Pesas caseras y el límite del ridículo

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Como ya sabéis mi tiempo para hacer ejercicio es bastante limitado y este año me he hecho el propósito de no faltar a Pilates. Aunque por desgracia acabo fallando por mil historias intento recuperarlo en los huecos que puedo para no perder la forma y no acabar llena de agujetas el día que voy.

Esta semana me tocó recuperar una clase y estuve con otro grupo distinto al habitual, ya las conozco de otros días y fue una gozada sudar la camiseta con dos cincuentañeras con mucho sentido del humor. Nuestra profe repartió pesas y una parte de la clase tocaron brazos, al tercer ejercicio, llegó el debate porque mis compañeras y yo juraríamos que un kilo de pesas, pesa más que un litro de leche. Según la seño pesaban igual, pero a ver si es que los de Mercadona rellenan los bricks de leche con menos de un litro…podría ser, ¿no?.

Sé que para todos los lectores que son fornidos deportistas, leer que mis pesas son de un kilo, les habrá producido como poco una sonrisa pero es que yo las pesas solo las veía de lejos cuando iba al gimnasio porque confieso que todos esos chicos entrenando de cara al espejo, levantando kilos y kilos de peso, me producían bastante repelús. Les veía tan concentrados en mirarse al espejo que huía de tanto pase, pose porque yo para lo único que me miraba era para comprobar si la coleta seguía en su sitio y si se notaría que me temblaban las piernas al bajar de la elíptica.

Creo que el truco está en que aunque pone en el lateral de la pesa un 1, las letras de la marca deben pesar medio kilo así es como engañan a las pardillas como nosotras haciéndonos creer que solo son de un kilo.

Más tarde en casa dándole vueltas al tema mientras cenaban los niños, me puse a practicar con un kilo de azúcar y un litro de leche y desde luego no pesan igual, ¡seguro!. También comprobé que este experimento servía para que los niños comieran todo seguido bajo la amenaza de dejar de hacer mis “ejercicios” si dejaban de comer. Acabaron pidiéndome unos “bises” como en los conciertos y como premio, me bebí una Shandy que supongo que engordará menos que una cerveza.

El numerito quedó entre mamá forzuda y patética, para ellos obviamente quedé de “súper mami” y para mí de “para lo que hemos quedado”.

A pesar de la clase y el numerito casero, no debió de dárseme mal porque al día siguiente no tenía agujetas aunque ésto lo digo solo aquí, en petit comité, no vaya a ser que el próximo día mi seño me suba a las pesas de 2 kilos y a ver luego cómo comparo en casa, ¡me faltarían manos!.

¿A que os ha picado la curiosidad?, pues nada, comparad con lo que tengáis en casa, aunque un consejo, mejor sin público, a no ser que queráis impresionar a alguien…

Miércoles

Estoy rodeada de gente que uno o varios días a la semana dedica tiempo a hacer algún tipo de ejercicio físico, correr, andar, pilates, yoga, zumba, pádel, bicicleta…cada uno se organiza como quiere o como puede.

Por más que lo intento no consigo encontrarle un hueco en mi vida al deporte. Después de trabajar y casi 3 horas diarias de transporte, cuando llego a casa, sigo priorizando niños y labores caseras, y dejando para “cuando pueda” el hacer algo de ejercicio.

Para cambiar esa actitud es por lo que en uno de mis viajes en bus decidí anotar cómo podía sacarle provecho a mis rutinas y moverme un poco.

Empecé por imbuirme de espíritu deportivo practicando el chandalismo en casa, para las chicas, la ropa es fundamental y tenía que meterme en el papel.

Cuando llegué a Madrid y ví todas esas escaleras lo tuve claro, el que anda mueve el corazón, el que sube escaleras fortalece piernas y glúteos, y si encima pones vientre pilates, ¡eres la caña!.

En seguida acabé enganchada y empecé a darme cuenta del meritazo que tenía la gente que me iba adelantando cargada de mochilas, bolsos, bolsas de la comida, carpetas, paraguas, hablando por el móvil o leyendo mientras yo iba como los borregos agarradita al pasamanos.

El Grado lo hice cuando conseguí subirlas con tacones, y el Postgrado cuando lo hice con falda corta. El truco es agarrarte la tela por delante dejando la parte de atrás bien pegada a las piernas, así subes perfecta, y te sobra una mano para todo lo demás, fácil, ¿no?.

Por eso, aunque os pueda parecer insignificante subir 26 escalones más otros 26 de la segunda escalera, para una madre de familia, que trabaja fuera de casa, estos pequeños logros la llenan de satisfacción y la sirven para calmar esa ansiedad que le corre por la mente y por el cuerpo por llegar y darlo todo.

Hoy volví a cumplir mi objetivo.

Y tú, ¿te animas?.