te hace tanta ilusión como que te toque el reintegro de la Primitiva.

¡Qué vuelva Mariano Medina! Ese sí que era un señor serio y en cuanto salía te mandaban quedarte calladito porque era Don Mariano.

Ahora jugamos a ver si coincide alguna previsión del tiempo vía móvil, ordenador o tele, aunque pensándolo mejor, más que en el tiempo, el respetable se fija en lo corto del vestido de la locutora o en la altura que tendrán los tacones que le han plantado.

Pero yo me quedo con un chico que da el tiempo en el canal 24 Horas. No sé si los días de diario también saldrá en La Primera pero yo le veo las mañanas de los sábados y los domingos formando parte de ese día de la marmota en que consisten las Telenoticias desde las 8 o las 9 de la mañana mientras trasteamos y desayunamos. De pronto llega el espacio del Tiempo y ahí está él con su traje de chaqueta “ajustadito”. Empieza con el botón de la chaqueta cerrado hasta que un segundo después mientras habla y se estira para marcar Galicia o Baleares, pum, ya la lleva abierta.

Pensaréis que me he vuelto loca pero como a esas horas las noticias son en bucle, lo cual debe ser agotador para las locutoras, en una hora puedes verle desabrocharse la chaqueta 4 o 5 veces. Dan ganas de darle una colleja y decirle que se deje quieto el botoncito pero como no se enteraría pues acabo farfullando conmigo misma, bien porque esté sola o porque mi tribu aún no acierta a decir nada más que un “hola” al cuello de su camisa.

Así que estoy por ir a recoger a los niños en barca o en lancha motora para ilusión de mis hijos.

Y del pelo, ¿qué me decís?

¡Arriba las ondas o el pelo chafado!

Y que Dios reparta suerte…¡Va por ustedes!

El Zen, lo perdí en un charco.

 

 

 

Aterrizando en la piscina

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Ayer estrenamos la piscina. Desde las 10 de la mañana, los niños ya querían estar en la puerta para ver cómo la abrían. Así que pasamos un rato intenso mirando el reloj, “¿ya es la hora?, ¿cuánto falta?, ¿cómo se llamaba la socorrista?”.

Entre tanta excitación, me dediqué a organizar la bolsa de la piscina. Seleccioné algún juguete acuático, las pistolas de agua las reservo para más adelante, y les embadurnamos de crema con antelación para que les fuera penetrando antes de que se tiraran al agua.

Cuando por fin se fueron, aproveché para prepararme yo y organizar una segunda bolsa, con una revista, qué ilusa soy, se paseó y volvió a casa sin tocar, primer intento fallido, oooh…Botellitas de agua, klínex, llaves, móvil, más cremas. De todo eso, solo utilicé el móvil para intentar ver la hora aunque no veía un pimiento entre las gafas y el sol, y las llaves para tenerlas preparadas para abrir el portal y meter a mis torbellinos lo más rápido posible.

Curiosidades: creo que he perdido volumen, éso o que el bikini de hace no sé cuántos años está dado de sí. Le pregunté a Carlos y ganó la primera opción (como para decirme otra cosa).

Los bañadores de Carlos han desaparecido, no están en ninguna parte. Dudo de que los haya tirado porque antes todo pasa “mi flitro” pero no sé dónde pueden estar. Total, que estuve rezándole a San Antonio pero como era domingo debía andar desconectado, y no me funcionaron los rezos. Conclusión, que Carlos no se pudo bañar.

Otra alegría fue comprobar que a los niños les sirven todos los bañadores,¡bieeen!. Las camisetas ya son otra historia, algunas les quedan perfectas y con otras parecían una tripa de fuet. El problema es que entre “las apretadillas” algunas son muy especiales para ellos así que hubo que negociar cuáles eran para casa y cuáles para salir. Una lucha dura, que gané yo, frente a Rayo McQueen, un lagarto y una ballena, como veis contrincantes de alto nivel.

Para cuando llegué a la piscina, pensando en sentarme y disfrutar del sol, tocó ver todas las nuevas piruetas y monerías que se les ocurrían, aparte de controlar que no molestaran a los demás niños, que no saltaran pegados a la escalerilla, compartieran las regaderas y demás juguetes acuáticos. Carlos desapareció en seguida, y con una vecina manejamos a los “pececitos” que por más que tiritaban juraban que el agua estaba buenísima. Yo no metí ni un pié, fui de la ducha a la silla y así pasé dos horitas como un árbitro de waterpolo, me faltaba el pito (tomo nota para meterlo también en la bolsa).

Con tanto controlar, se me olvidó darme crema en el cuerpo, en la cara y en el escote me había dado antes de bajar, por lo que acabé un poquito roja y mis niños también porque se me pasó darles una segunda vuelta de crema. Como no salían del agua ni me lo planteé, error, ya lo sé para el próximo día.

Cuando llegó la hora de marcharnos, mejor dicho, de empezar a marcharnos, se volvieron a tirar al agua, otra vez. Negociamos que se secaran, que se cambiaran el bañador y que recogieran. Para cuando ellos estaban listos, yo todavía andaba doblando toallas y cerrando la sombrilla, y tuve que escuchar, “mami, cuánto tardas; mami, tengo hambre”…adorables, ¿verdad?.

Balance de mi primer día de piscina: niños controlados, bien; niños un poquito quemados por los hombros, mal; todos agotados, bien; mamá vuelve a casa relajada, nooo…

Seguiré practicando. Tenemos tres apasionantes meses por delante para cogerle el truquillo y conseguir leerme todas las revistas que lleve, ¡palabra de mami!.

P.D: La foto no se corresponde con mi piscina pero soñar es gratis.

Noches de cuento

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Hoy después del ritual de leer uno o dos cuentos con los niños antes de acostarse, me he dado cuenta de que por ellos he vuelto a descubrir cuentos populares que hacía siglos que no leía. Algunos creía que los recordaba perfectamente hasta que al releerlos he comprobado que me faltaban detallitos que mi memoria había olvidado y ahora los voy refrescando con su lectura y sus ilustraciones.

Mi hora de dormir se va preparando rodeada de hadas, caballeros, dragones, cerditos, princesas, lobos y una larga lista de personajes que consiguen mantener a los niños atentos y haciendo esfuerzos entre bostezos para que no se les cierren los ojitos hasta no saber si a Caperucita se la comerá el lobo.

La pena es que aunque me llevo todos esos personajes conmigo, no me producen el mismo efecto que a ellos y no puedo dormir. El insomnio ha vuelto después de un tiempo desaparecido y no parece que tenga intención de dejarme en paz.

Ni la leche, ni las respiraciones relajadas, ni los rezos consiguen que caiga rendida. Total, que acabo leyendo para no darle vueltas a la cabeza varios blogs que he descubierto hace poco y me tienen enganchada.

Me encanta pasearme por “El blog de una empleada doméstica, Aventuras de una chacha” (https://palomamzs.wordpress.com/). Os lo recomiendo para pasar un rato divertido, la autora escribe fenomenal, te engancha y te leerías todas las entradas del tirón, lo malo es que no me produce ningún sueño, aunque reírme, me río bastante y eso me ayuda a soltar tensiones lo cual es de agradecer siempre.

Para relajarme, bajar el ritmo y alimentar la fantasía que tanto nos falta en nuestra vida “real”, me dejo llevar por los cientos de cuentos que forman parte de “Martes de cuento” (https://martesdcuento.wordpress.com/). El de esta semana sobre la cebolla es precioso y suelen tener su moralina. Recomendables para adultos y para niños.

Y así casi llego al final de mi historia, aquí no se comen perdices pero daría mi reino por ponerme a bostezar y dormirme. Quizás es que todavía no ha pasado Fernandillo echando arenilla por mi tejado y por eso no me pican los ojos y me llega el sueño…

Aunque quién sabe, quizás esta noche me visite Campanilla con Peter Pan y acabe soñando y durmiendo con la misma paz y serenidad de mis hijos.

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Que así sea…

Buenas noches.