Peligro:Despistes

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Por suerte o por desgracia, en mi estado actual necesito la ayuda de medicación para coger fuerzas.

He intentado evitarlo porque prefería sacarlo yo “a las bravas” pero cuando ves que no avanzas, hay que reconocer que necesitas un plus de ayuda externa.

A pesar de que lo que me han mandado lo han hecho por mí bien y como complemento, no acaba de hacerme el efecto deseado y me tienen un poco trastocada.

Estas cosas pasan, me dicen como consuelo, pero a mí me consuela poco ver que acabo convirtiéndome en un experimento cual cobaya de laboratorio en el que los errores te dejan hecha polvo.

Lo bueno es que tanto experimento tiene su parte “divertida” aunque a veces me cuesta ver ese punto cómico, y me echaría a llorar.

La principal pega que estoy padeciendo es la falta de memoria a corto plazo. Se me olvidan las cosas, me quedo con la puerta de la nevera abierta pensando qué iba yo a hacer…Otras veces hablando me quedo a medias y al pobre Carlos le toca jugar a las adivinanzas para sacar lo que quería comentarle. Que pase una vez es gracioso, a las diez de la noche, las ganas de adivinar son casi nulas…

Menos mal que con los niños no tengo problema. Al contrario, les encanta que me quede a medio hablar sobre todo si les estaba regañando, se parten de la risa y soltamos tensiones todos. A veces se acercan a darme un beso, me temo que porque me deben ver un poco despistada.

Para solucionar los olvidos, qué mejor que apuntarlo en el móvil, ¡éso hago!, pero se pasa el día pitando y para cuando lo quiero consultar se me ha pasado que tocaba cambiar las toallas o sacar el tupper de las albóndigas para descongelarlo. En realidad un día más, un día menos, lo de las toallas, pasa. Lo de la comida tiene peor solución cuando a la hora de comer me acuerdo de que no tengo nada preparado, ¡pero si apunté sacar el tupper!…pues al rico congelado…menos mal que Carlos lo lleva con resignación y estoy aprendiendo a improvisar más que en Master Chef.

La otra tarde en el médico mientras me decía cómo debía ajustar el tratamiento, abría los ojos mucho, mucho como si el oído estuviera en la vista y acabé pidiéndole que me lo repitiera porque no era capaz de retener tanta información. Ya véis, yo que siempre seré la eterna opositora, que me acuerdo aún del artículo 1 de la Constitución, bueno, el fin justifica los medios, así que respiro, sonrío y a correr.

Mi último gran despiste fue aparecer para clase de Pilates cuando había quedado que a esa hora no podía seguir yendo, ¡y tanto que no podía, iba sin comer!, pero para cuando mi monitora me lo recordó no me acordaba de que lo había cambiado, menos mal que sabe que no estoy en un buen momento. Conseguí recurrir otra vez al humor de “rubia” y salí de allí, con un nudo en la garganta intentando recordar lo que no había sido capaz de recordar, qué pena…

Todo esto me está haciendo tener muy presentes a los enfermos de Alzheimer y de enfermedades neuro degenerativas. Lo suyo por supuesto es mucho más grave, para el enfermo y para sus cuidadores. Lo mío en poco tiempo pasará y volveré a recuperar mi vida. Sus luces y sombras les seguirán acompañando en su camino. Ojalá avance la medicina para frenar este efecto tan cruel y esas miradas perdidas vuelvan a recuperar el brillo de los recuerdos y se mantengan siempre en el presente.

Pero bueno, que no todo en mí son despides y olvidos. La otra tarde me crucé con mi antigua profesora de Yoga, al saludarla me acordé de su nombre (bieeen). Estuve en sus clases a mitad de mi embarazo y coincidió que ella también estaba embarazada, así que hacíamos las dos los mismos ejercicios. Me gustó mucho aunque creo que no llegué a conectar con la Tierra ni con mi cuerpo, quizás porque tenía dos interferencias dentro que me bloqueaban la señal aunque ellos lo pasaban genial sin parar de moverse dentro de mí. No pude evitar reírme cuando me preguntó que qué tal me “fluía” todo, ¡qué le iba a decir!, pues que muy bien, claro. Y así la dejé, y me fui fluyendo a seguir haciendo recados.

Así que si paso por vuestro lado ausente, despistada, no penséis que es mala educación si no os saludo, es que a lo mejor estoy fluyendo entre mi caos perfectamente imperfecto. Pero os agradeceré que me paréis y ejercitemos la memoria juntos.

Hoy me planto en el primer escalón de mi escalera, porque ser capaz de escribir todo esto sin que se me olvide, ¡se merece un Chupa Chups!.

Mi escalera

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Como habréis observado, últimamente tengo abandonados a mis compañeros de viaje y de vagón. Hace días que no comparto con ellos hora punta, empujones y escaleras porque como os comenté estoy en un parón obligatorio para recuperar fuerzas y volver a mis antiguas rutinas.

Estos días tengo que dedicarlos a mí, y éso, ¿cómo se hace?. Pues es lo que trato de aprender, a conocerme y a anticiparme a pensamientos que me producen impotencia y no me dejan avanzar.

Es curioso cómo a pesar de haber oído y leido tantas veces el tan manido “conócete a tí mismo”, cuando de verdad tienes que hacerlo te das cuenta de que no sabes por dónde empezar, y bueno, en eso estoy.

Para ayudarme he elegido esta foto de una escalera de jardín y la he convertido en mi escalera personal. Con escalones de piedra que resistan el desgaste del tiempo, que sean duros para que no me hunda en ninguno de ellos y me sienta segura cuando los vaya subiendo o me quede estancada en ellos.

Mi escalera está invadida por la hierba y las flores, representando a mis seres más queridos. Los que están sin agobiar, a veces callados, solo presentes con un emoticono en un mensaje. Los  que comprenden que hay días que no estoy ni para contestar pero que no por eso dejan de estar presentes como una pequeña hierba que sale entre los escalones y ahí siguen día tras día para hacerme sentir acompañada.

A día de hoy, ya que algunos me preguntáis cómo me encuentro, os diré que me mantengo en lo bajito, casi en el arranque de la escalera. Adaptándome a conseguir pequeños logros en las rutinas más básicas que me vayan dando confianza para ir haciéndome cargo cada vez de más cosas, pero hasta llegar al modo sprint que llevaba no hace tanto, me queda mucho por trabajar y por aprender.

Sé que esto de parar y reflexionar no es nada original, les pasa a muchos. Sin ir más lejos ahí está el Cholo, reflexionando, asimilando la derrota, y es que como os comenté en otra entrada, hay que ver lo rápido que se pasa del equipo ganador al perdedor.

Así que desde aquí invito al Cholo a que me acompañe en mi escalera. A lo mejor le sirve en estos momentos de oscuridad porque lo que a mí me sigue sirviendo para mi vida y para no perder la Fe (por suerte más presente que nunca) es su lema “Nunca dejes de creer”.