Dulces tentaciones en el súper

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Desde hace unos días cada vez que vamos a un supermercado vemos como los dulces de Navidad han aparecido en las estanterías con sus colores llamativos que hacen imposible pasar sin fijarse en ellos.

En una de mis compras, ojeando todas las dulces tentaciones, intenté recordar qué había en esas estanterías antes, pensé que serían chocolatinas y demás pero no puedo asegurarlo.

Más o menos sé por dónde están las cosas que suelo comprar pero ese tentador pasillo lo evito todo lo que puedo a no ser que los niños se me escapen en una carrera con las cestas de la compra y acabemos cayendo en algo que tenga mucho chocolate y sea una bomba calórica para ellos y para sus papás que se solidarizan encantados.

En esas tonterías iba pensando cuando intentando concentrarme en no salirme mucho de la lista de la compra giré sin pensarlo y ¡zas!. De repente ahí estaba yo deslumbrada y rodeada entre dos largas estanterías de cajas de polvorones, mantecados, surtidos navideños, especialidades de todas las regiones españolas (qué país más dulce somos), turrones, mazapanes, alfajores, hojaldrinas, trufas, dulces de las monjas de todas partes…

¿Y qué haces en esa situación?. ¿Pasas como una bala como cuando evitas al de la encuesta que te persigue para que te hagas socio de algo, a paso rápido pero sonriendo?. ¿O te paras y empiezas a mirar los precios del turrón comentando a media voz, ¡qué caro está este año!, cuando en realidad estás salivando por llevarte algo de todas esas delicatessen?.

Pues ya que estás te paras, miras, remiras, comparas tamaños, sabores y de pronto empiezan a “caer” en la cesta, turrón de choco para los niños, las hojaldrinas de toda la vida, una caja con un buen surtido para cuando vengan la familia o visitas…cuatro o cinco cositas para entrar en ambiente, ¿no?.

Luego llegar a la caja e ir colocando las cosas en la cinta, entre los huevos y los yogures empiezan a aparecer las cajitas y paquetes de colores bién llamativos que como una alarma para que todos te miren, la cajera ondea dejando patente que eres presa fácil de las campañas del supermercado, mientras que a tu conciencia de consumidor empieza a parecerle un exceso imperdonable.

La cajera pasa las cosas en silencio. El chico que va detrás de ti solo con una barra de pan, chorizo y dos refrescos te mira mal porque tu cesta no sé vacía nunca y tú disimulas como puedes diciendo en alto: ¡vienes a por dos cosas y hay que ver de todo lo que te acuerdas!… “Seguro, piensa el chico, ésta se va a poner morada”, pero noooo, la cajera con su media sonrisa piensa “ésta ya no entra en el vestido de Fin de Año, aguanta Maritere que te quedan cuatro semanas de régimen y estarás divina”.

Al preguntarme si quería bolsas, le dije que no, ¡y menos mal que llevaba las mías!, porque así todo quedaba disimulado por los dibujos de mis bolsas y nadie, nadie, vería mis pruebas de culpabilidad.

En casa como os imaginaréis la reacción fue totalmente diferente. Todos estaban encantados de caer en el chocolate, la manteca, el azúcar, dulces manjares que tuve que esconder para evitar que mis golosones se dedicaran a la caza de la hojaldrina.

Y así es como este año empezamos a impregnarnos del espíritu navideño antes que nunca.

Menos mal que la vida está llena de escaleras para subir y bajar. Solo es cuestión de pensar en los comentarios “bienintencionados” de las familias que se avecinan en estas próximas fechas de Paz y Amor para ponerte en modo hiperactivo.

Por suerte me quedan tres semanas, ¡yupy!.

Amigos de Oriente

Como ya os he comentado, mi parada de Metro es Nuevos Ministerios.

Desde hace algunos años, toda esta zona está en constante ebullición por la cantidad de tiendas que han ido abriendo, sobre todo de ropa y decoración.

Todas ellas tienen un punto en común, los chinos (o japoneses, no sé de dónde serán exactamente).

Estos amigos de Oriente que eligen nuestro país para hacer turismo y empaparse de nuestra cultura y tradiciones, son también unos enamorados de las compras y sobre todo de las maravillosas marcas de lujo que tienen punto de venta en unos grandes almacenes que hay al salir del metro.

Observarles es inevitable y por qué no, divertido.

La última moda que han traído es llegar cargados de maletas vacías para meter lo que van comprando. ¡Con las bolsas tan bonitas y lucidas que te dan en esas tiendas!. Seguro que muchos de nosotros las reutilizaríamos para llevar la comida, el libro que estamos leyendo, el paraguas o unos zapatos de recambio por si llueve. Pues nada, ahora lo que se lleva es el maletón, rígido, y con cierre de seguridad para evitar disgustos.

Ahora ya no puedo ir calculando cuántos sueldos míos llevarán en cada bolsa pero para consolarme, estos grandes almacenes han decidido amenizarme cada vez que entro a hacer mis recados con clases de chino (mandarín, supongo) gratis.

Aprender idiomas es lo más, y yo a base de oír el mandarín acabaré aprendiendo esas tres frases que me serán de gran utilidad el día que vaya a visitar a mis amigos de Oriente y me vuelva loca por las compras.

Hasta entonces, voy haciendo el oído mientras me abro paso entre maletas y más maletas.

¡Hen kuài jiàn! (Hasta pronto).